Redacción

En «Unidad de cuidados intensivos», cuento del escritor británico J. G. Ballard publicado en 1977, se nos presenta un futuro distópico en el que las relaciones personales de todo tipo se dan únicamente a través del televisor. El amor, el sexo, la relación con los hijos, todo, se hace a través de una pantalla. El protagonista decide dar un paso adelante y romper las normas del mundo donde vive y probar a estar cara a cara con su familia, poder tocarles, y las consecuencias de ello son aterradoras. En su momento ese texto me pareció un exceso y me resultó un poco difícil suspender la incredulidad ante lo que estaba leyendo, pero durante el confinamiento he pensado mucho en él.

La gente está manteniendo el contacto gracias a la tecnología. He mantenido videollamadas con mis hermanos, mi sobrino y mi padre, y también con amigos. No creo que pueda sustituir el estar cara a cara con ellos, con tener a alguien cerca a quien puedes tocar, pero desde luego es una ayuda en estos momentos difíciles, una ayuda que en la época en la que Ballard escribió su cuento no podíamos ni soñar. O, como él, solo podíamos soñar mal. 

En los medios he visto cómo se nos aconsejaba sobre cómo mantener sexo con otra persona en plena pandemia. Un canal de televisión dio puntos sobre qué hacer llegado el momento: toma precauciones y no tengas sexo esporádico con alguien de fuera de casa, golfo. En ese caso, lo mejor es el cibersexo. Un artículo leído muy por encima esta semana, no sé si recogiendo opiniones de expertos, aconsejaba no dar besos con lengua, lo que en una relación sexual equivale a meterla en un trozo de carne o lo que es peor, que te la metan como si fueras un trozo de carne, pero no recuerdo si aconsejaba no pasar la lengua por otros orificios de un cuerpo ajeno. 

En los tiempos de Tinder no se ha cumplido la profecía de Ballard. Puedes conocer a alguien por internet y quedar con esa persona para pasar la lengua por donde te deje.  La gente practica sexo, ciber o no, en diversos grados de suciedad, eso va en gustos. La gente sigue empezando relaciones en plena pandemia a través de las redes sociales, conozco algún caso, y veo poco probable que una vez puedan verse en persona no intercambien saliva o el fluido que toque llegado el momento. El cuento de Ballard comienza con una escena aterradora narrada con una frialdad espeluznante, pero hoy seguramente ver en persona a quien llevas dos meses conociendo por internet no va a acabar así.

¿Cómo serán las relaciones en la nueva normalidad? ¿Tendremos sexo como una pareja de aristócratas victorianos? Esto se parecería más a una inseminación que a otra cosa, así que dudo mucho que todo esto vaya a cambiar esencialmente. Supongo que las precauciones por el coronavirus se atenuarán poco a poco, y llegado el momento muchos valorarán las opciones y con total seguridad la preocupación por contraer una neumonía pasará a un segundo plano, que hay que estar a lo que hay que estar. 

Ballard no sabía cómo iba a ser el futuro, aunque resulte inquietante leer sus cuentos. Nuestros medios de comunicación tampoco lo saben aunque no vivan en 1977.  La tecnología, lejos de constituir un obstáculo para las relaciones personales, sexuales o no, está siendo una ayuda impagable durante el confinamiento. Una ayuda insustituible para quienes vivimos solos. Ya se me está haciendo bastante cuesta arriba esta soledad como para preocuparme por la intromisión de la tecnología en mi vida. Cuando todo esto termine, recuperaremos más o menos las relaciones que hasta ahora solo hemos podido mantener a través de una pantalla. Y desde luego, vamos a intercambiar fluidos. O algunos afortunados lo harán. No creo que España entera se convierta en Bilbao.

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Intercambio de fluidos