Un mundo imprevisible


Redacción

La incipiente epidemia del nuevo virus asiático ha vuelto a demostrar que la especie humana peca de vanidad cuando cree que domina el mundo, pero a mí, más que la enfermedad, me asusta el convencimiento de que tampoco se controla a sí misma.

La edad, aunque me acerque a los grupos de riesgo, me inclina a la tranquilidad. No sería capaz de decir con exactitud cuántas «gripes asiáticas» he conocido a lo largo de mi vida, siempre con consecuencias mucho menos catastróficas de las anunciadas, a pesar de que las víctimas sean lamentables independientemente de su número. Supongo que el mayor temor de los especialistas es que el virus, muy contagioso, pueda mutar y provoque enfermedades de mayor gravedad, pero, un siglo después, la población mundial está mejor alimentada y cuenta con una medicina que no existía en 1918, cuando se afrontó la llamada «gripe española».

También es cierto que las indicaciones de las autoridades resultan contradictorias para la ciudadanía, llaman a la tranquilidad, pero, a la vez, incitan a la alarma. Eso produce desconfianza, que se ve agravada por otro verdadero fenómeno mundial, la escasa credibilidad de quienes gobiernan e incluso de los que informan. A eso me refería al principio. La crisis de las ideologías políticas tradicionales y el auge del marketing comercial político, que las ha sustituido y que, como a cualquier vendedor, ha convertido a los repúblicos en personajes dedicados a despachar una mercancía, sin muchos escrúpulos sobre la calidad o utilidad de lo que ofrecen, provoca una incertidumbre sobre el gobierno de los países y los propios sistemas políticos, más preocupante que cualquier enfermedad.

El fenómeno de lo que se conoce como fake news no es nuevo, ha existido siempre en la historia, pero sí puede considerarse una novedad la fuerza que ha adquirido gracias a Internet y las redes sociales. También ha sido habitual, desde que existe, que la prensa considerada seria se viese contaminada por la difusión de noticias falsas o deformadas, pero ahora, incluso en las democracias, lo hace con demasiada frecuencia y casi nunca se toma la molestia de rectificar. No sé si se debe a que otras ocupaciones me han distraído algo de la actualidad, pero me sigue intrigando qué ha sucedido con la información que un periódico madrileño de rancio abolengo ofreció sobre una supuesta conversación telefónica del presidente del gobierno con la vicepresidenta de Venezuela durante las horas que esta permaneció en el aeropuerto de Barajas. El presidente Sánchez la ha desmentido y ningún partido de la oposición la ha utilizado, lo que parece un indicio sólido de falsedad, si se tienen en cuenta las innumerables preguntas parlamentarias y declaraciones de los líderes de la oposición que ha ocasionado la breve presencia de la señora Rodríguez en la terminal aérea. Lo que me extraña es que el periódico en cuestión parece haberse olvidado de haberlo dicho, ni ha insistido ni ha rectificado, tampoco ha dimitido su director, ni nadie se lo ha pedido. No debe sorprender que leamos con desconfianza las noticias todos los días.

La incertidumbre afecta más a quienes, generalmente no demasiado jóvenes, teníamos convicciones políticas. Puede que las nuevas generaciones, o buena parte de ellas, vean ahora la política como un juego, que no se diferencia mucho de realitys, influencers y otras nimiedades y espectáculos que pueblan televisiones y redes sociales. Así se explicaría que un personaje como Trump se haya convertido en presidente de EEUU. En cambio, a nosotros nos produce pavor la banalización del mal, del nacionalismo xenófobo, del racismo, del machismo, de la intolerancia religiosa e ideológica y del autoritarismo que se apoya en todo ello. Eso afecta a quienes pertenecen a la derecha tradicional, conservadora en lo social y en lo cultural, pero demócrata, que no sabe cómo frenar a los competidores que le han surgido, a veces abiertamente fascistas, pero quizá más a una izquierda no solo desorientada, sino desmoralizada.

Es significativo que hasta la izquierda deba alegrarse o, al menos, respirar con alivio por que un partido conservador, pero europeísta y que combate la corrupción, haya vencido en Eslovaquia y frenado a la extrema derecha, allí abiertamente fascista. Lo mismo sucedió en Francia con Macron, aunque se supiese que muchas de sus políticas sociales serían incómodas, y sucede en Alemania con los partidarios de Ángela Merkel en la CDU. No es bueno que en España o en Italia no exista siquiera un centro liberal, o una derecha democrática, que defienda sus ideas frente al neofranquismo de Vox o el neofascismo de Fratelli d’Italia y el nacionalismo xenófobo de Salvini. Lo sucedido en Euskadi es desolador. Después de escuchar en boca de Iturgaiz que nos gobierna una coalición «fasciocomunista», solo cabe pensar que el PP ha elegido a un candidato que o necesita tratamiento psiquiátrico o carece de las mínimas cualidades intelectuales. Lo que añadió sobre Vox debe conducir al electorado vasco a considerar que votar a la coalición PP y Ciudadanos es hacerlo por la extrema derecha.

Sería muy deseable que solo tuviéramos que temer a un virus, lo peor es que el miedo lo provoque cualquier consulta electoral o la espera de la próxima noticia sobre las decisiones de esos políticos carentes de escrúpulos, de convicciones morales y de principios democráticos que tantos electores adocenados han colocado al frente de demasiado países del mundo, incluidos algunos de los más poderosos.

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