Se le escapan unas lágrimas en una misa por las víctimas del covid-19 y a los cinco días aparece repartiendo bocadillos, entre sonrisas, en la macrofiesta que organizó para celebrar el cierre del hospital de Ifema. Igual defiende el menú de pizza para los niños sin recursos, porque «les encanta», que llega tarde o se va antes de tiempo de las conferencias de presidentes para hacerse la foto con un avión o ir a misa. Porque la foto es clave en su política comunicativa. Populismo, desparpajo, propaganda y maniqueísmo forman el cóctel político de Isabel Díaz Ayuso en la crisis. De llevar la cuenta de Pecas, el perro de Esperanza Aguirre, ha pasado a ser una pieza fundamental en la estrategia del PP de enfrentamiento total con la coalición gubernamental. Las comparaciones con su maestra llaman la atención. Ayuso se dio a conocer por lo que se llamaron «ayusadas de IDA», declaraciones que provocaban hilaridad. Algo parecido le pasó a Aguirre cuando era objeto de burla en Caiga quien caiga y terminó siendo la dama de hierro de la derecha. Ayuso ha aprendido la lección. No le importa que la minusvaloren o menosprecien. Con su táctica, la mejor defensa es un buen ataque, pretende tapar los agujeros negros de la sanidad pública madrileña, gestionada por el PP desde el 2002, que ahora se han manifestado dramáticamente. Recortes, privatizaciones y precariedad laboral la han mermado, mientras Madrid mantiene los impuestos más bajos del país. La comunidad es uno de los epicentros mundiales de la pandemia, su tasa de muertos por millón de habitantes triplica a la del resto de España. El desastre en las residencias se salda por ahora con 6.000 ancianos muertos. No importa. De eso no quiere hablar. La culpa de todo es de Sánchez. Y de Iglesias, claro.

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El show de Ayuso