El pogromo catalán en tiempo de pandemia

OPINIÓN

05 abr 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

I. Apuntar

A los cinco años del caudillaje de Fuhrer, miles y miles de alemanes corrientes, alentados por las SA y las Juventudes Hitlerianas, y tras unos dos lustros de aprendizaje del catecismo de la Raza Única, protagonizaron lo que se conoce como «la noche de los cristales rotos», por la cantidad de cristales de los comercios judíos hechos añicos. En realidad, duró más de una noche y un día y fueron incendiados inmuebles y sinagogas por toda Alemania y Austria. Asesinaron a un centenar de judíos y deportaron a miles a campos de concentración.

La Cataluña de hoy no es la Alemania de ayer, pero es inevitable, porque los hechos, más que hablar, gritan, ver paralelismos y coincidencias entre los dos regímenes. Ninguna persona que pretenda ser decente puede obviar estos hechos que, en cascada, acometen los políticos y gente corriente desde el 6 y 7 de septiembre de 2017 y que, solo por imposibilidad material y formal, no ejecutan pogromos como el de la noche de los cristales rotos, aunque lo emulan: rotura de puertas y escaparates, chorros de pintura y heces en fachadas y juzgados, amenazas de muerte, golpes, palizas e insultos, despidos por no hablar catalán, confinamientos en pueblos, ciudades, barrios, portales y centros de trabajo a los calificados de «españoles», adjetivo dicho con la misma connotación de inquina que tenía para el alemán corriente vocalizar «judíos». Ser corriente (dejarse llevar por la corriente) conlleva un riesgo: apostatar de la euritmia.

La diferencia transcendental entre ambos regímenes se halla en la ausencia de asesinatos. No es exactamente que no haya catalanes que deseen matar españoles, que veladamente lo vienen manifestando los últimos 31 meses. Es que lo intentaron, con ahínco, los CDR (JxC, CUP, ANC, Ómnium, ERC, Arrán, universitarios, catalachales en general) en la semana de la barbarie contra la Policía Nacional y los Mozos en Barcelona, respaldados por la Generalidad y, tácitamente, por La Moncloa. Sin la colaboración de Pedro Sánchez, esa semana hubiera sido una semana como otra y Torra no sería presidente, porque la autonomía estaría suspendida.

II. Disparar

La intención no es el acto. La primera lleva al segundo, pero no necesariamente. También, la intención puede congelarse y descongelarse a su debido tiempo. Y este «a su debido tiempo» ha llegado para el régimen catalán. La pandemia ha traído el tiempo. El tiempo de pasar de la intención al acto. De apuntar a disparar. Es el tiempo del pogromo.

En la columna que publicamos en La Voz de Asturias del pasado jueves, día 2, contamos algunas ráfagas de metralleta, como las dirigidas contra las personas de edad. La oposición de equipos médicos en algunos hospitales a las pretensiones de la Consejería de Salud (retirarles los respiradores, que no ocupen camas en las UCI) está frenando la liquidación de quienes se infectan a partir de los 70 años. Hay otros equipos que cumplen a rajatabla las indicaciones, a la manera de un suboficial cuadrándose ante un oficial. Son muchos los que anhelan ser condecorados por el president con la Cruz de Hierro para lucirla y que se les abran de par en par las puertas de la fortuna, en todas las acepciones de la RAE.

Alba Vergés, la consejera, como cualquiera de las personas de confianza que tuvo Hitler (ella de Torra), dispuestas a ejecutar las órdenes más ruines, pide ahora dejar a este colectivo en sus domicilios; es decir, que no sean llevado ni a las urgencias. Cuando uno entra en el delirio de la raza superior, el abanico de subhumanos se amplía: judíos, eslavos, gitanos, deficientes, tullidos; en pasiva: españoles, ancianos, militares, guardias civiles, policías nacionales.

Sabadel es un municipio de más de 200.000 habitantes. El Ejército se puso a montar un hospital de campaña, como en Oviedo, Madrid…, para descongestionar el hospital y salvar vidas. Alba Vergés paró la instalación durante varios días porque se le «ve demasiado militar», una argucia que tapa la causa real, el odio hacia las Fuerzas Armadas, pero por ser españolas, porque el régimen intenta formar su propio Ejército para ir a la guerra contra España, no como en 1714, que es lo que airea la Sociedad de la Nueva Historia, una de las ramas propagandísticas del régimen (copia del franquista), sino la de 1934, precisamente contra la II República.