Redacción

En el curso segundo de Historia en el Campus del Milán de Oviedo, el profesor de Prehistoria entró en el aula el primer día de clase, se sentó ante nosotros, se presentó y, a cara de perro, espetó que no admitiría opinión alguna acerca de la materia que iba a impartir. Adujo que el que sabía era él y que estaba harto de escuchar sandeces y que, a lo sumo, permitiría dudas y preguntas, siempre que no fueran propias de alumnos de Infantil.

Esta pandemia del COVID-19 me ha recordado a este profesor. Imagino hallarme en un aula con tres mil millones de compañeros, muchos de ellos opinando del virus. Unos acreditan que lo desencadenó China como estrategia para dominar el mundo; otros matizan que estamos en la Tercera Guerra Mundial, asimismo iniciada por los chinos, que va a acabar con el liderato de EE.UU.; en una esquina, el portavoz de un conjunto apiñado se desgañita para que nos enteremos de que Xi Jinping informó previamente a Putin, que dio su consentimiento, de la estrategia que concluiría con el control geopolítico de ambas naciones; unos cuartos mencionan el petróleo; un quinto pelotón, ya aturdido, se relapsa de sus convicciones anti conspiratorias. Pronto los gritos salen del dintorno y la Tierra es puro ruido.

La diferencia que hay entre las opiniones en un aula de una facultad universitaria y las de un aula de tantos millones está en que las últimas dan veloces vueltas alrededor del globo terráqueo, infectando de veracidad al creyente populus. O sea, que han pasado la prueba de la observación minuciosa de un fenómeno, la propuesta de hipótesis para el mismo y el uso de las herramientas técnicas para verificar si alguno de los postulados propuestos explica, científicamente, la causa del fenómeno detectado.

Las teorías conspiratorias fascinan. A veces se descubre que hubo algún caso que dio positivo. Pero solo a veces, porque son escasos. En esta misma columna no descarté hace semanas una posible negligencia en el laboratorio de biotecnología de Wuhan (solo como hipótesis, pues el laboratorio había sido advertido previamente por la comunidad científica internacional de la endeblez de sus medidas de seguridad; una hipótesis que no puedo validar y, por ello, se queda en hipótesis).

Por lo mismo, rechazo la conspiración porque las pruebas que se aportan son especulaciones, cuando no directamente falacias. Los vídeos que recibí en el móvil aseguraban, como uno de los avales de la trama china, que en Pekín no había contagiados. Y los hay, y muertos también, y no todos corresponden a importados del extranjero en los últimos días. Que la pandemia apenas haya salido de la provincia de Hubei se explica por el manu miliari.

En quinto curso de Historia, en la asignatura de Historia Universal Actual, se desató la polémica en torno a la llegada a la Luna del módulo Águila del Apolo 11. El profesor y casi todos mis compañeros aseguraron que el alunizaje (aterrizaje para Sánchez Ferlosio) fue un montaje. Sigue en mi memoria uno de los argumentos de los negacionistas: que la bandera que hincaron Armstrong y Aldrin ondeaba, señal inequívoca de la farsa, puesto que en el satélite no hay atmósfera. Lo que sucedió es que la bandera yanqui estaba arrugada cuando la colocaron, dando la sensación de ser azotada por el viento. 

Yo expuse dos argumentos en favor del alunizaje. Uno, de Gustavo Bueno; el otro, de reflexión propia, muy obvia por lo demás:

1) En una de las lecciones que Bueno nos impartía los lunes en la Fundación GB, el maestro, y no sé en estos momentos cómo surgió la cuestión, nos señaló que, de haber sido un engaño de Washington, algunas de las miles de personas que habían participado en este extraordinario viaje desde distintos lugares del mundo, incluido España, lo habrían destapado, y muy gustosamente la Unión Soviética, que mantenía una lucha enconada con los estadounidenses en la carrera espacial, dentro del contexto de la Guerra Fría. De hecho, el diario oficial del PCUS, Pravda, no dio la noticia.

2) El segundo argumento que di fue que no solo el Apolo 11 había llegado a nuestro satélite, también el 12 (el 13 no: «Houston, tenemos un problema»), el 14, el 15, el 16 y el 17. En total, doce hombres habían caminado por la Luna entre 1969 y 1972 y habían dejado sus huellas, como la famosísima bota de Aldrin o las rodadas de los vehículos.

Nuestras palabras no hicieron mella en mis compañeros negacionistas, pero lo que más me alarmó fue que el profesor no cambió de postura. De esto hace ya doce años. Tras unos minutos de reflexión, acabé por comprender: desde hacía una treintena de años, sobremanera en las facultades de Ciencias Sociales y Humanidades, la decadencia del saber del profesorado y del alumnado era palpable, y hoy presenta, excepciones aparte, una línea plana en el electroencefalograma.

Regreso al coronavirus. Introducir en la ecuación de la conjura el petróleo es jugar con las cartas marcadas, no en balde el crudo es a la sociedad del consumo lo que la caza, la pesca y la recolección de frutos fue a la sociedad pre agrícola, la que durante más de dos millones de años mantuvo una simbiosis con el medio. Por consiguiente, los combustibles fósiles estarán siempre orbitando en cualesquiera de las crisis, entre ellas, la Guerra del Golfo, sin que esta o el coronavirus hayan sido el detonante.

De hecho, en uno de los vídeos caseros que vi, el autor, cuan catedrático, señalaba en un mapa a Arabia Saudí, objetivo de Moscú en su pulso por la primacía universal de los carburantes. Lo que no sabía el catedrático en pijama, quizá lo ocultó para que su teoría se ajustase a su realidad, era que Rusia y Arabia habían decidido producir menos petróleo para que el precio del barril dejase de desplomarse.

Cabe, no obstante, que me pregunte: aún sin pruebas fehacientes en contra, ¿cómo puedo yo descartar que esté habiendo una conjura de China, o de China y Rusia, contra EE.UU., la UE, la superpoblación o lo que sea que pretendan? Desde luego, si esta fuese la cuestión, me callaría y esperaría. Esperaría, por ejemplo, a que los servicios de inteligencia de los países atacados desvelasen la conjura, porque, de haber sido introducido el coronavirus adrede, no lo sabrían en el futuro, lo sabrían en el presente, y, entonces, sobraría el «esperaría» que escribí cinco líneas atrás.

Pero esta no es la cuestión. La cuestión está en las opiniones que se vierten según vienen, conforme a estructuras mentales vulgares, que atraen al vulgo. Este comportamiento entra de lleno en la idiotez, que aquí le damos el sentido de «iletrado». El idiota es el que «no lee» lo que tiene que leer, lo sustancial de cada rama del conocimiento que expone y donde las opiniones no son bienvenidas.

La necedad es lo corriente. Estamos atravesados por lo corriente, lo común. Los comunes son los transmisores de la hablilla en sí y por sí, la que se desentiende de lo sólido. Lo sólido resulta de un negativo fotográfico que se positiviza.

Salvo quien esté en condiciones de desmentirlo con su propio esfuerzo intelectual, el hombre es un erial mental y un frondoso bosque de alcornoques que se empujan los unos a los otros para recibir la mayor cantidad de luz de nuestra estrella para crecer en atrevimiento y notoriedad, ridícula notoriedad, que la ridiculez ha reemplazado a la sapiencia, más bien la ha arrollado, y, entre ambas, todavía resisten los prudentes, los que saben callarse cuando saben que no saben y hablan cuando saben que saben.

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Las opiniones y los idiotas