El sueño de Tutanbobón


No se vio. No le era posible. Sintió. Le era posible. Sintió que algunos músculos de su cara le hacían sonreír. Acababa de despertar. Le vino un olor a pintura fresca, fuerte, drogadicta. Solo eso. Cayéndole sobre la cabeza el agua de la ducha, aparecieron ante sus ojos cerrados unos hombres reflectantes pintando de blanco los dos pasos de cebra de su calle, marcando las líneas horizontales, discontinuas y continuas. También el amarillo de las dos líneas largas próximas y paralelas a los dos bordes de la calzada.

Vestido y con el café y un trozo de pan en la mesa, recordó más. La ciudad entera estaba siendo pintada: callejuelas, calles, avenidas, rotondas. Luego, al volante del coche venido desde Hiroshima, lo soñado continuó eclosionando y ahora sí veía la sonrisa en el espejo de la visera, que siempre llevaba bajado, como su asiento, para enclaustrarse. Esa era la posición que le gustaba. Sensación de seguir contenido en la placenta, de la que jamás hubiera querido salir. Más todavía: no haber caído en ella; ser inorgánico. Pero, no siéndolo, que el estado orgánico mutara pronto. Creía en la pulsión freudiana de la muerte. Más todavía: la clamaba.

Cuando hizo el último viraje para enfilar la autovía y pasaba de quinta a sexta y ponía el control de velocidad y se activaba el detector de las líneas de carril, probó si este reconocería las huellas de lo que años atrás, muchos años atrás, eran blanquísimas rectas y curvas. La prueba fue satisfactoria. Los ingenieros japoneses habían hecho un trabajo consecuente con su cultura, primorosamente meticulosa, implacable con la cultura chapucera. El detector detectó las marcas que separaban el carril derecho del arcén, ya muy próximo, y emitió señales acústicas, y visuales en el parabrisas, y cuando las ruedas derechas pisaron las trazas, el volante giró con suavidad a la izquierda, devolviendo el vehículo a su sitio.

La maniobra le produjo otra oleada. Le llegaron imágenes sueltas. Las carreteras locales, provinciales, regionales, estatales, las autovías y las autopistas estaban siendo también pintadas, y el asfalto irregular por el uso y el tiempo, en reparación. Para cuando llegó a donde iba, el sueño, que a él le pareció largo y vívido, comenzó a declinar.

No obstante, caminando hacia clase, cayó en la cuenta de que el día anterior explicó a sus alumnos los postulados del economista John Maynard Keynes, haciendo hincapié en la muy necesaria intervención de los gobiernos en el mercado libre cuando este caía en el libertinaje (o sea, pobreza generalizada para muchos; riqueza generalizada para pocos, para quienes solo demasiado es suficiente). Aunque desgranó los puntos esenciales de cómo debían actuar los Estados, él, que seguía caminando, reparó en uno: la inversión en obras públicas, a todo trapo. El ejemplo que les puso fue el New Deal del presidente de EE.UU. Franklin Delano Roosevelt, que consiguió sacar al país de la Gran Depresión de 1929. 

Entonces, lo soñado, reflexionó, provenía de la lección que había impartido: que, en lo soñado, uno de los contenidos más perturbadores tuvo que haber sido la ruina económica asociada a la pandemia del coronavirus. Entró en el aula, «buenos días, chicos», «buenos días, profe», se quitó la americana, tomó asiento, enfocó a los alumnos, «¿os dais cuenta de que acortáis muchas palabras…, profe, finde, manifa, diapo». «claro, profe, la gente se entiende mejor abreviando», respondió uno; «nos ahorramos saliva», intervino otra alumna, y muchos rieron.

-¿Vuestro profesor de Historia llama Tutan a Tutankamón?

-¿Tutan... qué?

-¿A estas alturas del curso todavía no habéis estudiado el Reino de Asturias, Helena?

-Eso se da el próximo curso, profe... Pero qué raro es ese nombre, no me suena para nada que sea asturiano.

-Es celta, Helena. Nosotros somos celtas, pura raza celta, la más superguay -la instruyó Pelayo.

-Pelayo, no hay razas, todos venimos de una sola, de África.

-Profe, no me vacile, que no somos negros.

Las risas se repitieron, hubo comentarios jocosos, los chicos empezaban a desperezarse divirtiéndose.

-Pelayo, ¿tú tienes que saber de dónde procede tu nombre?

-Sí, del rey Pelayo, el celta. La de hostias que dio a los moracos en Covadonga.

-Pues ese celta, que en realidad no era celta, tuvo un hijo llamado Tutankamón.

-No, profe, su hijo fue Favila, que lo mató un oso.

-Es verdad, a Favila lo mató un oso. Por eso, el tercer rey asturiano fue su hermano gemelo Tutankamón, que el sucedió en el trono.

-¡Por Dios!, ¡cuánto sabe, profe! -exclamó Helena.

-Helena, tus padres pusieron una hache inicial a tu nombre, lo que resulta muy interesante.

-Mi madre me dijo que fue por la bella Helena de Troya -las risas volvieron por el gesto que hizo Helena con sus manos, llevándoselas a los cabellos que le bajaban por las mejillas, apartándolos coquetamente al tiempo que hacía un movimiento de cabeza, sutil, de un lado a otro, cuando pronunció con énfasis «la bella Helena».

-Bueno, mejor pregúntale al profesor de Historia por qué los griegos antiguos se consideraban a sí mismos helenos -dijo el profesor-. Voy a volver un minuto a Tutankamón, Tutan para vosotros. Cuenta la leyenda que este rey astur tuvo un sueño que le despertó desasosegado antes del amanecer y mandó llamar a los druidas de la corte para que lo interpretasen. Les relató que, en el sueño, vio cómo se desdoblaba y su segundo yo volaba hacia el este, hacia el mar Mediterráneo, que lo surcó en una barca de remo y vela, hasta que encalló en el delta del Nilo, en el extremo oriental del Mediterráneo...

-¿Y qué le dijeron los druidas? -interrumpió Alfonso, verdaderamente interesado.

-Le transmitieron que el sueño era el augurio de que llegaría a ser el señor de vastos territorios, desde Finisterre hasta las mismísimas fuentes del Nilo.

-¡Qué bobada! -sentenció Alfonso.

«Bobada», repitió para sí el profesor. «Este Alfonso ha dado en el clavo, en el clavo de mi sueño, que los sueños, sueños son, sueños calderonianos… ¿Qué ha sido mi sueño sino el sueño de una noche con Tutanbobón? ¿O, quizá, sea yo Tutanbobón?»

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