Van a ser más graves de lo que parecía hace solo quince días las consecuencias del coronavirus. Mientras la ciencia no sea capaz de poner algún medicamento eficaz en el mercado, es inevitable sentirse con cierto desamparo y, como nuestros antepasados anteriores a Fleming, depositar la confianza en los dioses, la divina providencia o la buena suerte, según las creencias. Las divinidades siempre resultaron incomprensibles y con frecuencia irritables, por lo que me inclino por la última. Espero que el hado no sea desfavorable, haga breve el susto y evite que nos hunda en una nueva recesión económica cuando todavía no nos hemos recuperado plenamente de la anterior.

No quiero decir con esto que no debamos confiar en nuestros gobernantes, sobre todo si se dejan asesorar bien, pero la historia y la experiencia demuestran que no son infalibles y que tienden a un paternalismo optimista que con frecuencia depara sorpresas desagradables. No se entienda mi moderado escepticismo hacia sus decisiones como un llamamiento a desobedecer la cuarentena colectiva, que, si no tuviese éxito completo, siempre será mejor que fomentar los contagios, como parece que desea el sorprendente primer ministro británico, y puede traer consecuencias positivas como la disminución de la contaminación atmosférica, el fomento de la lectura e incluso el aumento de la natalidad.

Por otra parte, la nueva crisis global sirve de examen para la oleada de políticos surgida de la anterior y, con un poco de fortuna, hasta podrían aprender algo de ella. Por ejemplo, el señor Trump asimiló con rapidez que los virus son políglotas y no tienen dificultades con ningún idioma: había cerrado las fronteras de EEUU a todos los europeos que no tenían el inglés como idioma nativo, pero las dejó abiertas a los británicos, no tardó 24 horas en darse cuenta de que los angloparlantes se contagiaban como los demás. Es menos probable que se convenza de la enorme utilidad de un sistema sanitario universal, pero el virus es indudablemente democrático y no distingue entre clases sociales ni ideologías, como ha demostrado en España. No es difícil que hasta los ricos republicanos perciban que los pobres sin asistencia médica van a extenderlo por todo el país, lo que facilitará su propio contagio. Puede que una consecuencia positiva de la epidemia sea el relevo en la presidencia de la primera potencia mundial.

En España, la derecha mediática continúa convirtiendo a Pedro Sánchez en la causa de todos los males, pero se nota cierta prudencia en la oposición política, más en la señora Arrimadas que en la pareja de Pablo y Teodoro. Sorprendió el sábado parte de la intervención televisiva del señor Casado, sobre todo en Castilla y León, donde la Junta no cerró los centros de enseñanza hasta el viernes, solo después de que apareciesen casos en colegios y universidades y de que dos rectores con sentido de la responsabilidad se le hubiesen adelantado, todo ello tras haber hecho el jueves sus dirigentes declaraciones oficiales tan absurdas como rotundas, de las que tuvieron que arrepentirse en horas. No es momento para el oportunismo político.

Es imprescindible para evitar la crisis económica que se aprueben unos presupuestos adecuados cuanto antes y sería espléndido que se hiciese por consenso entre los principales partidos democráticos. Todos deberán tener altura de miras. Unos habrán de aceptar que lo prioritario es ayudar a empresas y trabajadores e incluso realizar inversiones que, a la vez, refuercen la sanidad pública, mejoren infraestructuras y contribuyan a crear empleo, aunque haya que aplazar ciertas reformas o gastos en otros ámbitos; los otros tendrían que comprender que en situaciones extraordinarias lo prioritario no es reducir el déficit, ni tampoco resulta posible bajar impuestos de forma generalizada. Una situación excepcional, como la que sufrimos, exige abandonar el sectarismo y la politiquería, ojalá todos superen el examen, quien no lo consiga deberá retirarse.

Médicos y sanitarios en general están dando en España y en todo el mundo un magnífico ejemplo de a dónde pueden llegar la entrega y la solidaridad humanas, no sobra el reconocimiento que diariamente les brinda la ciudadanía, tampoco recordarlo ahora. No todo el mundo ha sido igualmente solidario, ni racional en sus reacciones. Al acaparamiento de productos incluso sorprendentes se ha unido el éxodo contaminante de madrileños y su difusión por todo el país. La reserva del nacionalismo español ha mostrado que no todos los problemas de la patria proceden de la periferia, no es infrecuente que los produzca el centro, otra lección de la crisis.

No quiero ser muy duro con los habitantes de la capital del reino, su comportamiento recuerda lo que Boccaccio contaba de los florentinos ante la extensión de la peste negra: «Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella; y movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirlos para castigar la iniquidad de los hombres en aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad».

No somos muy diferentes de nuestros antepasados del siglo XIV, podría tomar otros ejemplos del Decamerón para demostrarlo, al menos hasta que un antiviral o una vacuna nos devuelvan la seguridad, pero no viene mal hacer un esfuerzo diario por ser racionales. Algo que deberían practicar especialmente los políticos, sin duda, pero de lo que no estamos eximidos los demás mortales.

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Lecciones de un virus políglota y sin preferencias ideológicas