El dinosaurio


Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». (A. Monterroso)

Este genial microrrelato me ha rondado la cabeza todo este tiempo de confinamiento. Tiene varias lecturas, la más obvia es la que identifica al dinosaurio con el coronavirus; durante estas semanas de irrealidad onírica producida por el aislamiento, el coronasaurio era una pesadilla. Cuando por fin entramos en la «fase uno» del sueño, desperté y salí a la calle dispuesto a encontrarme de lleno con la apacible vida real, pero el dinosaurio todavía estaba allí, multiplicado, cientos de dinosaurios sin mascarillas que prolongaron la pesadilla. Téngase en cuenta que ese «todavía» carga de amenaza -aún más si cabe- a una escena del rebaño de coronasaurios que no saben que lo son, charlando, abrazándose, montando en bici y tomando vermú a distancias cortas.

Otra lectura del cuento puede hacerse como algo del orden simbólico que alerta de algunas amenazas que nos persiguen toda la vida y de las que no nos libramos. Desde esta interpretación, el dinosaurio se me antojó como una recua de políticos depredadores, camuflados, lentos y pesados, a los que nunca les cae un meteorito que diezme su sobreabundancia. Sueñas que van a desaparecer, pero al despertar todavía están allí.

Y hasta puede interpretarse que el dinosaurio somos nosotros mismos; esa parte íntima y reptiliana de nuestra condición humana, de la que escasos individuos consiguen adquirir una inmunidad inteligente, pero que jamás se consigue en el rebaño, cuya inmensa mayoría es inteligentemente asintomático.

No pierdan tiempo aplaudiendo en los balcones, para la gente que vamos a trabajar todos los días al campo de batalla con miedo a contagiarnos y contagiar, duchándonos con lejía y viendo caer a miles de compañeros, el dinosaurio -los dinosaurios- siguen estando allí.

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