La foto del coronavirus


Las grandes crisis realizan fotografías tan formidables como despiadadas. Retratan a las personas con un blanco y negro cruel. No fabrica ángeles ni demonios. Arroja luz sobre lo que ya existía previamente, aquello que permanecía más oculto en los pliegues del día a día, arrullado por el repiqueteo de la rutina. Revela las virtudes y los defectos. En estos nuevos tiempos el oportunista agudiza su ingenio para sacar tajada, el vago se recuesta más en su poltrona aprovechando el parón, el que vive en su burbuja finge que aquí no ha pasado nada, el que siempre rema suda más que nunca en galeras y el que reparte humanidad ensancha su mano mucho más allá de su entorno. La crisis del coronavirus deja millones de esfuerzos y gestos dedicados a salvar a otros o a hacerles la vida más llevadera. Pero también brinda sentidos homenajes al «sálvese quien pueda» más tribal y obsceno. Con el mercadeo inmoral de material sanitario en todo el planeta, con mandatarios de países apuñalando a socios que tenían a miles de ciudadanos muriéndose, y con cálculos políticos que juegan sin reparos con las cifras de los fallecidos y los contagiados.

¿Habremos aprendido algo, al margen de lo que la ciencia vaya desentrañando del propio virus? Esa es la pregunta del millón. El deseo es que seamos un poco mejores después de este zarpazo, de esta desgarradora lección. Lo que es seguro es que seremos seres humanos distintos en un mundo nuevo, pero todo indica que no quedaremos libres de nuestras miserias más arraigadas, esas que nos han seguido acompañando hasta en los días más oscuros. Y para que nos retraten todavía mejor, queda todavía la travesía del desierto económico. Porque en esta tragedia no acaba de bajarse el telón.

Comentarios

La foto del coronavirus