Sánchez, ¿pato cojo?


Aitor Esteban, ese señor que nunca pierde la compostura -y abofé que buenos réditos le proporciona su actitud-, echó ayer mano de Schopenhauer para definir el debate parlamentario sobre la última prórroga del estado de alarma. Mencionó concretamente la estratagema número 38 definida por el filósofo en El arte de tener razón: «Cuando se advierte que el adversario es superior y se tienen las de perder, se procede ofensiva, grosera y ultrajantemente». En vez de combatir el argumento, se ataca a la persona. El insulto y la descalificación como arma dialéctica. El diputado nacionalista recopiló un racimo de improperios intercambiados en el debate de sal gruesa: «discurso maniqueo», parásito, «fanfarrón de poca monta», inmundicia, negligente, supremacista, «no se cansa de mentir»...

Se olvidó el antólogo de recoger el novedoso piropo que Pablo Casado le endilgó esta vez al presidente del Gobierno: «pato cojo». Supongo que Sánchez estará complacido, porque no hay dirigente que se precie que no haya recibido esa medalla al final de su carrera. Si usted acude al Google, comprobará que los antecesores de Sánchez -Aznar, Zapatero y Rajoy- están en posesión del título. Cuando el poder de Casado en el PP estaba en entredicho, uno de los apologistas de la derecha ya presentaba su candidatura en un sonoro artículo del que plagio el título: «Casado, ¿pato cojo?».

La cosa no tiene misterio. El síndrome del pato cojo -lame duck, en inglés- proviene de la cultura política estadounidense. Define al presidente que, por acercarse al final de su segundo y último mandato, se ha vuelto irrelevante. Un eunuco político, impotente e incapaz de engendrar grandes decisiones en su última fase. El Aznar que vive la última fase de su presidencia como un mero trámite o el Zapatero en pleno traspaso de bártulos a Rubalcaba. La propia Merkel, tras anunciar su retirada, sería también una pata coja.

Mas conviene no precipitarse en colocarle la medalla o el estigma al vecino. En noviembre del 2016 le preguntaron a Núñez Feijoo si, por tratarse de su último mandato, no se sentía «como un pato cojo». Dijo que no y ahí lo tienen: con la cojera curada y dispuesto a correr otra maratón de cuatro años. Sospecho que Casado también se precipita al sentenciar a quien apenas acaba de estrenar la legislatura. Tal vez se equivocó en el concepto y pretendía identificar a Sánchez con un pato rengo, que, a diferencia del lame duck, cojea por grave lesión de las caderas, se bambolea a derecha e izquierda y sobrevive al amparo de la geometría variable.

Lo más probable, a falta de explicaciones adicionales, es que para Casado el epíteto tiene un significado distinto al que le dan los yanquis. Una acepción más popular y más nuestra: el pato cojo es el ave que, incapaz de seguir el ritmo de la bandada, se convierte en blanco propiciatorio de los depredadores. Esta es la interpretación más plausible, vista la afición del jefe del PP a la caza del pato en el marjal del Congreso. Y a sus escasos escrúpulos para llevar la cacería a otros pantanos y otras cloacas.

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