Enterrar a los muertos


Me contaban que en un pueblo de Lombardía se acumulan varios ataúdes en la iglesia local a la espera de poder enterrarlos. Y en España se ha prohibido realizar velatorios con el cadáver y que lo acompañen mas de cinco personas en la inhumación. En Madrid no hay exequias ni sepelio, y acerca del funeral «se comunicará oportunamente».

A los muertos víctimas de esta pandemia asesina sus familiares directos, sus deudos, no pueden despedirlos. Se ha desterrado de los obituarios la frase habitual que señala que el difunto «falleció rodeado de los suyos». En estos tiempos de hierro morirse y ser inhumado de acuerdo a los ritos de los entierros o de la cremación mas bien parece un acto clandestino acompañado casi de nocturnidad y alevosía.

Enterrar a los muertos es acaso la mas importante de las obras de misericordia para nuestra occidental cultura júdeo cristiana.

Parece que las terribles imágenes descritas en los relatos de la peste negra de 1540 o de la mal llamada gripe española de 1918, que causó 50 millones de muertos en la vieja Europa, regresan como en las mas desgarradoras páginas de Camus en su texto de La Peste.

Claro que no hay fosas comunes, pero el dolor de familiares y amigos es idéntico. Se nos hurta acompañar a nuestros muertos, se nos prohíbe despedirlos dignamente, cuando la causa de su fallecimiento es el maldito coronavirus.

Fueron los romanos quienes establecieron los ritos funerarios que se debían seguir, primero la procesión del cuerpo, a la que le sigue el entierro o cremación, para continuar con el elogio y celebración hasta concluir con la conmemoración.

El canon romano establecido hace algo mas de dos mil años nada dice de que hay que ponerle al difunto dos monedas de cobre sobre sus parpados una vez cerrados sus ojos para siempre, para satisfacer el peaje a Caronte, que conduce por la laguna Estigia la barca que arriba al más allá. Enterrar a los muertos, a nuestros muertos, acompañarlos desde el dolor en la última despedida es mucho mas que una convención cultural, es una manera de establecer el vínculo definitivo con las personas que de un modo u otro han sido determinantes en nuestras vidas.

A los nuevos apestados las normas que se aplican en los tanatorios son concluyentes, y los cadáveres deben ser protegidos por una bolsa hermética y biodegradable, y sellado el ataúd.

En los pueblos italianos y españoles, todavía doblan a muerto las campanas.

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