La mejor crónica-resumen de la cumbre europea sobre la crisis del coronavirus, que acabó como el rosario de la aurora, la hizo el primer ministro portugués António Costa. Con una sola palabra: repugnante. Quizá por aquello de que es hijo de una periodista y aprendió a titular con precisión. La falta de acuerdo entre los países del norte y del sur, algo ya habitual desde tiempos inmemoriales, llevó al dirigente vecino a calificar de este modo el papel de los Países Bajos y asociados con su rechazo a las propuestas de España, Portugal e Italia.

Costa no escatimó calificativos para las palabras del ministro de finanzas holandés, Wopke Hoekstra, que considera «repulsivas», «sin sentido» y «totalmente inaceptables» por asegurar que algunos países, especialmente España, no ahorraron durante la bonanza para hacer frente por ellos mismos a la crisis. «Esa mezquindad recurrente amenaza el futuro de la UE», sentenció el luso.

Cierto es que los países del sur se mostraron intransigentes y muy en su sitio con las pretensiones de Alemania y su cuadrilla, obligando a retrasar los posibles acuerdos, pero la actitud de Costa es doblemente elogiable por el tono y la dureza utilizados en sus críticas. Es un aldabonazo en un momento especialmente crítico, para la Unión y sus ciudadanos.

Porque si el proyecto europeo ya salió muy tocado de la crisis del 2008, donde se puso de relieve su escasa utilidad, y del más reciente abandono de Gran Bretaña, cuyo alcance aún desconocemos, no parece que vaya a poder soportar, con un mínimo de alegría, un nuevo capítulo de insolidaridad e individualidades. Y la emisión de una deuda conjunta de la Unión, para obtener mejores condiciones de financiación los estados miembros, es el primer paso imprescindible que ha de dar si no quiere continuar con su caída libre.

Pero para que la UE no siga como hasta ahora, dormida y sin ver la realidad, se necesitan actitudes como la de Costa de llamar a los hechos por su nombre y sin eufemismos ni sinónimos, que es lo que hacen la mayoría de sus colegas. El primer portugués ha utilizado el adjetivo que utilizaríamos la mayoría de los ciudadanos. Porque hay unos dirigentes y unas actitudes que a todos nos repugnan. Una Europa que nos repugna. De la que ya estamos asqueados porque nos resulta despreciable.

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La Europa repugnante