Las cosas gordas hay que atreverse a decirlas ya desde el principio. Cuentan algunas crónicas antiguas que Catón el Viejo finalizaba sus discursos en el Senado de Roma con «Carthago delenda est» (Cartago debe ser destruida). Lo repitió durante unos cuatro años, hasta que el joven Escipión Emiliano derrotó a Asdrúbal en el 146 a.C. y dejó la ciudad más devastada que Nagasaki tras la bomba atómica del 9 de agosto de 1945, que emitió una energía equivalente a 22 kilotones (22.000 toneladas de TNT). En Cartago, al contrario que en Nagasaki, apenas quedó una piedra sobre otra piedra. Los romanos también segaron más vidas. Todavía contando con las personas que perecieron de cáncer sobrepasado 1950, las estimaciones rondan los 200.000 fallecidos. Los cartagineses masacrados superaron el cuarto de millón, aparte de los aproximadamente 60.000 esclavizados y el final de un imperio que introdujo en Iberia elementos culturales sobresalientes de Oriente.

De la ignorancia de la palabra escrita de los clásicos que abastecieron de ciencia y filosofía y, muy especial y extraordinariamente, de ideales éticos y morales políticos y ciudadanos, el Mediterráneo, primero, y luego las tierras de las numerosísimas tribus germanas (hoy dominadoras del Mundo: Capitalismo), nace, de esa ignorancia, la inacción ante las cosas gordas ya desde el principio. El coronavirus que llegó a Occidente del Oriente lejano fue etiquetado como cosa flaca, «simple gripe». Pero lo que este virus está dejando cegadoramente claro son dos realidades gordas que se corresponden con las dos áreas geográficas referidas: la mediterránea y la germánica.

A. Mediterráneos. No siendo aconsejable detallar a poca altura las dos áreas para que esta columna sea columna y no opúsculo, señalaremos que los países europeos en contacto con el mar Mediterráneo han estado entre dos y tres meses escenificando el verbo valleinclanesco, entretanto los cadáveres se iban apilando en las morgues. Tiempo y muertos después, las autoridades desautorizadas llegan a la vislumbre del finis operantis (lo que se propone hacer, que se materializará o permanecerá en el limbo de la metafísica) y, peor que mejor, nos han conducido al presente del finis operis (lo hecho, la materia transformada por manos guiadas por la voluntad práctica).

Desde el remoto pasado, unos 8.000 años atrás, la cuenca mediterránea fue el crisol del desarrollo de las capacidades humanas que irradiaron el globo terráqueo. El escenario cambió en el siglo XVII de la mano del progresivo hundimiento del Imperio español. Ese escenario pasó del mar Mediterráneo al océano Atlántico y sus naciones ribereñas del norte, a partir de la línea que conecta Inglaterra con Holanda. El mejor estudio de este proceso es la obra del historiador francés Fernand Braudel (de la mítica escuela de Los Anales, fundada por Marc Bloch, fusilado por los nazis, y Lucien Febvre, que dieron a la disciplina histórica un enfoque totalizador, en el que el historiador tenía que ser, además de historiador, geógrafo, sociólogo, antropólogo, economista); el ensayo de Braudel lleva por título El Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II (Fondo de Cultura Económica, México, 1953, 2 tomos, 1.306 páginas).

Así pues, vayamos al segundo bloque, el de los germanos atlánticos y continentales, que recogen la antorcha de los mediterráneos en caída libre.

B. Germanos. Una vez que en el siglo XVI Dios, cansado de descansar, les habló (a los germanos) y, según ellos, les anunció que, si la Iglesia de Roma se había reconvertido en una Fábrica de Moneda y Timbre, por qué no seguían ellos los mismos pasos, pero individualmente, una suerte de I+D+I personalizado, hecho a medida, que por algo estaban en la Edad Moderna, que Colón hacía años que había cerrado el libro de la Edad Media.

Lutero fue un poco mentirosillo al colar la pobreza como palabra de Dios. Ingleses y holandeses fueron los que antes se percataron del sentido del mensaje divino, una suerte de androginia económica, algo como «Acumulad riquezas a toda costa, que luego Me sentiré honrado y servido con la caridad cristiana que dispensaréis a mis otros hijos», en referencia a las víctimas del «a toda costa». Omitió el Señor que «los últimos serán los primeros». O eso afirman los protestantes.

Hay que sospechar de estos bárbaros civilizados por Roma. Tenían muy presente los dos cuadros de Leonardo, La Gioconda y San Juan Bautista, la mejor belleza andrógina jamás dibujada en un rostro, en unos labios, en una sonrisa que parece mueca, o mueca que parece sonrisa, que es hembra y macho (Lisa) y macho y hembra (Juan). La confusión en el Arte es susceptible de esparcirse a algo realmente existente: la Economía. Sin duda, es obligado sospechar de estos germanos.

Porque, ¿acaso se puede calificar de civilizada la gestión de Trump y los republicanos de la pandemia? Con millones y millones de enfermos y miles y miles de fallecidos, imposibles de cuantificar por su magnitud, el trabajo es bíblico («Te ganarás el pan con el sudor de tu frente, hasta que vuelvas a la misma tierra de la cual fuiste sacado. Porque polvo eres y al polvo volverás», Génesis 3:19). El trabajo no es ya prioritario sino principio y fin. Trabajo, pero trabajo ajeno (el «a toda costa») para el Capital y, en consecuencia, acortamiento precipitado para esos ajenos del proceso «polvo eres y al polvo volverás», un acortamiento desmesuradamente largo para este genio entre los genios que propuso recortar más inyectando desinfectante a los portadores del COVID-19 (finis operantis).

En su mayoría, los estadounidenses no siguen el Nuevo Testamento, donde Yahvé muda el nombre, Dios, y el carácter, vengativo en el Antiguo Testamento, bondadoso en el Nuevo. Consideramos crucial este enfoque porque cuadra con el ánima salvaje (solo en la acepción que indica crueldad) inherente a lo germano: anglos, sajones, jutos, normandos, vikingos, alamanes, etcétera, etcétera, que se han acogido desde el siglo XVI a la interpretación avara de las Sagradas Escrituras.

En Escandinavia, frene a la peste de 2020, optan por formas más «humanas», aunque sin obviar por completo la ética protestante, que diría Weber. Entre el Óder y el Rin, el espíritu capitalista (también Weber) está matizado por lo que calificaremos como «humanismo sanitario». En ambos casos, y marcando diferencias con las naciones mediterráneas (aquí, la insolidaridad de los norteños de la UE con los del sur, para quienes somos un lastre, unos inferiores), la pertenencia a una civilización europea grecorromana no hace del dinero un absoluto inviolable en períodos angustiosos.

El Reino Unido, que es el europeo más estadounidense, presenta unas anomalías de difícil explicación, por cuanto fue el fundador del capitalismo sangriento y de él partieron quienes fundaron las 13 primeras colonias gringas, y, contradictoriamente, toman medidas iguales a las de España, Italia y Francia. Quizá el que los que emigraron a América del Norte fuesen los más ultras («allá») de las sectas sacras que fueron surgiendo desde Enrique VIII. Quizá las huellas dejadas por Julio César y sus continuadores latinos hasta el siglo IV d.C. Quizá el haber pertenecido a la UE durante decenios. Quizá estos tres quizá, y otros que ahora se nos escapan, expliquen esta anomalía.

(Antes de pasar a un tercer grupo de pueblos que no figuran en A y en B, estamos obligados a justificar con pruebas el barbarismo que detectamos en los descendientes de las confederaciones de los germanos. Al lado del fenómeno religioso, fundamental, el proceso civilizador de los germanos, que se inició con Roma y fue fraguando hasta el presente, acumuló unas obras cumbres en Música, Filosofía, Lingüística, Ciencias, que desafortunadamente fueron, y son, esgrimidas como signos de su superioridad. El nacionalsocialismo fue el paradigma. No obstante, este sentimiento de «hombre finalizado», de «hombre insuperable», yace entre ellos, y lo exhiben cotidianamente de una y mil maneras. De ahí nuestro apelativo de «bárbaros». Esto se apreciará mejor con el anverso. Ostrogodos y visigodos, también germanos, siguieron otro camino, que los alejó de la concepción de súper hombres. Los ostrogodos acabaron integrados entre los itálicos y los francos, que abrazaron la silla de Pedro. Otro tanto hicieron los visigodos en España. Entonces, la absorción, in situ, de la instrucción romana, vía Grecia, y del catolicismo evaporaron la suficiencia de sus hermanos del norte. Somos conscientes de estar trazando líneas generales, porque el detalle no cabe aquí. Así, por ejemplo, surgen en el Mediterráneo conatos de engreimiento de raza, como el de los catalanes, de los que escribiremos más adelante. A la inversa, hombres como el escritor alemán Hermann Hesse, alentaron la concordia universal, o el paleontólogo y biólogo evolucionista estadounidense Stephen Jay Gould que, en su libro La falsa medida del hombre (Crítica, Barcelona, 1997, 399 páginas), denunció el retorno del racismo y su pretendido cientifismo.

C. Según la tesis que estamos proponiendo, hay singularidades que se resisten a encajar. Esto es así porque no aparecen en los mapas mediterráneo y germánico. No conviene desembarazarse de las singularidades porque están afectadas de algunos de los rasgos anotados en los apartados A y B (religión, cultura, producción), pero todavía menos conviene porque engarzan en A, y más en B, con el movimiento reaccionario del totalitarismo populista plus ultra («más allá», el mito de las Columnas de Hércules que flanqueaban el estrecho de Gibraltar, que no debía traspasarse en dirección a un Atlántico desconocido donde habitaban las bestias marinas; el Finisterre de Galicia, el final de la tierra, del latín finis y terrae). Populismo plus ultra en la derecha y en la izquierda políticas.

Bolsonaro es el ultra de referencia para el Mundo de la extrema derecha que contiene en B a Trump. Brasil está en preguerra, como EE.UU., entre los gobernadores regionales que anteponen el cuidado de los cuerpos a la rapiña de los terratenientes, oligarcas, especuladores, multinacionales, amparados por el presidente Bolsonaro. Nos sorprende que en Brasil y en el feudo de Trump todavía no haya habido matanzas.

En A, los ultras no son tan universales y se circunscriben, sobremanera, a España. En efecto, por un lado, constatamos a los ultras de izquierdas (el Podemos de Iglesias y Montero), afanados en implantar el régimen bolivariano, que no tendría mayor relevancia si no fuera porque el sanchismo, mendicante político, lo sostiene y, en concordancia, amenaza a la Prensa, o la compra. Asimismo, no duda en utilizar a la Guardia Civil (el desliz del general José Manuel Santiago, que comparece en el palacio de La Moncloa todas las mañanas) para intentar acallar a los críticos.

En el otro extremo, el de la derecha, el escenario es Cataluña, donde los filonazis, con el mejor prototipo que pudieran encontrar al frente, Torra, no tienen escrúpulos en ampararse en la desesperación vital ante una pandemia para hendir la bayoneta en las carnes del Estado: «Habría menos muertos si Cataluña fuese independiente». Cabe recordar que estos ultras han combatido el virus peor que en el resto del país (impidieron construir hospitales de campaña o utilizar los levantados, que la UME entrara en residencias de mayores) y ha sido la única comunidad que ha puesto por escrito el abandono de los ancianos en los hospitales. O sea, la pena de muerte.

Concluimos. Con menor o mayor carga viral, las autoridades se han desautorizado a sí mismas. Llega un momento en que se pierde la virginidad. Llega un momento en que la corrupción es el hábitat. Y, sin embargo, ¡oh, sin embargo!, ¿no será que las autoridades desautorizadas contemplan la realidad desde sus genitales?

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Coronavirus: finis operis, finis operantis