El feminismo tiene la vacuna

Marcela Simonutti REDACCIÓN

OPINIÓN

¿Cuál es el mal de nuestro tiempo? Aunque hoy parezca que es el coronavirus, creo que es precisamente la combinación entre el individualismo a ultranza que nos modela desde la misma cuna y la opresión de las mujeres, de las diferentes, de las marginadas.

Ese mal se expande cada vez que alguien invoca el «si te esfuerzas tú puedes», o «primero yo», «este viene a robarnos el trabajo», o cuando percibes la mirada sobre el hombro en una entrevista laboral cuando se habla del número de hijos, cuando tienes que apurar el paso en una calle oscura, cuando te estalla en la cara un asesinato más... Allí donde impera la desigualdad, se expande el virus.

El feminismo es un movimiento social y político excepcional que durante más de 150 años ha sabido crecer y fortalecerse con un nosotras variado, diferente y múltiple, frente al arrollador avance de un yo receloso, egoísta y frustrante. Incluso en sus grandes polémicas el feminismo, que parecía dividirse, se ha reproducido.

A lo largo de toda su andadura ha primado, por sobre todas las cosas, un objetivo superior: la efectiva igualdad de derechos de toda la ciudadanía. ¿Qué meta más abarcadora, humana y fraternal que esta? ¿Qué bandera más incuestionable y justa? Además, construyendo esto desde una mirada amplia y generosa, integrando a las que se suman, a las que toman el relevo, a los que acompañan, a los indispensables, a las que orillan los márgenes y sufren más opresiones y violencias aún… A todas. El feminismo ha crecido por los márgenes, revolucionados por la raza, por la precarización de la vida y la aparición de diversidades asfixiadas durante siglos, y ha logrado avanzar hacia el centro del poder, institucionalizando derechos, ganando en el camino de la consolidación legal de un sentido común que se ha disputado y se disputa en las calles.

El feminismo ha sabido que la diversidad no es una rémora, sino una riqueza. Que caminando juntas y distintas podemos abarcar más, incluir más, lograr más fuerza para seguir avanzando. Esa aceptación de la diversidad como fuerza y combustible es nuestra vacuna contra el identitarismo que ha esterilizado a tantas fuerzas políticas que se suponían del cambio y terminaron perdiendo su capacidad transformadora por un absurdo afán homogeinizador.

Nuestros reclamos son variados y múltiples. Las compañeras que prestan cuidados a domicilio en Asturias ganan salarios de miedo y se parten la espalda cuidando a nuestros mayores, los jóvenes de Pizza Hut se suben a las motos para repartir una pizza por menos de cincuenta céntimos, las migrantes latinoamericanas son explotadas casi por casa y comida, las compañeras transexuales tienen un 90% de paro, las jóvenes exigen el derecho a vivir la alegría sin temor… Para seguir avanzando, consagrando derechos allí donde hay necesidades vale recordar que tenemos una vacuna infalible: unidad en la diversidad. Feminismo en estado puro.