El riego del jardín económico


Veo a diversos economistas, algunos de postín, haciendo horas extras en las televisiones. Recalcan lo obvio: el tremendo estropicio causado por el virus. Pero son incapaces de evaluarlo y por eso barajan diversos escenarios, el peor y el más peor. Repasan el alfabeto, con mayor fruición que los académicos de la lengua, en busca de una letra que defina nuestro futuro. La V, caída a plomo y veloz recuperación, va siendo descartada a medida que avanza la crisis. Los más optimistas, en línea con el Gobierno, aspiran ahora a una V asimétrica: que la pelota rebote oblicuamente hacia la anunciada nueva normalidad. Otros apuestan por la U, con base más o menos ancha, dependiendo de la caligrafía de cada cual. Y los más catastrofistas sacan del bombo la L: nos arrastraremos indefinidamente por el fondo del socavón.

Solo observo una coincidencia entre los telepredicadores: casi todos, sin distinción entre liberales y keynesianos, sostienen que el Estado debe regar el jardín antes de que se marchiten las plantas. Lo mismo dijeron en el 2008 y, a medio camino, nos cambiaron la receta de los estímulos fiscales por la austeridad franciscana. Con el agravante, en esta ocasión, de que las acequias públicas están secas, hay que pedir prestada la manguera y el descalabro de las cuentas públicas está garantizado.

Llegado a este punto, apago la televisión y rebusco en la estantería la desternillante novela Desde el jardín, del polaco Jerzy Kosinski, llevada al cine con el título de Bienvenido, míster Chance. Las sentencias de su protagonista, un jardinero analfabeto y teleadicto llamado Gardiner, no arrojan más luz sobre el hoyo en que nos hallamos sumidos, pero su lectura resulta más gratificante. A la muerte de su patrón, un rico potentado de quien heredó trajes de marca y porte señorial, míster Chance salió a la calle y progresó a base de equívocos. Su autismo le proporcionaba apariencia de hombre reflexivo. Su laconismo se percibía como sabiduría. Sus chascarrillos de jardinero lo encumbraron como economista de prestigio y gurú de las finanzas. Así le explicó la crisis de Wall Street a un fascinado presidente de Estados Unidos: «En todo jardín hay una época de crecimiento. Existen la primavera y el verano, pero también el otoño y el invierno, a los que suceden nuevamente la primavera y el verano. Mientras no se hayan seccionado las raíces, todo está bien y seguirá estando bien». ¿Conoce el lector a algún sesudo catedrático que haya expuesto con palmaria sencillez y rigor la teoría de los ciclos y los «fundamentales» de la economía?

No dijo más. Quizá no sabía que, en economía, las estaciones suelen durar más de tres meses: la U tiene la base ancha. Tampoco advirtió que las plantas fulminadas por las heladas del invierno no resucitan. Generaciones enteras quedan en la cuneta, al igual que las hojas caídas en otoño. Algo que su creador, Jerzy Kosinski, sabía de sobra, como lo demostró al escribir, minutos antes de suicidarse con un cubata repleto de barbitúricos: «Me he ido a dormir por un rato mayor del habitual».

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