Estrategias golpistas en tiempos de epidemia


Comienza a resultar agotadora la literatura adivinatoria sobre el futuro pospandemia. Nunca habían proliferado tanto los oráculos que, según su estado de ánimo, vaticinan utopías o distopías. No hace ni tres meses que las cosas empezaron a complicarse, un lapso de tiempo que se ha hecho muy largo a causa del confinamiento, pero breve para una vida media superior a 80 años e ínfimo desde el punto de vista de la historia. Sin embargo, ya se ha convertido en tópico que nada será igual. Hay sólidas razones para disentir: la primera, que la inmensa mayoría desea que todo sea como antes y hará lo posible para conseguirlo; la segunda, que hay pocos motivos para pensar que algo lo impedirá; la tercera, que la historia nos enseña que la humanidad ha padecido epidemias peores y muy duraderas, incluso recurrentes durante siglos, como la peste, y ha seguido besándose, cogiéndose de la mano, haciendo el amor, llenando las tabernas y los comercios, bailando, trabajando, hacinándose en ciudades cada vez mayores e inhóspitas y viajando. La peste y las crisis económicas que la acompañaron estimularon temporalmente la barbarie y el fanatismo, pero tampoco impidieron que llegase la Ilustración.

La Covid-19 no es la peste bubónica, quizá se hubiera parecido en el número de víctimas mortales a la terrible gripe de 1918, pero el sistema sanitario y las medidas de aislamiento lo han impedido. La mayoría de los especialistas sostiene que, incluso sin vacuna, no la hubo para la gripe mencionada ni para otras epidemias víricas anteriores o posteriores en el siglo XX, la epidemia remitiría, aunque, en ese caso, podría hacer daño durante algunos años. Con la avanzada medicina del siglo XXI, es mucho más probable que haya vacunas y fármacos eficaces en un periodo de meses que lo contrario ¿Alguien cree seriamente que cambiará nuestra forma de vivir por el temor a una enfermedad futura, que podría tardar años o décadas? Ya vemos que la tendencia es a olvidarse de esta incluso cuando esta activa. El País publicaba el domingo un artículo apocalíptico y un tanto extravagante, por la comparación que establecía, de John Gray; el contrapunto lo ponía El Roto, tantas veces lúcido, con una viñeta en la que tres trabajadores con casco mantenían este diálogo: «¡Nada, que no llega el fin del mundo! Pues yo ya me estoy cansando».

Como las medievales, esta epidemia también ha estimulado la barbarie. Afortunadamente, la xenofobia contra los orientales o la repugnante estigmatización de los sanitarios y otros servidores públicos por el supuesto riesgo de contagio han sido marginales, pero fanáticos y manipuladores han encontrado en España nuevos judíos: los socialcomunistas. Todavía no han comenzado los pogromos, esperemos que no lleguen, el objetivo inmediato es desalojarlos del gobierno, que obtuvieron tras ganar unas elecciones y obtener la confianza del Congreso, y reducirlos a la marginalidad. Para eso todo vale. El señor Ortega Smith, siguiendo los pasos de Trump, ya ha definido al virus como comunista, solo le falta decir que Pedro Sánchez y Pablo Iglesias lo introdujeron en nuestro país de la mano de China. En realidad, al convertir al gobierno en criminal, ya lo están haciendo.

La extrema derecha aprovecha el natural hartazgo que provoca el confinamiento y la desolación de quienes ven peligrar sus medios de vida. En sí mismo, eso resultaría ya, no solo censurable, sino peligroso, pero lo peor es que encuentra apoyos y es jaleada por sectores de la derecha clásica, que creen que podrán pescar en el río revuelto y conseguir que las cosas vuelvan a su estado «natural», que manden los que nunca debieron perder el gobierno.

Las manifestaciones del pasado sábado son significativas, no habría mayor error que despreciarlas, pero minoritarias. Vox ha demostrado que sabe manejar bien la propaganda; con notable ayuda mediática, está logrando que cuaje la imagen de un pueblo laborioso y patriota enfrentado a un gobierno ilegítimo y culpable de todos los males. Los coches ocupan mucho más espacio y hacen más ruido que las personas. En Madrid, una manifestación de 10.000 concurrentes habría pasado casi desapercibida, como en León una de un millar, pero han sido llamativas. Es cierto que la portada de ABC el domingo no es inocente. Tampoco que ese periódico publicase en su web el sábado, aparecía como la información más visitada, un manifiesto que atribuía a «numerosos intelectuales». Si lo primero resultaba discutible, eran 33, lo segundo, aunque la categoría sea siempre difusa, solo puede atribuirse al cariño del periódico.

Dada la escasa relevancia de los firmantes y su notoria adscripción ideológica, el documento no merecería comentario alguno de no haberse hecho público precisamente coincidiendo con las manifestaciones convocadas por Vox. No voy a reproducir sus argumentos, algunos delirantes, que son los utilizados por Vox y sus secuaces, pero sí lo que puede considerarse el llamamiento a un golpe de estado, aunque más palaciego que militar. No es discutible el derecho de los firmantes a pedir la dimisión del gobierno, pero encaja mal en la Constitución la propuesta de «encargo de la Presidencia por S. M. el Rey a una personalidad independiente con respaldo de todos los partidos constitucionalistas de las Cortes Generales. Gobierno técnico y de gestión que haga frente a la crisis sanitaria y a sus terribles consecuencias económicas y sociales. Convocatoria de elecciones nacionales un año después». No solo porque recuerda mucho a la llamada «solución Armada», de triste memoria, sino porque el rey solo puede proponer, después de la ronda de consultas, a un candidato a la presidencia con posibilidades de obtener la investidura, para lo que necesita la mayoría de votos en el Congreso.

Si, como indica el manifiesto, el PSOE y Podemos son los causantes de todas las desgracias y tienen como objetivo «el aprovechamiento político del estado de alarma para tramitar leyes que reforzarán el dominio ideológico de la extrema izquierda sobre la sociedad», no estarían entre lo que llaman «partidos constitucionalistas». Por otra parte, sería difícil que apoyasen un gobierno que no fuese el suyo, ya que tienen la mayoría ¿Qué sucedería con sus diputados para que esta recayese en los considerados constitucionalistas? Hitler encontró la solución para consolidar la suya privando de sus escaños a comunistas y socialistas y mandándolos a la cárcel o al exilio ¿Es eso lo que pretenden los firmantes del manifiesto?

Es evidente que la propuesta es un disparate que el rey nunca podría aceptar. Extraña que un periódico como ABC le diese pábulo, sería la vía más directa hacia la república, pero la portada del domingo demuestra que ha abandonado completamente los planteamientos del liberal conservadurismo monárquico.

Las incitaciones al golpe palaciego no se reducen al burdo remedo de la Marcha sobre Roma de Vox y sus «intelectuales». Más serios resultan los intentos de enfrentar a los socios de gobierno o de provocar una rebelión contra Sánchez en el PSOE, que incluso condujese a una escisión del partido. La mayor garantía de que no habrá una crisis a corto plazo reside en que, en esta situación, la celebración de elecciones anticipadas sería un suicidio para los dos partidos coaligados. El problema consiste en que no se podrá afrontar la crisis económica sin presupuestos y que la coalición no tiene en Esquerra Republicana un socio fiable. Si las derechas logran bloquear la aprobación de los presupuestos, el gobierno estará condenado, la economía española también, pero eso parece secundario para los salvadores de la patria.

Los errores del gobierno facilitan las cosas a sus rivales. Lleva poco tiempo en el poder y en circunstancias muy difíciles, todavía podría corregirlos, pero lo que parece casi imposible es que logre una mayoría parlamentaria estable. El acuerdo con PP y Ciudadanos para afrontar la crisis es más difícil todavía. Son demasiados los que juegan al «cuanto peor mejor», lo que vendrá después de lo peor asusta.

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