Redacción

Hace unos días Donald Trump anunció que quiere meter a la organización Antifa en la lista de organizaciones terroristas en su país. El caso es que no existe como organización algo llamado Antifa, y no, comprarse en una tienda de ropa punk una camiseta con el símbolo de las banderas roja y negra no convierte a Antifa en una organización, por mucho que quienes se autoproclaman antifas se organicen para ir a una manifestación. Realmente, me temo, lo que pretende Trump es una persecución ideológica que, eso sí, no parece tener mucho futuro. Es normal que un aspirante a dictador como él pretenda perseguir a la disidencia, y desde luego es poco probable que la cosa se quedara, llegado el caso, en la persecución de quienes cometen delitos violentos. Creer otra cosa es ser cándido en el mejor de los casos y un poco sinvergüenza en el peor.

A raíz de todo esto hay gente aquí, ahora, en esta España incapaz de homenajear a los republicanos españoles que lucharon contra el nazismo o que sobrevivieron al campo de Buchenwald como el asturiano Vicente García Riestra, que recibió la Legión de Honor en Francia y se murió el año pasado sin que aquí le diéramos las gracias, que se muerde la lengua o se hace la sorda cuando le preguntan si es antifascista. Es el debate más indecente que he visto en cuarenta y cinco años. Un debate inquietante, eso sí. Mucha gente elude contestar a lo que se le pregunta. Me dijeron este miércoles que el antitotalitarismo ya incluye el antifascismo, pero es que esa no es la pregunta. Si lo incluye, la respuesta es sí, no soltar la parrafada para eludir la cuestión.

Ser antifascista es condición necesaria para ser demócrata. No es la única condición necesaria, pero es una de ellas. Escudarse en todo tipo de excusas más o menos elegantes de cara a los tuyos solo esconde la turbiedad de quienes llegado el momento mirarán para otro lado cuando te den el paseíllo junto a una cuneta o incluso participarán alegremente en la persecución. Las excusas son patéticas, pues son eso, excusas, no argumentos, y son demasiado parecidas a las de otros tiempos: los de hace casi un siglo y los de hace unos días con la presunta organización Antifa.

Verán ustedes, cuando era joven, en la ciudad en la que crecí, surgió una coordinadora antifascista. Surgió de la necesidad de visibilizar la violencia neonazi que en aquellos años era muy habitual y que llevaba a los medios locales a hablar de reyertas entre jóvenes, entendiendo como reyerta entre jóvenes que una cuadrilla de skinheads dé una paliza a un chico negro por pasear por la calle y tengan que ingresarle en el hospital o que un servidor tuviera que ser llevado en un coche patrulla de la policía a la Casa de Socorro después de una persecución por parte de una cuadrilla de skinheads a los que les pareció mal verme sentado en un banco. Lo que les quiero decir es que nosotros éramos los antifas. No éramos violentos. Solo estábamos hartos de recibir y de que todo el mundo se hiciera el sordo. Éramos antifascistas por convicción y por necesidad. Ahora que tenemos a la extrema derecha encima en buena parte del planeta no es momento de tibiezas. ¿Eres antifascista? Sí o no. No hay más. Suéltame el rollo otro día.

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