Simón, Sánchez, pánico, idiotez y papel higiénico


I. Simón.

Pero no cualquier Simón. Una cosa es Pérez Simón y otra Fernando Simón. O sea, una cosa es amasar y rodearse de gorilas y otra es ir a tierra de auténticos gorilas africanos (y monos aulladores americanos) y darse, darse como persona de bien y dar su conocimiento médico y epidemiológico a quien no tiene acceso a una aspirina ni a agua y jabón para lavarse las manos. Este Simón, Fernando, está ahora, día a día, diciéndonos que no nos volvamos locos.

Suerte tiene este país de tener a este hombre. Él hace país. Las palabras diarias que nos dirige se escuchan en todo el país. Porque el Ministerio de Sanidad no hace país. Hay 17 sanidades y cada una hace y deshace. La catalana, por ejemplo, ahorra dinero en los test no haciendo todos los que debería hacer. El golpismo araña recursos de aquí y de allí. Todo por la patria, igual que Franco.

II. Sánchez.

Al contrario que en Italia o Portugal, nuestro Gobierno ha desgobernado esta crisis sanitaria (y social y económica). Ayer, Pedro Sánchez decretó la Estado de Alarma. Lo hizo con varios días de retraso. Por eso somos el quinto país más infectado del planeta, lo que es terrible, porque tenemos una población envejecida, víctima propicia de esta pandemia. Portugal, con un porcentaje de afectados muy inferior al de España, ya había tomado medidas semejantes a las de La Moncloa de ayer.

Lo hospitales no están al límite, están al otro lado del límite. Mariano Rajoy se deshizo de más de 200.000 sanitarios. Pedro Sánchez no hizo transfusiones para paliar la hemorragia. El desánimo en la última fila de contención, la sanidad, es general, y es consciente de que acabará teniendo el coronavirus, y, sin embargo, sigue en la trinchera. Falta material de protección, falta espacio. España está a la altura de su fama: irresponsabilidad política e irresponsabilidad ciudadana. Aunque, mirado mejor, encaja todo, porque ni siquiera este país es un país. Es un conjunto de territorios anárquicos, algunos totalitarios que rezuman odio hacia los otros. España no es un problema ni es el problema. España (gracias Sánchez, gracias Iglesias) no existe.

III. Pánico.  

El bien, escaso siempre, encoge hasta que no puede encoger más cuando se entra en pánico. El pánico es un virus contra el que el hombre no está vacunado porque no hay vacuna. El pánico es endógeno, una alarma para cuando hay que alarmarse. Entonces, no solo no hay vacuna, sino que no debe ensayarse una en el laboratorio, de ser posible lo imposible.

El pánico endógeno, de naturaleza fisiológica, no es el asunto. El asunto es el pánico a la par endógeno y exógeno, de naturaleza psico-sociológica. Está en el cerebro y conectada a otros miles de millones de cerebros. Está exactamente en los lóbulos prefrontales protuberantes de cada cerebro. El rasgo primario del hombre es ese. Lóbulos prefrontales protuberantes, muy, muy protuberantes. No hay otro animal semejante. Y ¿qué supone esto? Supone una equivalencia: a mayor protuberancia, mayor idiotez. 

IV. Idiotez.

Tenemos, pues, dos parámetros primordiales que se conjugan. Una protuberancia y una cantidad de idiotez igual a la capacidad que, en centímetros cúbicos, tiene aquella. Cuando algo remueve este, llamémosle caldo intraprefrontral, el comportamiento se vuelve disparatado, sin perjuicio de que el comportamiento anterior al remolino que origina un cucharón removiendo este caldo sea ni mucho menos sensato.

El cucharón que se introdujo en el hombre hace unas semanas, el coronavirus de Wuhan, es, sin duda, un virus que hay que tomar en serio, porque mata a los debilitados por edad, por patologías previas graves o por sistema inmune inerte. Pero de ahí a instalarse en la histeria colectiva es la prueba de que la sociedad es insalubre. Estamos enfermos de varios de otros virus que nos inoculó la modernidad y, hoy (y mañana, y pasado mañana), en la Plena Postmodernidad, hacen que la masa dance al ritmo embriagador de la idiotez.

Lo que no se quiere saber es que, cuando un malestar se une a otro malestar, hay que olvidarse de la cura. La cura de la mente, porque el malestar está en uno. Uno se pierde, primordialmente, a sí mismo. No es lo que pierde de valor tangible, económico, que lo pierde porque antes se ha perdido a sí. Somos unigénitos de la idiotez. Estamos abismados a la grandeza del Tener, que tiempo ha se impuso al Ser.

Individualismo, egoísmo, insatisfacción, despersonalización. He aquí al Hombre. He aquí lo que el coronavirus nos está poniendo delante de los ojos. He aquí lo que hemos dejado de ser, el «yo soy», para ser un otro, el «otro colectivo», que, enajenado ante lo desconocido amenazante, pide con desesperación auxilio, perdido como está desde el momento en que dejó de ser «yo soy».  

V Papel higiénico.

Con lo escrito en los cuatro apartados anteriores, ¿quién puede extrañarse de que las multitudes acaparen alimentos en los supermercados, pese a que no estamos ante el ébola o la peste negra (bubónica: bacterias, pulgas, ratas, hombres) o la guerra termonuclear, sino ante un virus que no mata a la mayoría (que tendría que ser responsable y protegerse para no contagiar a los vulnerables) y, por tanto, comida y bebida están garantizadas? Todo aquel que haya conseguido mantenerse en la esfera del «yo soy», no le extrañará.

Resulta curioso, no obstante, incluso siendo conscientes del disparate que ello supone, lo del papel higiénico, campo donde la Antropología Cultural tiene trabajo por delante. ¿Por qué llenamos las casas de rollos y rollos y rollos y rollos de este papel? ¿Para limpiarse los culitos encerrados durante semanas en sus madrigueras, cuando es conocido que, aunque la pandemia alcance al 80% de los individuos, se dejará ir a la compra a una persona por familia, tal y como hacen en China, que sí tiene un Gobierno y unos ciudadanos responsables?

¿No será, acaso, que el papel higiénico es el símbolo de los símbolos, una vez que ha sido «inoculado» en nuestras vidas, de lo que final y radicalmente ha acabado siendo el populus: no mucho más que el extremo inferior de su tubo digestivo?

(Pudiera resultar de alto interés, para quien todavía no lo haya leído, el relato La peste, del gran Albert Camus)

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