Plácido, fundamentalismo religioso, Skolae

OPINIÓN

29 feb 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Es difícil saber cuánto hay de teatralidad en los balbuceos de Plácido Domingo y cuánto de aturdimiento verdadero. La gente que por su posición fáctica o por su cargo tiene un poder sin control en un determinado ámbito, apellídese Villa o Domingo, con el tiempo llegan a sentir con sinceridad que ese ámbito es suyo por derecho. Allá por los ochenta oía por la radio a Jesús Hermida y sus contertulios baboseando con risotadas complacidas sobre la costumbre de Cela de arrimar su pierna a la pierna de la señora que tuviera al lado. Llegan a creer que todo, animado o inanimado, es suyo. Como decía aquel centurión de Astérix, «¡uno se pelea contra unos tipos, los vence, los invade, los ocupa, y después, sin ningún motivo se vuelven contra uno!». Tiene razón el tenor en que van cambiando los «estándares» con los que nos medimos (juraría que la gente que dice «estándares» levanta un poco la barbilla al pronunciar esa palabra). No es que antes hubiera galanteo y ahora no. Los límites de la convivencia y el acoso y del coqueteo y la desconsideración son muy parecidos. Simplemente antes las mujeres tenían que aguantarse, tenían que soportar la pierna fofa que le arrimaba el señorón sudoroso y poderoso de al lado, tenían que aguantar insinuaciones infantiles y audacias de machito y tenían que aguantar agresiones o coacciones directas. Claro que cambiaron los estándares. Desde MeToo, cuando señalan con el dedo, la sociedad empieza a mirar el punto señalado y a no a la persona que señala.

Así que podemos tener algunas dudas sobre la sinceridad de Plácido Domingo y del centurión de Astérix. Tengo menos dudas sobre los valedores que le salieron al tenor por columnas y tribunas públicas. El negacionismo (otra palabra de las de barbilla alta) no se fundamenta en la creencia sincera de que algo es falso, sino en una complacencia con lo que es verdadero que nos avergüenza o nos incomoda admitir. Si me resulta incómodo admitir que no me importan catástrofes y cambio climático y si me avergüenza reconocer que me da igual que Franco mandara pistoleros a asesinar gente, lo que hago es negar que esas cosas sean verdad. El negacionismo es muy fácil porque la mayoría de las cosas que sabemos no las sabemos por experiencia, sino por transmisión de otras personas. Quien escribe estas líneas nunca vio átomos ni vio con sus propios ojos el río Volga. Sé de esas cosas porque las leí o me las contaron, es una de las gracias de nuestra especie. Pero como digo el negacionismo es muy fácil: no sé cómo juntar los argumentos y fuentes que me hacen creer que el Volga existe y que la materia más común tiene átomos. Cualquiera puede negarme esas cosas con la certeza de que no diré nada irrefutable en la conversación. Así que con el asunto del tenor se llenaron las tribunas de negacionistas. Hay en esas posturas una mezcla de machismo y clasismo (siempre pensé que la mitomanía es reaccionaria, porque es una variante del clasismo). Siendo una persona tan destacada, en el fondo es una minucia la humillación o perjuicio de esta o aquella mujer. Y además las cosas son así entre hombres y mujeres por naturaleza. Como es incómodo decir esto abiertamente, salvo para Boadella, se niegan los hechos. Pero ninguno de los que proclamaron su inocencia, de los que decían que solo era un ligón y de los que hablaban de una dictadura feminista creía nada de lo que decían. Lo relevante es que era rico, poderoso y macho.

Lo importante de esos apoyos que tuvo el tenor, incluidas aquellas obscenas ovaciones aprobatorias en el corazón del mundo civilizado, son otras cosas. La agresión a las mujeres, de cualquier intensidad, sí que se sigue midiendo con estándares diferentes. La naturaleza de un agresión se determina por la conducta del agresor, no por la altura moral con que la enfrenta la víctima. Lo que convierte un acto en asalto a mano armada es la intimidación y el arma del asaltante. Si la víctima reacciona con serenidad, eso será un asalto a mano armada. Y si reacciona con una cobardía indigna, seguirá siendo asalto a mano armada. Pero si la agresión es hacia una mujer, los patrones cambian. La reacción de la víctima, y no la conducta del agresor, es lo que determina la naturaleza del acto cuando la víctima es una mujer. Si cede a la coacción, ya no hay agresión, según los listos. La soprano que perdió importantes actuaciones por negarse tuvo una actitud respetable. La que exclamó que cómo le dices que no a Dios es una fata irrecuperable. Pero la agresión es la misma, no importan las luces de la víctima, solo con las mujeres se razona así.