En Filipinas no hay viejos


En Manila, las colas en la Administración son más un elemento cultural que algo coyuntural; una filosofía, una herramienta para que meditemos sobre el yo, el ello y lo lento que es capaz de ir un reloj de pared. Llega mi turno y el funcionario está a punto de atenderme, cuando una señora mayor se coloca delante de mí y le pregunta algo al funcionario. No me consulta, ni siquiera esboza un perdón o asomo de disculpa. El trabajador se apresura a atenderla, dejándome de lado. Y yo no me quejo, porque está bien.

En filipinas no hay viejos. Hay gente de todas las edades, pero no hay viejos. Sobrepasar un número determinado de cumpleaños no te convierte en anciano, sino en «ciudadano senior». Suena importante porque lo es. En muchas culturas del Sudeste Asiático la experiencia es grado en vez de refrán manido. Un ciudadano senior no tiene que pedir ayuda, se la ofrecen lo más rápido posible. Un ciudadano senior no se «cuela» en ningún sitio porque o bien le dejan pasar o bien tiene su propia «zona de prestigio». Un ciudadano senior no tiene que pedir respeto; lo exige, lo da por hecho.

Quizá hubo un tiempo en el que teníamos algo parecido en España. Pero desde hace décadas, la deferencia con los mayores está siendo sustituida por un nuevo lenguaje: el que no para de decirles que no se están muriendo lo suficientemente rápido.

En caso de que usted sea joven o haga mucho Pilates, tal vez se pregunte de qué le estoy hablando. Piense en esos terminales de la Administración, con letras imposibles y pantallas que no funcionan. Piense en esos cajeros con alarmas histéricas, que saltan cuando tardas demasiado tiempo en teclear; en ese banco, que cierra la ventanilla para el pago de recibos y manda a la gente «a la maquinita, que es más rápido». Piense, también, en esos críos que juegan al balón como gladiadores mientras la señora del andador se encomienda al cielo cuando pasa cerca. Piense en gente amoral y miserable que manda chavales mal pagados a casa de nuestros padres y abuelos para liarles con el recibo de la luz.

A veces leo sobre la generación de la Transición, sobre lo mucho que cobran algunos pensionistas y sobre lo mala que es la gerontocracia. A mí no me preocupa la gerontocracia, me preocupa ser una persona decente. No quiero que seamos una sociedad donde cumplir años te pone en la cola de la picadora. Quiero que seamos una sociedad donde, en vez de viejos, tengamos ciudadanos senior.

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