Asistencia sexual


Hace un par de semanas, el presidente francés Emmanuel Macron rompió un tabú durante la Conferencia Nacional de Discapacidad en el Palacio del Elíseo al abrir el debate sobre si la sexualidad humana forma parte de la dignidad de las personas y si, de ser así, y es de suponer que lo es, deben los franceses proporcionar asistentes sexuales a personas con discapacidad.

No tardaron en salir voces discrepantes asegurando que legalizar la figura de los asistentes sexuales es legalizar la prostitución, el proxenetismo, las mafias, la esclavitud, lo que sea que usted odie en especial y, sobre todo, aparentemente, que estas cosas suelen ser más de aparentar, de asegurarse de estar en el lugar correcto para que no te señalen. Incluso aquí en España hubo quienes se hicieron eco con jocosos comentarios del estilo de «yo también quiero un coche de lujo y un crucero por el Caribe», acompañados de algunas sentencias en apariencia contundentes y en su fondo huérfanas del pensar como «follar no es un derecho», entendiendo que quien la escribe o dice, por supuesto, está hablando de otros.

Todo el mundo suele pensar que una asistente sexual es una prostituta. Esto es una tergiversación grosera. A poco que leas sobre el oficio sabes que no es así, pero el tabú impide profundizar en estos asuntos, asuntos de los que no hay que hablar. Es mejor suponer que la gente con discapacidad del tipo que sea son entes asexuados con los que divertirnos en una película de Javier Fesser. Son como Bambi o Dumbo, y no tienen esos deseos pertenecientes a la gente normal, y aunque los tengan es más cómodo no pensar en ellos.

En muchas ocasiones, y esto no se comentará entre los héroes de la moral, un asistente sexual es una simple ayuda para parejas de movilidad reducida, o para quien no se llega ahí abajo, para instruir o diseñar o adquirir un aparato concreto para esos momentos o incluso para enseñar a abrir un perfil en Tinder o en cualquier red social por el estilo. El contacto sexual como tal no se da siempre, e incluso en algunos países en los que esto es legal existen unos límites, como la penetración. Algunas profesionales hablan con la familia del asistido antes de comenzar con él. Son psicólogos, terapeutas, especialistas en personas con movilidad reducida, entre otras cosas. Hay varias asociaciones en España cuyo fin es legalizar la figura del asistente sexual. Es un problema que no se quiere mirar, pues verse se ve, y hasta ahora todas las personas que necesitan un asistente de estas características se lo tienen que pagar de su bolsillo, y a eso es a lo que se refería el presidente de Francia: ¿debe el Estado proporcionar este tipo de servicios como un servicio más de salud?

Estoy firmemente convencido de que morir, y lo que es peor, vivir sin haber tenido contacto sexual con otra persona, es terrible. La soledad es una de las peores cosas que te pueden pasar en la vida, pues una cosa es ser alguien solitario y otra muy distinta es la soledad. Algunos estudios científicos sugieren que la soledad quita años de vida, te hace vivir un estrés crónico. Los niveles de cortisol suben. A la larga, la soledad te acaba matando. Macron aludió a la soledad que viven muchas personas con discapacidad y a la incapacidad física o psicológica que sufren algunas de ellas para establecer un tipo de contacto humano fundamental.

Por supuesto, este debate ni se plantea en nuestro país. Con la noticia del debate francés (que no es nuevo, existe desde al menos 2012, cuando se planteó oficialmente por primera vez), los de siempre han decidido que eso es legalizar la prostitución y el proxenetismo sin matiz alguno.

Detrás de toda esta negativa fanática a debatir un tema que es bastante más complejo de lo que sus detractores pretenden hacer creer, no hay mucho más que un concepto de las relaciones sexuales ultraconservador. Por mucho que se intente plantear como una lucha contra la mercantilización del sexo y de las personas, la realidad es que detrás de todas esas gafas de colores alegres tras las que se mira este asunto no hay más que prejuicios y odio, como siempre. Y si se fijan, no es muy distinto de tu vecino el que se queja del privilegio que supone que las personas de movilidad reducida tengan plaza de aparcamiento marcada.

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