Hace muchos años leí en las páginas de Fangoria, revista especializada en cine de terror, una columna del guionista y escritor David J. Schow, responsable de los guiones de The Crow y de algunas de las secuelas de éxitos ochenteros del género en aquel momento. En ella se mofaba de quienes desde la cumbre de la moral más decente exigían al cine, especialmente al cine más pasado de vueltas, que rebajara su contenido violento. No hay relación significativa entre el cine violento y la violencia real, pero esa cantinela la llevan escuchando en Estados Unidos desde la cruzada moral de los años cincuenta del pasado siglo que acabó derribando a la editorial EC Comics. En su columna, Schow alegaba que aquellas constantes peticiones no se tenían con los programas de noticias en los que se emitía violencia real. No recuerdo exactamente  las palabras, no tengo la revista en casa y no puedo salir, ya me entienden, pero venía a decir algo así: «En las noticias de las tres, un solemne presentador avisa de que a continuación van a emitir unas imágenes durísimas no aptas para personas sensibles o menores de edad. Dado que son imágenes muy fuertes y violentas, está bien que adviertan de su dureza, pues así puedes no querer verlas a las cuatro, a las cinco, a las seis, a las siete…»

El 22 de enero de 1987, el político republicano y tesorero del estado de Pensilvania Bud Dwyer convocó una conferencia de prensa para defenderse de las acusaciones de corrupción que le habían llevado a juicio. La sentencia se iba a conocer el día siguiente. Al final de la conferencia, Dwyer entregó tres sobres a sendos colaboradores, abrió un cuarto sobre del que extrajo un .357 Magnum, introdujo el cañón en su boca y el resto es Historia.

A la conferencia acudieron varios medios locales que grabaron el suicidio en directo. En pocas horas tuvieron que tomar la decisión de si emitían las imágenes en su totalidad en las noticias de las ocho, si no las emitían o si emitían solo un fragmento. Para gustos hay colores, y cada medio obró como le pareció oportuno, lo que convirtió el momento en debate periodístico en las facultades y carnaza para documentales conspiracionistas.

Siempre ha habido gente sedienta de sangre real en las pantallas y gente dispuesta a ofrecerla. No sé hasta qué punto esto puede ser de alguna forma positivo más allá del interés de algunos. La insistencia en que se muestren hospitales llenos de moribundos, residencias de agonizantes ancianos o improvisadas morgues en pabellones llenos de ataúdes de víctimas de la pandemia que estamos viviendo, tiene una finalidad política. Todos somos conscientes de lo que está pasando. Todos conocemos a alguien que está pasando la enfermedad, o la ha pasado, o ha fallecido debido a las complicaciones derivadas de ella. Las calles están desiertas. Los supermercados de todo el país presentan colas de personas separadas algo más de un metro entre sí. Vivimos rodeados de un silencio de velatorio, nos bombardean las veinticuatro horas del día con cifras difícilmente digeribles. La insistencia en grabar en lugares donde por simple higiene con la que está cayendo no se debería permitir grabar, sirve para alimentar la tensión y el malestar, para hundir un palo sucio en las heridas abiertas, para causar dolor y consiguiente enfado.

Es una estrategia obscena, y ya hay algún medio que ha decidido sacar en portada filas de ataúdes no sé si llenos o por llenar. No son las primeras imágenes del Palacio de Hielo convertido en morgue que vemos, pero sí es la primera vez que esa imagen no aporta ninguna información, dado que no es algo nuevo y que solo ilustra algo que ya sabíamos todos y que las autoridades se encargaron de comunicar. Pero el objetivo se cumple así, político y mediático, para sobrecogimiento de las almas y vergüenza de pecadores gobiernos, a petición de un partido político, lo que equivale a pisotear cadáveres y arrastrarlos por una montaña de basura. Héroes de plexiglás volverán del frente del morbo sonriendo con sangre entre los dientes, orgullosos no sé muy bien de qué, intentando convencer al españolito que vive acongojado en su casa estas semanas de que su gesta bien vale aprobación, pues tenemos derecho a saber, y saber es ver fotos, y más nos vale ver la verdad con nuestros propios ojos, más nos vale oler la sangre, sentir el salpicón. Y hay que plañir, que se note lo mucho que lo sientes para que no te señalen. Es indecente. Pero no me escandalizo. Solo es el mensaje político que puedes no querer ver a las dos, a las tres. A cualquier hora del día. 

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