La nueva normalidad

OPINIÓN

J.L Cereijido

01 may 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Feliz día a toda la clase trabajadora. Hoy celebramos el Primero de Mayo de una manera atípica por la crisis sanitaria del coronavirus. Las expectativas en materia laboral puestas en el Gobierno progresista y de izquierdas que dirige Pedro Sánchez a principio de año eran muy altas, entre otras cosas por el compromiso del PSOE y de Unidas Podemos de derogar la reforma laboral del PP para posteriormente aprobar una nueva regulación que promoviera el trabajo digno y de calidad. Este tema ni mucho menos ha dejado de estar en la agenda del Ejecutivo nacional, pero es obvio que la situación en la que estamos y la que nos tocará vivir requiere buscar un modelo que sea capaz de acoplarse a la nueva normalidad de la que se habla. Por ejemplo, ni los riders ni quienes teletrabajan están integrados y amparados en el actual marco legal y su previsible aumento no pueden quedar al margen de la ley.

En el campo laboral es evidente que habrá muchísimos cambios. La desescalada anunciada por el Gobierno nacional, de salir todo bien, nos situaría en el mejor de los casos casi en julio. El problema viene en que muchos empresarios hosteleros y comerciantes consideran que no pueden volver a su actividad a medio gas. Si se tiene que cumplir con nuevos criterios, como es la de limitar el aforo para garantizar el llamado distanciamiento social de 1,5 metros, está claro que no todos los locales comerciales cumplen, y por tanto es hoy una duda mayúscula en qué momento podrán los empleados regresar a sus puestos de trabajo con total seguridad para ellos y para sus clientes. No obstante me llama poderosamente la atención que multinacionales que facturan millones de euros al año sean (según dicen) incapaces de aguantar un mes sin actividad y que necesiten recurrir a imponer a sus trabajadores un ERTE. Sus propietarios están en su derecho de repartirse los beneficios y los dividendos como les apetezca, pero no estaría mal tener un mínimo de responsabilidad social corporativa si se tiene capacidad financiera suficiente para sostener y proteger a sus trabajadores (porque no han sido ellos los culpables de que no puedan acudir a sus puestos de trabajo). Es una denuncia que creo que debería remarcarse bien claro este 1 de mayo.

Hay y habrá muchas consecuencias, algunas dramáticas, de esta crisis: empresas que seguramente no vuelvan a abrir, negocios que tendrán muy complicado remontar por sí solos y trabajadores a los que les será muy difícil recolocarse en el mercado laboral ante la nueva normalidad. Esta semana leí un artículo que no me aportó nada nuevo a lo ya sabido pero sí me parece conveniente recalcar el mensaje: aquellas personas que hoy tenemos entre 30 y 40 años hemos vivido ya dos crisis que ha conllevado a que se nos tilde (con mucha razón) como ‘generación perdida’. No lo digo por mí concretamente, que afortunadamente tengo una excelente situación personal, pero soy consciente que mi entorno más próximo está estancado, sin oportunidades, sin una luz al final del túnel, sin poder emanciparse de sus padres, sin poder formar una familia con sus parejas y sin esperanzas de vivir mejor que sus progenitores. Las protestas del 15 de mayo de hace casi nueve años dieron la vuelta al mundo y consiguieron modificar el tablero político español con la entrada de nuevos partidos, pero el objetivo de romper con el bipartidismo conllevaba cambiar nuestras vidas y a mi juicio por ahora no ha logrado trasvasar la protesta ciudadana en la propuesta política, y sin irme más lejos en materia laboral es urgente acordar con los agentes sociales una nueva ley que proteja los intereses de la clase trabajadora.