El pogromo catalán en tiempo de pandemia


Redacción

I. Apuntar

A los cinco años del caudillaje de Fuhrer, miles y miles de alemanes corrientes, alentados por las SA y las Juventudes Hitlerianas, y tras unos dos lustros de aprendizaje del catecismo de la Raza Única, protagonizaron lo que se conoce como «la noche de los cristales rotos», por la cantidad de cristales de los comercios judíos hechos añicos. En realidad, duró más de una noche y un día y fueron incendiados inmuebles y sinagogas por toda Alemania y Austria. Asesinaron a un centenar de judíos y deportaron a miles a campos de concentración.

La Cataluña de hoy no es la Alemania de ayer, pero es inevitable, porque los hechos, más que hablar, gritan, ver paralelismos y coincidencias entre los dos regímenes. Ninguna persona que pretenda ser decente puede obviar estos hechos que, en cascada, acometen los políticos y gente corriente desde el 6 y 7 de septiembre de 2017 y que, solo por imposibilidad material y formal, no ejecutan pogromos como el de la noche de los cristales rotos, aunque lo emulan: rotura de puertas y escaparates, chorros de pintura y heces en fachadas y juzgados, amenazas de muerte, golpes, palizas e insultos, despidos por no hablar catalán, confinamientos en pueblos, ciudades, barrios, portales y centros de trabajo a los calificados de «españoles», adjetivo dicho con la misma connotación de inquina que tenía para el alemán corriente vocalizar «judíos». Ser corriente (dejarse llevar por la corriente) conlleva un riesgo: apostatar de la euritmia.

La diferencia transcendental entre ambos regímenes se halla en la ausencia de asesinatos. No es exactamente que no haya catalanes que deseen matar españoles, que veladamente lo vienen manifestando los últimos 31 meses. Es que lo intentaron, con ahínco, los CDR (JxC, CUP, ANC, Ómnium, ERC, Arrán, universitarios, catalachales en general) en la semana de la barbarie contra la Policía Nacional y los Mozos en Barcelona, respaldados por la Generalidad y, tácitamente, por La Moncloa. Sin la colaboración de Pedro Sánchez, esa semana hubiera sido una semana como otra y Torra no sería presidente, porque la autonomía estaría suspendida.

II. Disparar

La intención no es el acto. La primera lleva al segundo, pero no necesariamente. También, la intención puede congelarse y descongelarse a su debido tiempo. Y este «a su debido tiempo» ha llegado para el régimen catalán. La pandemia ha traído el tiempo. El tiempo de pasar de la intención al acto. De apuntar a disparar. Es el tiempo del pogromo.

En la columna que publicamos en La Voz de Asturias del pasado jueves, día 2, contamos algunas ráfagas de metralleta, como las dirigidas contra las personas de edad. La oposición de equipos médicos en algunos hospitales a las pretensiones de la Consejería de Salud (retirarles los respiradores, que no ocupen camas en las UCI) está frenando la liquidación de quienes se infectan a partir de los 70 años. Hay otros equipos que cumplen a rajatabla las indicaciones, a la manera de un suboficial cuadrándose ante un oficial. Son muchos los que anhelan ser condecorados por el president con la Cruz de Hierro para lucirla y que se les abran de par en par las puertas de la fortuna, en todas las acepciones de la RAE.

Alba Vergés, la consejera, como cualquiera de las personas de confianza que tuvo Hitler (ella de Torra), dispuestas a ejecutar las órdenes más ruines, pide ahora dejar a este colectivo en sus domicilios; es decir, que no sean llevado ni a las urgencias. Cuando uno entra en el delirio de la raza superior, el abanico de subhumanos se amplía: judíos, eslavos, gitanos, deficientes, tullidos; en pasiva: españoles, ancianos, militares, guardias civiles, policías nacionales.

Sabadel es un municipio de más de 200.000 habitantes. El Ejército se puso a montar un hospital de campaña, como en Oviedo, Madrid…, para descongestionar el hospital y salvar vidas. Alba Vergés paró la instalación durante varios días porque se le «ve demasiado militar», una argucia que tapa la causa real, el odio hacia las Fuerzas Armadas, pero por ser españolas, porque el régimen intenta formar su propio Ejército para ir a la guerra contra España, no como en 1714, que es lo que airea la Sociedad de la Nueva Historia, una de las ramas propagandísticas del régimen (copia del franquista), sino la de 1934, precisamente contra la II República.

¿Cuál es el significado de esta actitud? Que las vidas, vidas también jóvenes de Sabadel, las dan por buenas, las ofrecen en sacrifico, a cambio de que nada que huela a español pise su «nación». Significa que el régimen catalán ha cruzado su Rubicón, pasando de las intenciones a los actos, de fijar el objetivo en la mirilla del arma a disparar. No es posible calcular el número de víctimas mortales habidas durante esos días, ni tampoco las que sucumbirán por no ser tratadas con diligencia. Significa que están cometiendo, ahora sí, crímenes.

Tal es la enormidad, que un juez ha abierto diligencias contra Torra, Vergés, Adrián Comella (responsable del Servicio Catalán de Sanidad) y la Dra. Ana Arán (una médica con poder ejecutivo en ente organigrama que ha traicionado el juramento hipocrático, que ha pasado de procurar sanar a procurar matar). La declaración de la portavoz de los Cuatro Segadores, la consejera de Salud, de que se le «ve demasiado militar» y lo que tengan que decir en el juzgado Médicos Sin Fronteras, que participaba con el Ejército en el levantamiento del hospital supletorio, y de los mandos militares han de tener consecuencias, porque si ante el azote de una pandemia, estos gánsteres no dan tregua, significa que estamos ante cuerpos putrefactos de execración.

Como era, de antemano, diáfano, los aberchales de Bildu han entrado en la misma dinámica que los catalachales. Llevan desde el viernes haciendo sonar las cacerolas en protesta por los trabajos de desinfección de la UME en las calles de Pamplona y otros cometidos de auxilio que ni la ciudad ni la comunidad están en condiciones de asumir. ETA tenía pistolas y Goma-2. Estos, cazos y sartenes. Son los mismos. ETA en dos versiones.  

Sin embargo, una reacción contraria se está haciendo un hueco. Desobedeciendo a la Generalidad, algunas residencias de ancianos de Sabadel están pidiendo al Ejército, versión UME, que desinfecten las instalaciones. Habremos de intuir que los directores de estas residencias, o son «españoles», o son «catalanistas» no furibundos y compasivos con sus moradores, más solos y frágiles que nunca.

En todo el país, los mayores son uno de los colectivos más abandonados, desvalidos y lastimables. Si a esta condición se le añada el «hecho diferencial catalán», de naturaleza fóbica extensa e ilimitada, se llega con rapidez a la cacotanasia (del griego kakos, malo, y thanatos, muerte): la muerte con sufrimiento.

Arguyen las autoridades de algunas comunidades, y pueden argüir en el mismo sentido algunos, o muchos, lectores, estos, los más, con inocencia, que una situación extraordinaria se palía con medidas extraordinarias, y la principal es salvar vidas jóvenes antes que vidas no jóvenes. No obstante, esta consideración adolece de exactitud. Con Mariano Rajoy, como ya se ha apuntado en otra ocasión, el sistema sanitario español se despojó de unos 200.000 empleos. De ser la primera o segunda nación con mejor sanidad pública del mundo, pasamos a la cuarta o quinta. Entonces, con una sanidad saneada, las medidas extraordinarias seguirían siendo pertinentes, pero no hasta el punto de cribar, de invertir la eutanasia.

En Cataluña las cosas fueron peores. Con Arturo Mas, entre 2010 y 2012, se restaron más de 1.500 millones de euros, y hasta el presente, se cerraron alrededor de un 40% de camas de planta y un 30% de camas de UCI, llevándose por delante, en consecuencia, a personas y pertrechos médicos. Para este desmontaje, Mas nombró consejero al gerente de los hospitales privados de Cataluña, cuyo nombre no recordamos y rechazamos buscarlo en la red. Cataluña es la región española que más encaja con el sistema sanitario estadounidense.     

No finaliza con esto el pogromo. Un pogromo tiene un prefacio. Su prefacio es apuntar a otros objetivos. En las redes se exige que «ningún respirador fabricado en Cataluña salga a España». Y no nos echemos las manos a la cabeza cuando estos neonazis, en su desenvolvimiento, aboguen por discriminar a los catalanes constitucionalistas en la atención médica cuando el SARS-CoV-2 golpeé con más ímpetu.

Hacer constar, finalmente, que el responsable supremo de este «desenvolvimiento» es Pedro Sánchez. Uno, porque un primer ministro tiene el mandato democrático de defender al Estado. Dos, porque el racismo, una vez plantado y germinado en los cráneos de gentes de cráneos huecos y una vez ganadas las primeras batallas (por inacción del Gobierno), no ve límites en el horizonte (ergo Hitler), y su extinción solo llegará con un coste social, económico, psicológico y vital colosal (ergo Hitler).  

(El concienzudo historiador británico Michael Burleigh escribió un volumen de referencia titulado El Tercer Reich, Taurus, Barcelona, 2002, 915 páginas. En la 29 se lee: «Este libro trata de lo que sucedió cuando sectores de las élites y las masas de gente normal y corriente decidieron renunciar en Alemania a sus facultades críticas individuales en favor de una política basada en la fe, la esperanza, el odio y una autoestima sentimental colectiva de su propia raza y nación… [fue] el colapso moral progresivo y casi total de una sociedad industrial avanzada del corazón de Europa, muchos de cuyos ciudadanos abandonaron la carga de pensar por sí mismos, en favor de lo que George Orwell describió como el ritmo de tamtam de un tribalismo de nuestro tiempo». Y en las páginas 30 y 31: «Pero las masas, estimuladas por sectores irresponsables y egoístas de la élite, a los que el filósofo de la historia Eric Voegelin calificó una vez como una chusma malvada, arremetieron contra la caridad, la razón y el escepticismo, depositando su fe en el personaje por lo demás ridículo de Hitler, cuya propia existencia miserable adquirió sentido cuando descubrió que su rabia contra el mundo era susceptible de una generalización indefinida… Tal como escribió en 1944 Konrad Heiden, el primer biógrafo de Hitler, y el más grande: La gente sueña y un adivino les cuenta lo que están soñando». Por nuestra parte concluimos que el «ritmo del tamtam» es seguido hoy en el norte y este de España por la «chusma malvada» de ciudadanos que «abandonaron la «carga de pensar por sí mismos» y que el personaje «ridículo» de «existencia miserable» lleva, también hoy, otros apellidos: Puigdemont, Torra, Junqueras, Gabriel, etcétera, etcétera, y Urkullu, Otegi, etcétera, etcétera).

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