Este 1 de mayo es un buen momento para recordar las reivindicaciones que aspiran a una vida digna y un trabajo decente, con un largo recorrido cargado de persecuciones, cárcel, dolor, tortura y muerte, bajo acusaciones, a cargo de personas poderosas, ricas y su ejército de plañideras, holgazanas...

Es un buen momento para recordar las formas de explotación de la clase trabajadora, perfeccionadas, presentadas y asumidas como inevitables, e incluso necesarias.

Por eso hay que recordar que la clase trabajadora sigue existiendo, porque la explotación no ha desaparecido. Es más, esa explotación se ha despojado de la careta y se muestra en su más cruda realidad. Sólo hay que escapar del bombardeo constante de imágenes publicitarias, que nos alientan a un consumo infinito e insaciable, para reparar en las enormes grietas y las horribles cicatrices que esa explotación produce en nuestra vida cotidiana.

La corrupción se adueña de la economía y devora la política. El inmenso poder de corporaciones, capaces de burlar la justicia, incumplir sentencias, despreciar a las personas que trabajan en sus empresas, robar a pueblos enteros, mientras, al mismo tiempo, dona ingentes cantidades de productos a los bancos de alimentos y financia instituciones sanitarias predispuestas a cantar las bondades de sus productos.

La persecución a la que se somete a centenares de sindicalistas que se han atrevido a participar en huelgas contra los recortes brutales de los derechos laborales y sociales.

La incapacidad de asegurar  la calidad de la sanidad, de los servicios sociales, de la educación, de la atención a la dependencia, del derecho s una vivienda digna, a un trabajo decente, y un salario digno.

Cada vez que un paciente se ve relegado a una larga lista de espera. Cada vez que desaparece profesorado de una escuela pública, a causa de los recortes. Cada vez que una mujer anciana se ve imposibilitada para mantener un nivel digno de autonomía personal, porque ve recortada su ayuda a domicilio, o su grado de dependencia. Cada vez que quien no tiene recursos, ni puede acceder a un empleo, ni a una vivienda.

Cada vez que una persona que necesita un empleo, no lo encuentra, o recibe una oferta que no cubre sus más mínimas necesidades básicas. Cada vez que la juventud tiene que buscarse la vida fuera de nuestras fronteras, porque aquí es imposible labrarse un futuro. 

Cada vez que quien no tiene trabajo, ni salario, ve negado el acceso a unas rentas mínimas que aseguren su suficiencia económica, para atender sus necesidades familiares.

Cada vez que alguien muere en el trabajo, o a causa de enfermedades contraídas en el desempeño de unas tareas que no cuentan con las medidas de prevención adecuadas.

 Cada vez que alguien necesita una ayuda social y se topa con un muro infranqueable, legal pero injusto. Cada vez que quien huye de una guerra y se ve privado del derecho humano a encontrar refugio seguro, o que vuelve a morir una mujer a manos de su pareja.

Cada vez que estas cosas ocurren, el 1 de Mayo, es un buen momento para recordar que sólo la voluntad de ser y existir puede sacarnos de este atolladero. Que otra vida mejor es posible. Que estas maldiciones no son condenas ineludibles. Que sólo nuestro miedo, nuestra falta de unidad, permiten la pervivencia de la explotación. Y que el trabajo sindical, la organización de la solidaridad, son una de las mejores herramientas con las que contamos para poner fin y coto a tanto desmán.

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