A. Introducción.

La Biología (del griego bios, vida, y logos, palabra, que a su vez da -logía, estudio, tratado) es una ciencia de primer orden en tanto en cuanto se basta a sí misma para ser una disciplina autónoma, sin necesidad de acudir a otras ciencias, en contraposición, por ejemplo, a la Historia, que, para desarrollarse, recurre a la Arqueología, la Epigrafía, la Lingüística, el Arte, etcétera. Esto significa que la Biología posee las herramientas suficientes para operar, mientras que la ciencia histórica, digamos de segundo orden, carece de una caja de herramientas completa para escribirse con solvencia.

La célula es el objetivo primero de la Biología, la que separa a esta de la Química, que se asienta en las moléculas. La célula es un conjunto molecular que coopera con la precisión de una orquesta para replicarse. Esta función vital es realizada en su mayor parte por los cromosomas, del griego chroma, color, y soma, cuerpo (los humanos tenemos 23 pares de cromosomas; en el 2 hay un cromosoma resultante de la fusión de dos pequeños, que mantienen separados los chimpancés, y esta fusión fue clave en el surgimiento de la rama evolutiva que condujo a nosotros). Los cromosomas, compuestos de ADN (ácido desoxirribonucleico) y proteínas, contienen los genes, que son segmentos de ese ADN, donde se halla la información de la que surgirá un nuevo ser.

Los genes, adheridos a cada una de las dos cadenas, o cordones, de los cromosomas (la doble hélice, identificada en 1953 por Watson y Crick; lectura: La doble hélice, James Watson, Alianza, Madrid, 2000, 206 páginas), portan los nucleótidos o bases nitrogenadas (adenina, timina, citosina y guanina), que se entrelazan entre sí: A con T y C con G. Nunca A con C y G y tampoco T con C y G. De los genes se obtiene el genotipo (constitución genética) y el fenotipo (características físicas). Las mutaciones, sobre las que actúa la evolución darwiniana por selección natural, pueden generar nuevas especies, géneros, familias...

Moléculas de azúcar, fosfato y carbono completan el andamiaje del ADN y los fundamentos cromosómicos de la herencia, que inició en 1856 Gregor Mendel al cruzar guisantes. Resaltar que el carbono es el único elemento capaz de construir las moléculas de la vida, por eso la Química se divide en inorgánica y orgánica, y esta última trata de los enlaces de carbono.

B. Taxonomía.

La especie, como Homo sapiens, es el último peldaño de la taxonomía o clasificación, excepto cuando una especie es susceptible de dividirse en dos subespecies.

Los biólogos no han acordado una clasificación única de todos los organismos actuales o extinguidos, que descienden de un antepasado común de hace cerca de 4.000 millones de años. Nosotros seguiremos la de Colin Tudge (La variedad de la vida. Historia de todas las criaturas de la Tierra, Crítica, Barcelona, 2001, 701 páginas).

Encabeza el esquema taxonómico el dominio, con tres:

1)   Archaea (arqueas). Son procariotas, del griego pro, antes, y karyon, núcleo. Es decir, no tienen núcleo, y la razón de ello es su antigüedad, su pronta aparición, en el Precámbrico (4.800-543 millones de años BP), tiempo geológico en el que abundaban en los mares. Su variedad es enorme, incluso las hay que carecen de pared celular; otras forman colonias, y hay un grupo, los quimioautótrofos, que obtienen la energía del azufre, del hierro ferroso, del monóxido de carbono.

2)   Bacteria (bacterias). Como las arqueas, son unicelulares y procariotas: su contenido genético se encuentra disperso por toda la célula, solo protegida del exterior por una envoltura. Con todo, las bacterias, y las arqueas, baten todos los registros de supervivencia y población, en buena medida porque no utilizan el sexo para reproducirse, sino la simple división o la expulsión de hebras genéticas. Al igual que las arqueas, las bacterias presentan una gran diversidad y se reproducen fácil y rápidamente; una en concreto, la Escherichia coli, que es la popular E. coli, en condiciones ideales, se replica en tan solo veinte minutos. Asimismo, las hay viviendo en medios muy ácidos, de salinidad extrema y de temperaturas que superan los 80 grados centígrados.

3)   Eucarya (eucariotas). El término eucariota viene del griego eu, verdadero, y karyon, núcleo. Con el núcleo protegido por membranas, la evolución dio un paso de gigante. Este paso se produjo cuando una célula procariota engulló a otra, o se beneficiaron mutuamente (simbiosis), creando el primer eucariota (núcleo, mitocondria, cloroplasto). Los eucariotas reúnen a todas las formas de vida, presente y pasada, salvo arqueas y bacterias. A un eucariota unicelular se le puede denominar protista, en lenguaje coloquial, siempre teniendo presente que un protista es microscópico, puesto que otros eucariotas son visibles, y grandes, y muy grandes (algas, hongos, plantas, animales). El Paracoccus es una proteobacteria candidata a bisabuela de las mitocondrias, las estructuras que producen la energía de las complejas células eucariotas, que contienen además, entre otros muchos elementos, un citoesqueleto.

Después del dominio viene el reino (no nos detendremos en el filo, tipo, clase, orden, familia, género y especie). Hay, cuando menos, una veintena de reinos. Algas rojas, algas pardas, hongos, plantas (incluye las algas verdes) y animales son cinco de ellos. Hongos, plantas y animales tuvieron un antepasado común, hace, quizá, unos 1.100 millones de años. Hongos y animales están genéticamente más emparentados entre sí que ellos con las plantas.

C. Virus.

Los virus no tienen encaje en el esquema que acabamos de presentar porque no son células, no pueden nutrirse y reproducirse por sí mismos (parásitos). Muchos no cuentan con ADN, solo con la molécula de ARN (ácido ribonucleico). El ARN sustituye el nucleótido timina por uracilo, manteniendo la adenina, citosina y guanina. En la célula compleja eucariota, el ARN tiene una función añadida fundamental, sintetiza las proteínas a partir de veinte aminoácidos, siguiendo las instrucciones del ADN.

Cabe decir, si se nos permite, que los virus son y no son, que están vivos y que están muertos, que entran en los círculos de categorías de la Química y de la Biología. Desde luego, cuentan con el antepasado primigenio (o antepasados) de los tres dominios, pero, probablemente, se desgajaron pronto de algunos, o de muchos de ellos, como moléculas simples sin dejar rastro filogenético en cuanto a su estructura, y los genes que portan los toman de las células que colonizan.

Es precisamente en la colonización de las células donde los virus causan daños, aunque no siempre: a veces se incorporan al genoma del núcleo celular y la presión ambiental puede dar ventajas al organismo.

El COVID-19 es un miembro de la familia de los coronavirus, que recibe este nombre porque las terminaciones de los flagelos que sales del cuerpo central y penetran en las células invadidas tienen forma de corona. Al menos cuatro integrantes de esta familia solo llegan a causar molestias tipo resfriado. Pero otros, como el SARS y el COVID-19, propenden a dificultar la función pulmonar y a coadyuvar infecciones (bacterias) que son mortales en potencia.

La presente pandemia del coronavirus que salió de Wuhan está dando unos porcentajes de mortalidad que no se habían previsto. Del 3,7 por ciento calculado, en España roza el 11. El envejecimiento de la población, y la tardía reacción estatal y autonómica, y la cadena de errores cometidos y que continúan cometiéndose, que desbordan el sistema sanitario, explica esta tasa tan elevada, pero no del todo.

Serán la facilidad del contagio, la carga viral y los espacios concurridos quienes completen la explicación. O no, a la espera de que se confirme su presencia en el aire por tiempo no computado y otros secretos que guarde este coronavirus, que ya ha puesto al Mundo patas arriba.

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