Setenta científicos españoles abogan por el confinamiento total. El presidente autonómico de Murcia insta al Gobierno a paralizar por completo la producción en su región, salvo los servicios de primera necesidad. La réplica a esa petición de mayores restricciones la ha dado Fernando Simón, epidemiólogo y no economista, con una pregunta de sentido común: si parásemos máquinas, ¿quién abastecería a 47 millones de españoles?
Paul Samuelson, en su clásico manual de economía, se maravilla de cómo el mercado alimenta cada día, sin intervención de los gobiernos, una colosal urbe como Nueva York. Sin una constante entrada y salida de mercancías, en una semana los neoyorquinos se encontrarían al borde de la inanición. Afortunadamente, cuentan con una mano invisible, por utilizar el concepto de Adam Smith, que por la mañana deja la botella de leche y el periódico en la puerta de casa, rellena los estantes del supermercado y repone la cerveza en los bares del barrio.
El sistema funciona en tiempos de paz, pero estalla en mil pedazos en tiempos de guerra. El Gobierno toma las riendas, sustituye a la mano invisible y dedica las fábricas que producían mantequilla a fabricar cañones. O mascarillas, fármacos, respiradores o camas de hospital, si el enemigo es un virus que se propaga aceleradamente.
El decreto que estableció el estado de alarma amputó algunos dedos de la mano invisible. Cerró establecimientos y encerró a los consumidores. Mutiló el mercado, pero le dejó una parte sana para que continuase suministrándonos artículos de primera necesidad. La cirugía aplicada tiene doble finalidad: impedir que nos mate el virus y no matarnos de hambre. Cirugía tampoco exenta de contradicciones inevitables: prescribe el confinamiento, pero exime del mismo a las legiones que se baten en el frente, más expuestas que nadie y potencialmente transmisoras del virus. Pienso en el personal sanitario, policías y soldados, pero también en los trabajadores que nos abastecen: el panadero y el transportista, la cajera del supermercado, el carnicero o el pescadero. ¿Podemos prescindir de ellos una temporada?
El confinamiento total y la parálisis productiva absoluta no son viables. Tal vez existe margen para restringir aún más alguna actividad o reforzar las drásticas medidas adoptadas, como se hizo en el caso de las peluquerías, cuyo salvoconducto inicial nadie entendía. Tal vez incluso se puede parar la producción y apagar la luz en alguna zona especialmente castigada por el virus -no precisamente Murcia-, a sabiendas de que contaría con el socorro del resto de España. Pero el apagón total, con todo el planeta en penumbra, sería catastrófico. Amputar la mano invisible de cuajo provocaría una hemorragia letal.
La parte sana del mercado, pese a los acaparadores irresponsables que vaciaban los estantes como si no hubiera un mañana, sigue funcionando. Y los dedos amputados, antes o después, comenzarán a cicatrizar. Solo cabe resistir y confiar en que el sacrificio merece la pena.
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