Feminismo y COVID-19


Redacción

«Se dice que las sirenas, vírgenes hijas de la Tierra, tienen cabeza de mujer, ojos relucientes cómo las gemas engarzadas en el mármol de las estatuas divinas, y cuerpos de pájaros con garras de rapaces. Su metamorfosis en mujeres-pájaros se pierde en la oscuridad del pasado». (María Corti, El canto de las sirenas)

Alma Malher, mujer excepcional, esposa de Gustav Malher, Walter Gropius y Franz Werfel,  supo -así lo escribió- que el hombre tiene que hacer de pavo real y que su primer esposo, Malher, fue un «solterón con miedo a las mujeres» (página 52 de Mi vida). María Bonaparte, última descendiente de Napoleón y que, gracias a sus dineros, salvó a Freud y a otros muchos judíos del nazismo, en su Diario escribió: «El hombre tiene miedo de la mujer». Por último Delphine Horvilleur, mujer, madre y rabino de Francia, escribió: «Lo femenino da miedo». 

Es que el miedo al sexo, tanto por hombres como por mujeres, y alentado por célibes clérigos con modelo de mujer madre y virgen, es causante de patológicos, neuróticos, histéricos (de hysteria o matriz) comportamientos. Unas construcciones mentales protectoras frente al miedo y alojadas en zonas muy oscuras, que pueden ser de un material más duro que el cemento armado;  no destruibles ni con potentes piquetas. Este párrafo debería leerse con extremo cuidado. 

En primer lugar, en el ir de un sexo (masculino o femenino) al otro, al contrario y al diferente, surge la genuina alteridad -lo otro-, fuente de miedos, para los hombres fundamentalmente, por el riesgo al fracaso e insoportable, no hay alteridad ni en la solitaria masturbación, ni, acaso, en las relaciones sexuales entre personas del mismo sexo): no hay alternativa, pues sólo es la mujer la que cuestiona al hombre y éste a la mujer. Será la mente, para escapar del miedo, la que suministre los menús apetitosos, protectores y encubridores de la verdad (las construcciones del párrafo anterior). 

En segundo lugar, Elisabeth Badinter en su libro XY de la identidad masculina, analiza la hostilidad masculina ante el movimiento emancipador de las mujeres, por la amenaza a los poderes masculinos e identidad por parte de las mujeres feministas. Fue el hombre, tratándose de defender, el que inventó los mitos de la Nueva Eva, lo del «atrofiado» clítoris, lo de la «Mujer sin atributos» (recuerdo del desquiciado R. Musil), lo de las mordedores «vaginas dentadas» a los falos penetradores. Pudiera ser que la realidad actual y muy triste de las violencias contra las mujeres y los feminicidios (muy activo y necesario el colectivo Me Too, sea manifestación de la impotencia y crisis de identidad de los varones: de los miedos antes referidos.

Ortega y Gasset, en la lección VI de ¿Qué es filosofía? escribe: «La feminidad no busca imponerse por derechura, como el hombre, sino pasivamente, atmosféricamente. La mujer actúa con un dulce y aparente no actuar». Tal planteamiento -las mujeres hacen viejo a Ortega- seguramente es rechazado por feministas radicales y por quienes niegan, en lo femenino, otro modo de hacer política, diferente, respecto a los varones  (el Poder tiene reglas o exigencias invariables a mujeres y hombres).

Habrá que esperar -aún es pronto- para saber si las mujeres que gobernaron países, caso de Nueva Zelanda (Jacinda Ardern) o Alemania (Angela Merkel), entre otros, lo hicieron mejor que los varones. Parece ya indiscutible, en cualquier caso, que el número de muertos por el COV-19 en países gobernados por mujeres fue inferior al de gobernados por hombres.

En cualquier caso, la manifestación feminista de Madrid del pasado 8M parece que fue lamentable, con grave riesgo para la población. Habrá que esperar al resultado de minuciosas investigaciones judiciales y al examen de lo que denuncien los abogados de las familias de algunos fallecidos. Y ¡atención!: bajo ningún concepto nos queremos sumar a los que, por odiar a las feministas, utilizan cualquier pretexto para denigrarlas. Una cosa es eso y otra diferente, muy diferente es callar ante lo que resultó ser un despropósito: una manifestación, la del 8 M, de riesgo para la salud y con maneras o modos muy churchilianos o de mucha fuerza o «vir».

Judith Butler, figura clave del feminismo norteamericano, en recientes reflexiones sobre la pandemia dijo: «Debemos repensar lo humano, lo animal y lo del mundo viviente del que dependemos y hemos de salvaguardar». Programa muy ambicioso, que insiste en lo ya propuesto, en el año 2017, por otra feminista, Olivia Gazalé, en su libro El mito de la virilidad, sobre una refundición de las masculinidades, liberando a «los hombres de las asignaciones sexuales, que proceden de una repulsión a lo femenino de tiempo inmemorial».

Acaso -escribo yo- haya que comenzar acabando, tanto con el matriarcado de una Diosa-Madre como con y el patriarcado de un Dios-Padre.

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