Feliz día a toda la clase trabajadora. Hoy celebramos el Primero de Mayo de una manera atípica por la crisis sanitaria del coronavirus. Las expectativas en materia laboral puestas en el Gobierno progresista y de izquierdas que dirige Pedro Sánchez a principio de año eran muy altas, entre otras cosas por el compromiso del PSOE y de Unidas Podemos de derogar la reforma laboral del PP para posteriormente aprobar una nueva regulación que promoviera el trabajo digno y de calidad. Este tema ni mucho menos ha dejado de estar en la agenda del Ejecutivo nacional, pero es obvio que la situación en la que estamos y la que nos tocará vivir requiere buscar un modelo que sea capaz de acoplarse a la nueva normalidad de la que se habla. Por ejemplo, ni los riders ni quienes teletrabajan están integrados y amparados en el actual marco legal y su previsible aumento no pueden quedar al margen de la ley.

En el campo laboral es evidente que habrá muchísimos cambios. La desescalada anunciada por el Gobierno nacional, de salir todo bien, nos situaría en el mejor de los casos casi en julio. El problema viene en que muchos empresarios hosteleros y comerciantes consideran que no pueden volver a su actividad a medio gas. Si se tiene que cumplir con nuevos criterios, como es la de limitar el aforo para garantizar el llamado distanciamiento social de 1,5 metros, está claro que no todos los locales comerciales cumplen, y por tanto es hoy una duda mayúscula en qué momento podrán los empleados regresar a sus puestos de trabajo con total seguridad para ellos y para sus clientes. No obstante me llama poderosamente la atención que multinacionales que facturan millones de euros al año sean (según dicen) incapaces de aguantar un mes sin actividad y que necesiten recurrir a imponer a sus trabajadores un ERTE. Sus propietarios están en su derecho de repartirse los beneficios y los dividendos como les apetezca, pero no estaría mal tener un mínimo de responsabilidad social corporativa si se tiene capacidad financiera suficiente para sostener y proteger a sus trabajadores (porque no han sido ellos los culpables de que no puedan acudir a sus puestos de trabajo). Es una denuncia que creo que debería remarcarse bien claro este 1 de mayo.

Hay y habrá muchas consecuencias, algunas dramáticas, de esta crisis: empresas que seguramente no vuelvan a abrir, negocios que tendrán muy complicado remontar por sí solos y trabajadores a los que les será muy difícil recolocarse en el mercado laboral ante la nueva normalidad. Esta semana leí un artículo que no me aportó nada nuevo a lo ya sabido pero sí me parece conveniente recalcar el mensaje: aquellas personas que hoy tenemos entre 30 y 40 años hemos vivido ya dos crisis que ha conllevado a que se nos tilde (con mucha razón) como ‘generación perdida’. No lo digo por mí concretamente, que afortunadamente tengo una excelente situación personal, pero soy consciente que mi entorno más próximo está estancado, sin oportunidades, sin una luz al final del túnel, sin poder emanciparse de sus padres, sin poder formar una familia con sus parejas y sin esperanzas de vivir mejor que sus progenitores. Las protestas del 15 de mayo de hace casi nueve años dieron la vuelta al mundo y consiguieron modificar el tablero político español con la entrada de nuevos partidos, pero el objetivo de romper con el bipartidismo conllevaba cambiar nuestras vidas y a mi juicio por ahora no ha logrado trasvasar la protesta ciudadana en la propuesta política, y sin irme más lejos en materia laboral es urgente acordar con los agentes sociales una nueva ley que proteja los intereses de la clase trabajadora.

No son muy halagüeñas las actitudes que estamos viendo en el ámbito político, especialmente en el Partido Popular, que debería tener más altura de miras, más sentido de Estado y menos miedo a la ultraderecha de Vox. Ayuso lidera como responsable autonómica una constante confrontación con Pedro Sánchez que se hace cuanto menos insoportable (parece no servirle todas las reuniones mantenidas por el Presidente del Gobierno telemáticamente desde que se decretó el Estado de Alarma al requerirle ayer en el Senado verle en persona) y Cayetana Álvarez de Toledo sigue desde el Congreso imposibilitando un acuerdo para iniciar la comisión parlamentaria para un acuerdo de todos los partidos (espero que finalmente sea María Luisa Carcedo su presidenta). A escala regional vemos a Mallada y a Canteli a lo suyo, sin ninguna pretensión de dialogar ni de llegar a un acuerdo con nadie, y por tanto nos encontraremos en un bloqueo que no sé muy bien cómo se resolverá pero ojo porque Pedro Sánchez sigue sin nuevos presupuestos ni tiene garantías de disponer de los votos necesarios para continuar aprobando más prórrogas del Decreto del Estado de Alarma. Yo quiero agradecer el tono de los dirigentes del PSOE y de Unidas Podemos en todo el país, porque han demostrado tanto en los gobiernos como en la oposición que siempre han tendido la mano al entendimiento y a arrimar el hombro (ayer Illa dijo que no iba a criticar a las autonomías por los pedidos de mascarillas que no eran válidas después de tener que escuchar toda clase de críticas a su gestión. Mi aplauso para los dirigentes políticos que están trabajando sin descanso y dejándose la piel aunque nadie les quiera reconocer su trabajo, porque la moda está en desprestigiar e insultar a los políticos. Desgraciadamente la derecha contribuye a ese malestar ciudadano al no entender que estamos en el momento de la política en mayúsculas, del acuerdo, del consenso, de salir de esta situación todos juntos).

No sé si Alfonso Merlos ha conseguido algo con lo que se ha hablado de él últimamente pero en esta nueva normalidad que vivimos las videollamadas han venido para quedarse y hay que tener previsto cualquier detalle que pueda salir en imagen. Por cierto, con el abismal tráfico cibernético que estamos realizando creo que hay que felicitar a las operadoras telefónicas porque no ha habido ninguna caída de la red teniendo ordenadores, móviles y tablets conectados a las wifis a la vez. Ya queda menos para volver a vernos cara a cara y no a través de las pantallas. ¡Ánimo!

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La nueva normalidad