Lo que no hay que razonar después del coronavirus


Redacción

Me tocó lidiar con bancos e hipoteca en los años noventa. Fue la época en que el interés de un préstamo para vivienda andaba por el dieciséis por ciento y luego empezó a caer como los desconchados de una casa vieja hasta el dos por ciento. Fueron años de renegociar la hipoteca hacia un interés más bajo, tantear bancos y decidir entre ofertas. En los bancos te hablaban de intereses pendientes, capital amortizado, Míbor más uno y cosas así. Y no te fiabas porque quien te informaba en realidad te enmarañaba. Así que yo tenía una frase constante e indeformable que repetía tras cada bloque informativo: ¿cuánto al mes durante cuánto tiempo? No me importaba en concepto de qué ni con qué referencia más cuánto. En ciencia se llama a esto caja negra. La caja negra en la ciencia es como el domingo en la Creación. Igual que Dios descansó al séptimo día, los científicos también descansan de analizarlo todo y convienen en poner límites a las explicaciones cuando seguir explicando añade confusión sin beneficio. A lo que no quieren explicar lo llaman caja negra, y en la vida corriente lo hacemos muchas veces. A imagen y semejanza del Creador, también nos cansamos de explicaciones; por ejemplo en un banco, cuando no quieres que te expliquen nada más que cuánto al mes y durante cuánto tiempo. No razonar es un vicio feo que conduce al sectarismo, pero razonar sin saber parar puede llevar al extravío. Para la mayoría, el después del coronavirus es una tierra desconocida, como los confines del mundo para los terraplanistas. Pero el sistema no se detuvo. Cuando se levante el telón, la mayoría estaremos confusos y habrá una minoría que quiera confundirnos más. Tendremos que poner cajas negras y detener el razonamiento para que no enmarañen nuestras certezas.

El neoliberalismo sembrará su credo esperando que en la confusión germine más vigoroso. Tuvimos un anticipo, más interesante por lo que tiene de ejemplo que por su calidad, en un artículo de Cayetana Álvarez de Toledo, La Que Nunca Perdonará a Carmena. Lo más llamativo del artículo es que critique que Sánchez defienda una actuación europea que nos beneficie. Parece un remedo de la necedad con que Aznar llamaba pedigüeño a Felipe González cuando negociaba para España los fondos de cohesión de la UE. Pero no lo es, o no es lo principal. Dice que España no tiene un derecho natural a ser ayudada, tiene que responsabilizarse de sus cosas y ponerse en pie por sí misma sin esperar siempre caridad exterior. Esto es algo más que oposición boba. Esto ya es virus neoliberal buscando alveolos pulmonares donde asentarse. El neoliberalismo es un padre severo para los de abajo y un hippie libertario para los de arriba. Para envolver la desigualdad y la desprotección de la mayoría en una apariencia ética, predica (para los de abajo) responsabilidad. Cada uno es responsable de lo que le pasa (si no tienes jubilación es que no ahorraste) y no tiene derecho a que los demás carguen con él. El mismo neoliberalismo, cuando habla hacia los de arriba, deja de ser un padre ceñudo y se hace un ácrata idealista. Es cuando repite esa palabra que nunca usa para los de abajo: libertad; que siempre equivale a desregulación y jungla.

Cayetana dice que España no puede pretender ser el Gran Acreedor a quien siempre se le debe algo y nunca tiene responsabilidad. Solo dice del país entero lo que su ideología dice, desde la oligarquía y como padre severo, de cada uno de nosotros: no tienes derecho a protección, como si fueras un acreedor al que los demás debemos algo. La solidaridad es un «callejón populista» y la asistencia pública una sopa boba que sustituye a la responsabilidad. Y aquí es donde hay que poner cajas negras. Se argumentó ya muchas veces por qué en una sociedad cada uno tiene una responsabilidad con el bienestar y protección del conjunto. Pero en el panorama que se abrirá cuando se levante el telón del coronavirus no conviene que el neoliberalismo nos arrastre a razonar lo que ya está claro y quieren enmarañar. Quien se quede sin trabajo, quien tenga que cerrar su pequeño negocio, quien no pueda pagar su vivienda, quien no pueda atender en su casa los mínimos vitales debe exigir protección y asistencia. Y lo debe exigir sin razonar ni atender a razones. Y no porque no las haya, sino por no seguir el juego a quien quiere enmarañar lo meridiano. Cualquier pacto de reconstrucción nacional debe partir de un supuesto: no se exige a nadie ningún sacrificio si no se exige a todos; ni clases bajas ni clases medias deben aceptar ningún sacrificio si no se especifica cuál va a ser el sacrificio de los ricos, las grandes empresas o la banca, cómo se hará que tributen grandes fortunas y cómo se eliminarán los privilegios de la Iglesia. Los neoliberales querrán enmarañar con la necesidad de que los de abajo paguen la crisis y que los que tienen dinero lo sigan teniendo para invertir. Debemos interiorizar una réplica mecánica: solo se puede pedir sacrificio a la población si se especifica el sacrificio de las élites; las demás consideraciones serán una caja negra.

Otras cajas negras deben afectar a la consideración de la UE. Los cerditos de Europa, en inglés PIGS (Portugal, Italy, Greece, Spain), así nos llaman ciertas derechas cuando están de buen humor, tienen que hacer sus deberes con su deuda que tanto pesa. Pero los cerditos están financiando al norte con tejemanejes financieros. Luxemburgo, Holanda e Irlanda son una aspiradora fiscal que se lleva a su paraíso lo que debía ser tributado aquí. El interés que los países pagan por su deuda se fija sin tener en cuenta la deuda privada, mucho mayor en el norte, como si la deuda privada no fuera parte del endeudamiento del país y su riesgo no afectara a su solvencia (que nos lo digan a nosotros). Con esa trampa, los cerditos pagan su deuda soberana con un interés más alto que sus endeudados amigos del norte. Con los países pasa como con los individuos: parece que los de arriba mantienen a los de abajo, pero en muchos sentidos es al revés. Digan lo que digan los neoliberales de alto nivel, o de andar por casa como Álvarez de Toledo, el Gobierno español sí debe exigir que Europa responda a los destrozos económicos del coronavirus. Sí nos lo deben, el sur está financiando al norte por varias vías. Un neoliberal no puede entender esto y nosotros debemos poner la caja negra a la discusión: la UE debe emitir deuda para esta emergencia.

Y habrá que poner cajas negras en la afirmación de ciertos principios en los que la agitación ultra quiere hacer mella aprovechando los vaivenes anímicos del momento. Uno tiene que ver con el prejuicio xenófobo. El momento es propicio para hacer embutidos con alemanes, holandeses o chinos y a ello se aplica Trump. La regla es simple: si prevalece la consideración del grupo sobre la consideración de los individuos, estamos prejuzgando y rozando la xenofobia. Y en estos momentos estamos enmarañando. No razonemos más, pongamos una caja negra: los holandeses no son su Gobierno. El otro principio que se debe confirmar es el crédito que se debe dar a la ciencia frente al oscurantismo del que se nutre el discurso ultra. No es broma decir que es científicamente verdadero aquello que los científicos dicen que es verdadero. Para determinar cuáles son las certezas compartidas por los científicos se hacen instituciones y organismos, donde se contrastan y confirman datos y supuestos. Trump, como las paraciencias, quiere utilizar las limitaciones del conocimiento racional para sembrar dudas y desconfianzas y asentar como igualmente plausibles sus memeces y los datos y directrices de la OMS. Sus lameculos locales no tardarán en seguirle el discurso. No olvidemos que Casado inició su contribución a la emergencia nacional acusando a Sánchez de parapetarse en la ciencia. Nueva caja negra. En este momento, los discursos que desafían a la ciencia son nidos de bulos. Sin enredar más.

El sentido de las cajas negras en momentos tan alterados debe entenderse como el establecimiento de límites. Y en asuntos sociales, el límite es antesala de lucha. Trato de decir que el tiempo que venga tras el coronavirus será tiempo de lucha o de claudicación.

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