La abstención vergonzante del PP


Creo que ningún ciudadano con dos dedos de frente, vote a derechas o izquierdas, centro o extremos, puede entender la posición de Pablo Casado en el debate de la prórroga del estado de alarma. Ni su abstención vergonzante ni mucho menos el argumento utilizado, que no se compadece con la lógica. Trataré de explicarlo, antes de que sus corifeos habituales me encierren por desvarío.

Primero, el voto. El PP no es un partido más de los que pululan por el Parlamento. Gobernó el país durante muchos años y volverá a gobernar si sus dirigentes actuales no lo estrellan contra las rocas. Y en este dramático momento que vivimos, con el Titanic abierto en canal por el iceberg del virus y su capitán desbordado por la tragedia sanitaria y económica, el segundo de a bordo se abstiene. Casado utiliza su discurso para describir la catástrofe y responsabilizar al mando único del desastre, pero no lo culmina con la conclusión lógica: su voto en contra. El estado de alarma «ya no tiene sentido» y el «caos es usted» -Sánchez, claro-, pero ni fu ni fa: se abstiene. Aterrorizado ante la posibilidad de que el domingo se desencadenase el caos del que advertía Ábalos, seguro que sintió alivio al ver cómo otros -PNV y Ciudadanos- le quitaban de encima la losa de la responsabilidad.

En tal tesitura, justificar la inhibición -ni apoyo ni rechazo- resulta extremadamente difícil. Y el argumento para hacerlo acaba rayando el absurdo.

Quizá, tapada por el fragor de la retórica iracunda, pasó inadvertida una fugaz chispa de acuerdo entre los púgiles. Dijo Sánchez: «Todavía necesitamos limitaciones para garantizar la salud». Y dijo Casado: «Hay suficientes leyes para mantener el mando único y limitar la movilidad». O sea, ambos coinciden en la necesidad de mantener, durante la desescalada, la suspensión de algunos derechos. El estado de alarma «no tiene sentido», dice Casado, pero sí lo tiene impedir que el virus circule desaforado por todos los rincones del país. Los constitucionalistas sostienen que derechos fundamentales como la libertad de movimiento solo pueden restringirse previa declaración del estado de alarma, excepción o sitio. Casado, no sé si también algún otro jurista prominente, defiende lo contrario. Imaginemos que tiene razón y sigamos su hilo argumental.

El líder del PP enunció en su discurso una retahíla de leyes, reglamentos y convenios internacionales que, al decaer el estado de alarma, le permitirían a Sánchez mantener el mando único, confinar a la gente o limitar la movilidad. Hasta el reglamento de enfermedades infecciosas que citó puede impedirnos visitar las Ramblas o la Puerta de Alcalá. Y si el arsenal no es suficiente, añadió, el PP apoyará la reforma urgente de la ley que se necesite. Y así penetramos en el territorio del absurdo, un viaje que no precisaba de tantas alforjas. Porque, si no se trataba de restituirnos los derechos ni de quitarnos a Sánchez de en medio, ¿para qué sustituir un instrumento de probada eficacia por un cóctel legal de dudoso encaje en la Constitución?

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