Un fantasma recorre Europa


«Un fantasma recorre Europa», comenzaban Marx y Engels su Manifiesto Comunista. Un fantasma recorre el mundo, podríamos decir hoy: es el covid-19, el coronavirus que se ha adueñado de nuestras vidas y que siembra tantos miedos en el presente y tantas incertidumbres sobre el futuro. Presente y futuro que ya no son, para el conjunto de las sociedades humanas, lo que eran tan solo hace unos meses. Y nos interrogamos sobre cómo será el mañana, tan atentos a las visiones apocalípticas como a las esperanzas de recuperar lo perdido.

En muchas ocasiones el conocimiento del pasado nos facilita lecciones que sirven para entender el hoy, prever el futuro e incluso intentar mejorarlo. No hay que retroceder mucho para encontrar momentos en los que la humanidad se enfrentó a crisis globales imprevistas que generaron graves alteraciones y pusieron en peligro su progreso. Sería, claro, el caso de las dos guerras mundiales. Pero poco tienen que ver ambas situaciones bélicas con esta pandemia.

Hubo, sin embargo, dos momentos críticos que sacudieron al mundo hace aproximadamente un siglo y que, contemplados como un conjunto, pueden ofrecer vías de comparación con la actualidad, ya que contienen los dos elementos que más resaltan en ella. Primero, la crisis sanitaria global, vírica, que supuso la llamada gripe española de 1918-1919. Y una década después, la crisis económica, la Gran Depresión del año 1929, con sus secuelas de destrucción masiva de puestos de trabajo, recesión del comercio mundial, empobrecimiento de amplias capas de la población y profundas agitaciones sociales que acompañaron a la quiebra de los sistemas democráticos en buena parte de Europa.

A diferencia de nuestra pandemia, ambas crisis se dieron por separado y tuvieron muy distinta naturaleza. La gripe española de 1918 no se originó en ese año, ni en España. Los historiadores la sitúan en 1917, en una base militar de Estados Unidos, aunque algún estudio la data en Francia un año antes. En un mundo menos globalizado que el de hoy, tardó en extenderse, pero cuando el virus se universalizó lo hizo con tremenda fuerza, con una capacidad mortal que hoy parece impensable: se habla hasta de 50 millones de fallecidos por la infección. Coincidió con el final de la Primera Guerra Mundial, una catástrofe humana de dimensiones colosales que desorganizó los sistemas sanitarios y de asistencia social en Europa y otras partes del mundo y mermó la resistencia de las poblaciones sometidas a años de escasez alimentaria. Cuando en 1920 se fundó la Sociedad de Naciones, una de las primeras preocupaciones de la entidad mundial fue poner en marcha una Organización de la Salud, precedente directo de la actual OMS, para coordinar las medidas frente a crisis futuras.

La Gran Depresión de 1929 también tuvo un origen inesperado, con un foco inicial reducido, pero el ya alto nivel de globalización de la economía la extendió rápidamente con efectos devastadores, muy superiores desde luego a los de la crisis del 2008, tanto por los sufrimientos que causó y lo lento de la recuperación mundial como, sobre todo, por la forma en que desprestigió ante la población los sistemas políticos y económicos liberales vigentes y propició el auge mundial del fascismo y el estalinismo, ideologías negadoras de la democracia pluralista.

El mundo de hoy tiene mayor capacidad de respuesta, pese a la circunstancia de que los dos tipos de crisis se solapen. Pero cada mejora representa un reto a superar. La OMS puede coordinar las políticas sanitarias, siempre que los estados lo acepten y la disponibilidad de recursos sea tan universal como la propagación del virus. La extensión de la democracia y del estado de bienestar garantiza a los europeos un buen nivel de eficiencia asistencial. Pero los egoísmos nacionales pueden dinamitar lo construido por la Unión Europea y, lo que es aún peor, recuperar políticas de aislamiento, de xenofobia y de autoritarismo que hasta ayer veíamos como superadas. Nunca está de más, en estas situaciones, echar un vistazo al pasado.

Por Luiza Iordache Cârstea Politóloga e historiadora. Profesora del departamento de Historia Contemporánea en la UNED
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