Congresos, dineros, nazis, vidas


Redacción

Algunos congresos internacionales que reúnen a miles de personas no renuncian a celebrarlos. El de Barcelona, entre el 24 y el 27 de este mes, el Mobile World Congress, tampoco, aun a pesar de que los asistentes de China y otros países asiáticos cercanos supondrán, quizá, el mayor contingente, donde el coronavirus habita cómodamente. Y esta es la razón por la que algunas compañías han anunciado que no acudirán.

No habremos, sin embargo, de escandalizarnos porque los dineros que generan estos encuentros sean valorados más que la enfermedad y las vidas de los participantes y, sobremanera, de los trabajadores que contratan los organizadores por unos días, la población de la ciudad que entra en contacto con ellos y, en fin, todo el país.

Deberíamos escandalizarlos, pero la contundencia con que las compañías globales valoran los beneficios, avasallan los sentimientos que pudieran acudir por el bienestar de las personas que, todavía peor, son consideradas como mercancías perecederas.

Lo novedoso del congreso de Barcelona es que una buena parte de los beneficios tiene un destino sustantivo: la raza. La consejera de Cultura del Gobierno de Joaquín Torra (presidente del Estado de Catalonia para Pedro Sánchez, ante quien bajó la cabeza, como si de un rey, Torra I, se tratara), Mariángela Villalonga, afirmó, con un conocimiento de causa «científico», al que no pudo llegar ni Charles Darwin, que los «catalanes somos una raza».

Villalonga cerró el círculo del nazismo académico sosteniendo que «hay personas que, por su aspecto físico, no parecen catalanes». Desconocemos por qué el «aspecto físico» de su jefe Torra es inconfundiblemente catalán, a no ser por su cara de perro afectado por la rabia, o el de ella misma, que un observador ajeno podía atribuirle desde rasgos albaneses a andaluces o murcianos. Yo apostaría por la «raza» astur (¿celta?), porque su rostro me lleva al de una hermana de mi madre, a no ser que, como mi tía lleva casi toda su vida en Barcelona, haya adquirido, ateniéndonos a las tesis de Lamarck, los rasgos «catalanes». 

En esta misma línea lamarckiana, Oriol Junqueras da un salto cualitativo y se inserta en la raza «aria», de tanto mirar fotografías y documentales de Hermann Goering, no en balde ambos son de una abultada corpulencia. Dos bultos que, según los criterios implantados por los anatomistas nazis, entran en contradicción con los prototipos superiores de «ario» y «catalán». Pero, en fin, si es cierto que la excepción justifica la regla, pues son dos excepciones fenoménicas. 

La sedición de Cataluña, que no rebelión, es un hecho sin vuelta atrás mientras el Gobierno siga detentado por la pareja Sánchez-Iglesias, cuya ideología es, a partes iguales, pro nazi y pro bolivariana. La cuestión de Venezuela quedó ayer, en el Congreso, certificada. Pedro Sánchez, que tiempo atrás había otorgado, como tantas democracias occidentales, el título de Presidente Encargado a Juan Guaidó, ayer lo redujo a jefe de la Oposición.

Es el sanchismo: de apoyar el 155, a acelerar la independencia catalana; de maldecir a Pablo Iglesias, a sentarlo en la mesa del Consejo de Ministros, e incluso a su pareja, la tirana Irene Montero, algo inédito, que sepamos, en una democracia, etcétera, etcétera.

Pero, volviendo a los dineros. Tanto la Generalidad como la alcaldesa, Ada Colau, retorcida maquiavélica que, como todos los podemistas con cargo, está haciendo caja, animan a las empresas de telefonía a que venga al encuentro de la Ciudad Condal, que están tomando todas las medidas para controlar el coronavirus.

Controlar esta cepa en una multitud apelotonada es imposible. Tomar la fiebre de la gente no es suficiente, porque el virus puede estar en uno sin dar síntomas, no hasta 14 días, sino hasta 24. Y el contagio es muy sencillo, no requiere fornicar sin protección como el VIH. Basta con un apretón de manos, con una conversación, con unas gotitas de saliva, con un estornudo… No obstante, Barcelona necesita pasta para la lucha contra los españoles, tarados animales africanos. ¿Las vidas? Todo por la causa. Y por las cuentas bancarias personales. ¿El vulgo? Es eso, vulgo. Su papel es luchar y morir por la causa. Y, luego, seguir sirviendo a la casta.

Y a esta causa se ha unido, por supuesto, Pedro Sánchez. En su reciente visita a Cataluña le ha dado cerca de seis mil millones de euros a Joaquín Torra, parte de los cuales irán a incrementar el sueldo de los Mozos, el Ejército del separatismo. Otra parte, a las madrazas. Otra, a TV3, Radio Cataluña y la miríada de medios de comunicación de esta ideología racista-terrorista.

Salvando al País Vasco y a Navarra, las otras dos regiones privilegiadas por su condición de xenófobas, el presidente del Gobierno acaba de birlar al resto unos 2.500 millones de euros. A esta cifra hay que sumar la que se ha dejado de pagar a los ayuntamientos, de una cuantía de la que no poseemos datos. Esto es: catorce comunidades y miles de municipios están subvencionando el levantamiento violento de Cataluña.

Hace uno o dos meses escribimos en este diario que Sánchez está violando diáfana y constantemente la Constitución y que, por ello, debería ser procesado. Cuando algún juez, fiscal, partido o conjunto de ciudadanos den el paso y presenten las pruebas ante un tribunal de justicia, aparte de hacer eso, justicia, se iniciará el principio del fin de este compinche de nazis y dictadores latinoamericanos. ¿Y el móvil de Sánchez para delinquir? Su ego, no inferior al de Napoleón o Hitler. 

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