Seguimos echando pestes


Faltos de espacio sobre el que esparcir más pestilencias, pestes, epidemias y pandemias, en un artículo reciente se nos quedó en el tintero una acepción de peste, que se usa en plural con el significado de ‘palabras de enojo o amenaza y execración’. Con ese sentido se emplea casi exclusivamente en las locuciones decir, hablar o echar pestes, que es como hablar mal de alguien o soltar juramentos, reniegos e imprecaciones.

La frase echar pestes es, según el académico Francisco Rodríguez Marín (1885-1943), una deformación de echar pésetes. De él son las notas de la edición del Quijote que La Lectura publicó en 1911. Escribe Cervantes en el capítulo 15: «Y despidiendo [Sancho] treinta ayes, y sesenta sospiros, y ciento y veinte pésetes y reniegos de quien allí le había traído, se levantó». A pie de página explica el cervantista: «De los carreteros dice Cervantes en El licenciado Vidriera que “si acaso les queda por sacar alguna rueda de algún atolladero, más se ayudan de dos pésetes que de tres mulas”. Bien que, según dijo Luis Barahona de Soto [1548-1595] en una de sus composiciones: “Echar pésetes, votos y un bufido / Ni engrandescen las fuerzas corporales / Ni un ánimo levantan abatido”. Hoy en Andalucía, estragada la palabra pésete, suelen decir echar pestes».

El sustantivo pésete ‘maldición’ se formó con te pese -presente aún en el dicho mal que te pese- cambiando la posición del pronombre, proceso similar al que fructificó en el pésame con el que hoy se muestra pesar por un óbito. El pese era en aquellos tiempos elemento clave de un reniego que unas veces era pese a mí y otras pese a tal, y que algunas más se deformaba en pesia, contracción de pese a, que está en el Diccionario desde 1803 como interjección para mostrar desazón o enfado. Cervantes lo puso dos veces en boca de Sancho («¡Ah, pesia tal -replicó Sancho-, señor nuestro amo!»; «¿No le he dicho que sí, pesia a mi linaje?»).

Quevedo confirma que ya en el siglo XVII se empleaba como hoy el pestes cuando pone en boca de un personaje de La hora de todos y la Fortuna con seso: «Si todo el infierno se hubiera conjurado contra la monarquía de los turcos, no hubiera pronunciado cuatro pestes más nefandas que las que acaba de proponer este perro morisco». Sin embargo, no volvemos a encontrarlo hasta un siglo después, en José Cadalso: «Hablando de los poetas ingleses dije con un célebre francés mil pestes del épico Milton».

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