El coronavirus y el hombre.  De isótopos e isótropos


Vamos a contar una historia. Permítannos contar una historia. Porque es una historia que evidencia que la familia de los coronavirus, entre otras familias patógenas, contiene en sí una naturaleza que es espejo de la humana. Mejor: la humana es espejo deforme de la vírica, tanto si el espejo es de tamaño molecular (isotópico) o cosmológico (isotrópico).

A. La historia

A finales del segundo milenio antes de la era cristiana, los griegos (téngase en cuenta que, en ese tiempo, Grecia, como unidad política, y todavía étnica, no existía; hablamos de “griegos” para evitar referirnos constantemente a aqueos, eolios, jonios, dorios) iniciaron lo que se conoce como la Primera Colonización, asentándose en las islas del mar Egeo y las costas de Asia Menor (hoy, Turquía). La Segunda Colonización, entre los siglos VIII y VI a.C., viró hacia África septentrional, el oeste (península itálica, costas mediterráneas de España y Francia) y el norte (mar Negro: el Ponto Euxino).

Los dorios, entre los que se encontraban las tribus que luego conoceremos como espartanos, eran unas gentes indoeuropeas que penetraron en la Hélade provocando conflictos vitales con los indoeuropeos ya establecidos (aqueos, eolios y jonios, que fueron ocupando la península unos 900 y 800 años antes, arrollando o mezclándose con sus moradores, los pelasgos). Habitantes de muchas polis, por la presión de los invasores dorios, se embarcaron pues hacia el este. Una de estas ciudades-Estado era Atenas. Los atenienses (jonios), que escogieron diversos emplazamientos, hallaron también un poblado de la Edad del Cobre, Éfeso, que convirtieron en su hogar y en una de las ciudades más prestigiosas de la antigüedad.

Para darse cuenta del estatus que adquirió Éfeso, baste decir que aquí se levantó el Templo de Artemisa, una de las Siete Maravillas de la Antigüedad; las otras seis son: las Pirámides de Egipto, las Murallas de Babilonia, los Jardines Colgantes de Babilonia, la Estatua de Zeus de Olimpia, el Mausoleo de Halicarnaso y el Coloso de Helios en Rodas (las fuentes clásicas discrepan en torno a qué obras se incluían; así, para Plinio el Viejo, entre las Siete Maravillas estaban el Faro de Alejandría y el Laberinto de Egipto, que fue el modelo del Laberinto de Cnosos, en la Creta minoica de hace más de 3.500 años; el acuerdo en todos los textos es unánime con en el número, el 7, porque no es factor ni producto de los diez primeros números, excepto el 1; nosotros hemos optado, al recoger las antes citadas, por la lista del ingeniero griego Filón de Bizancio, que la estableció hacia el 200 a.C., y que es la que sigue Kai Brodersen en su libro Las Siete Maravillas del mundo antiguo, Alianza, Madrid, 2010, 177 páginas).

Tras la Muerte de Alejandro Magno en el 323 a.C., su general Lisímaco heredó Asia Menor y se instaló en la ciudad que albergaba el Artemision, el nuevo templo efesio dedicado a Artemisa, ya que el original había sido destruido por un terremoto (los fundamentalistas cristianos derruirían el Artemision a principios del siglo V d.C.). Lisímaco amplió la ciudad e hizo construir un nuevo puerto, grande y moderno, y Éfeso llegó a ser el primer núcleo comercial de la actual Anatolia. Tras pasar a dominios romanos, Éfeso alcanzó el cuarto de millón de habitantes y sus edificios públicos eran soberbios y sus lupanares, lujosos (el turista puede ver dónde se localizaba uno de ellos, en la Vía de Mármol, donde hay un grabado de un corazón al lado de un rostro de mujer y un pie que se dirige hacia el corazón y el rostro). El edificio más emblemático en la actualidad es la Biblioteca de Celso, construida por su hijo Aquila en su honor, tras fallecer en el 115 o 116 d.C. Procónsul de Asia, Celso Polemeano fue un grecorromano instruido. Hoy queda la fachada de la biblioteca, que albergaba unos 12.000 rollos, con sus cuatro nichos, y en cada uno, una estatua de las Cuatro Virtudes: Valor, Conocimiento, Sabiduría y Reflexión. 

Pero Éfeso, que tenía la gloria de frente, al oeste, el mar, tenía la espada de Damocles no sobre su cabeza sino detrás, al este, las colinas, unas colinas pobladas de árboles y vegetación. Los efesios, durante siglos, fueron talando la arboleda para la construcción, sobremanera de barcos, como combustible, para acondicionar tierras de cultivo. Lentamente, las colinas fueron pelándose y la tierra, libre, sin raíces que la contuvieran en épocas de lluvias. El río Caístro fue acumulando y arrastrando al mar las piedras y tierra de los aluviones. El puerto se fue colmatando y se formaron lagunas insalubres. Poco a poco, el Egeo se fue alejando y la ciudad, despoblando. El comercio marítimo, su fuente primordial de ingresos, paralelamente, languidecía. A partir del siglo VII d.C., Éfeso dejó de ser Éfeso. Unos siete kilómetros separaban ya al gran puerto del mar. La ciudad quedó desierta.

B. Isótopos e isótropos

Hace unos 1.300 años los efesios dieron por terminada la destrucción de su hogar. No era la primera vez que los hombres lo hacían, allí y acullá. Las edades Media y Moderna aceleraron el proceso. Ahora, en la Edad de la Globalización, el hombre es el agente orgánico más dañino. Ningún virus, ninguna bacteria, nada, por mucho empeño que ponga, le iguala. Podemos decir, entonces, que el hombre es el Supervirus. Pero no solo para la Geología, la Geografía, el Clima, la Botánica, la Zoología, la Biosfera. También para sí mismo. El COVID-19 es un lince. El hombre, un Tiranosaurio Rex. Incluso en el huracán de la pandemia, lo aprovecha para dañar a otros hombres. Por irresponsable, por desubstanciado, por ambicioso, por psicópata.

El isótopo (griego ísos, igual, y tópos, lugar) es un elemento que ocupa el mismo lugar en la tabla periódica que otro, pero con átomos de núcleos distintos. Uno de los casos más conocidos es el del deuterio con respecto al hidrógeno. Este carece de neutrones en su núcleo atómico; aquel tiene uno, lo que le hace más pesado. Su masa y, por consiguiente, su energía, son mayores. Es el «agua pesada», donde la molécula H2O propia del agua es sustituida por la molécula D2O. Nosotros, respecto al coronavirus (agua ligera), somos agua pesada, el agua del río Caístro repleto de sedimentos que anega cualesquiera ecosistemas. En la alteración del medio (el Mundo) se hallan los brotes de las epidemias y pandemias devastadoras de la Historia. El hombre es un tozudo Víctor Frankenstein.

Es obligación de los que ven claro diseccionar a quien disecciona los sistemas ecológicos hasta el límite. El límite es el «arma de destrucción masiva», que dijo Bush hijo sin ser cierto (Irak, Sadam Husein), pero sí lo es en esta disección, en la que tanto más se aplica lo dicho anteriormente (el hombre es un isótopo), cuanto en su condición de isótropo (del griego ísos, igual, y trópos, dirección).

En efecto. En el Universo la energía es igual en todas las direcciones. Esta isotropía, resultante de la acción sobre la masa, es equivalente a la acción (fuerza, presión) que ejerce el hombre en un punto del cuerpo (masa, energía) de la Naturaleza, en uno u otro tiempo, en uno u otro lugar, y que desencadena magnitudes cósmicas que irradian esta roca planetaria por entero y desde ella. Magnitudes que nos dejan anhelados. El «no es posible que ocurra lo que ocurre», que va en la línea del «no me puedo creer que haya muerto el maestro».

(Y cualquier otra consideración ha de quedar para los niños). 

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