En mi barrio hay gente que tiene la bandera de España con un crespón negro colgando de la ventana o el balcón. Unos la tienen más grande que otros, la bandera, y el que más grande la tiene no es Ron Jeremy, sino quien posee la terraza más larga.

El patriotismo desbocado que vemos estos días nació en aquella foto de Colón. Es agresivo. No es casualidad que empezara estos días a mostrarse con estridencia en un barrio acomodado de la capital. Siempre ha sido así. Al fin y al cabo a ellos les ha ido muy bien por estas tierras, o al menos igual de bien que a sus antepasados.

Durante los turbulentos días del proceso soberanista catalán escribí que no me siento orgulloso de ser español, pero que tampoco me avergüenzo. Podría haber nacido en un país mejor y, definitivamente, podría haber nacido en un país muchísimo peor. Ser español no es lo que pretendo ser, es lo que soy. Rechazo ese nacionalismo idiota, esa forma de señalar, esa invasión de los ladrones de cuerpos que señalan al disidente.

Toda esta gente que la tiene tan grande porta un mensaje: únete. Aseguran ser apolíticos como si supieran que las intenciones políticas más bien oscuras son algo de lo que avergonzarse. Que ellos solo son españoles, como si ser español te concediera algún rasgo distintivo que compartes con todos los españoles seas de Gijón o de Cartagena. Todos bajo una misma bandera. El problema es que es una reiteración absurda: ya estamos todos bajo la misma bandera. Lo que ellos quieren es otra cosa.

Lo que quieren es que te unas a sus delirios jingoístas. Que señales al otro. Lo que quieren es apropiarse de todos a través de la bandera. Ese orgullo patriótico no es diferente del procesista: tiene exactamente los mismos vicios y la misma carencia de virtudes. Como todo procesista, ya han decidido quién es y quién no puede ser un compatriota. Esto, necesariamente, excluye a un alto porcentaje de la población de este país. El objetivo, al final, es poder golpearte con la bandera, y la libertad de la que tanto se les llena la boca solo les incumbe a ellos. El problema con toda esta banalidad política y social es que realmente no es tan banal más que en su grosera apariencia. Para tapar lo que esconden se necesitan banderas muy grandes. En ello están.

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La invasión de los cuerpos de los ultras