Hacer mal el bien


Hace unos años, cuando Diana dio un paso adelante, admito que no supe muy bien cómo actuar al respecto. Verán, Diana Cardo es amiga mía desde hace algo más de una década, y hemos vivido juntos muchos chats, muchas risas, manifestaciones el 1 de mayo, eventos sobre laicismo y alguna huelga, unidos por nuestras ideas y por lo que algunos ven como una irritante militancia atea. Diana y yo hemos hecho el Mal, por así decir. Hemos hecho bien el Mal.

Diana salió del armario con cuarenta y ocho años. Es una mujer trans. Es una mujer. No les voy a mentir: fui extremadamente torpe con ella cuando se visibilizó así. La primera vez que coincidimos después de saberlo, fue en casa de una amiga común, y no pude evitar dirigirme a ella cambiándole el género, algo que Diana me corrigió varias veces y que he tenido que aprender con ella, como tantas otras cosas que ignoraba hasta entonces.

Diana es una mujer valiente. Durante los últimos años, he visto cómo ha cambiado, como si de repente se hubiera quitado una losa de varias toneladas que llevaba sobre la espalda durante toda la vida. No es fácil hacer lo que hizo con su edad, plantar cara y tirar adelante de la manera en que lo ha hecho.

Ella da la cara como miembro de su colectivo en los medios. La lucha para las personas trans es dura. En países occidentales, el riesgo de suicidio es tres veces mayor para ellas. Casi la mitad de las mujeres trans ha ejercido la prostitución. Es un colectivo que sufre una discriminación laboral terrible. Cuando la mujer trans se visibiliza siendo ya adulta, la discriminación es todavía mayor. Solo he sido consciente de todo esto por Diana.

Como Diana da la cara, hay quienes encuentran fácil atacarla. Estos días, una escritora de trigésima fila de esas que sobreviven en Islas desiertas inició una campaña de linchamiento contra ella aplaudida por valientes palmeras y palmeros que alegremente niegan a mi amiga su condición de mujer.

Desgraciadamente, de un tiempo a esta parte he sido testigo del recrudecimiento de la transfobia en ciertos colectivos. He visto cómo personas adultas hablan de «un trans» para referirse a una mujer trans como si fuera un objeto, como si hablar de esa persona utilizando el género correcto les fuera a transmitir la peste negra. Se han sucedido bulos de todo tipo y se ha tirado de estudios de organizaciones ultraconservadoras que son exactamente las mismas fuentes que utiliza la organización fundamentalista HazteOír para atacar al colectivo. Se ha dicho que la visibilización de mujeres trans, pues de los hombres trans ni se acuerdan, pretende la desaparición de las mujeres, esgrimiendo argumentos que son puro pensamiento mágico. Uno podría reírse de todas estas cosas si las personas trans no sufrieran en sus carnes la discriminación y la violencia a la escala en la que las sufren. La cobardía hacia quien, en una situación muy complicada, es capaz de ponerse al frente, bien puede traducirse en violencia. No hay muchas ganas de debatir por su parte, pero me pregunto cómo se puede debatir con personas que, amparadas en un supuesto feminismo, acusan a las mujeres trans de violadores y pederastas. Busquen ustedes la diferencia entre los abascales y estas otras personas si pueden, a mí me ha resultado absolutamente imposible.

Toda esta campaña indecente lleva puesta en marcha desde los tristemente famosos autobuses de HazteOír. Desde entonces ha pasado por diferentes y antagónicos colectivos, pero el objetivo es el mismo: que las personas trans se oculten y se callen, algo que es indistinguible de su desaparición. Es una obviedad, pero la discriminación no es mejor si la ejerce uno de los tuyos. La transfobia es la misma venga de escritora u obispo.

Estoy seguro de que, sea como sea, Diana y yo seguiremos haciendo bien el Mal. Tengo tan claro esto, nuestra amistad, como que ella es una buena persona y una de las mujeres más valientes que he conocido. Esto es así, le joda a quien le joda. Tápense un poco, por favor.

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