Redacción

Vivió regular, cuesta arriba siempre. Se casó con un hombre con problemas de salud que le impedían trabajar con normalidad que se dedicaba a vender cartones o chatarra. Era habitual verle arrastrar un carro cargado de todo tipo de embalajes más allá de lo recomendable. Como los cartones no daban suficiente dinero, a veces vendía gominolas y chicles en un carrito de supermercado junto a su portal. El ayuntamiento se enteró de que había muchos como él en el barrio, así que se les advirtió de que no podían hacer eso, era ilegal, insalubre, peligroso. Volvió a los cartones.

Ella trajo al mundo a seis hijos de los cuales cinco sufren minusvalías. Con los años, el ayuntamiento les concedió la explotación de un puesto de helados que en el barrio se conocía como «el puesto de los tontos». El trabajo de venta de helados era temporal, obvio, así que luego había que volver a recoger cartones.

Todos ellos vivían en el mismo piso, ocho personas repartidas en tres habitaciones. Algunos de los hijos encontraron trabajos malos, muy precarios antes de que el trabajo precario estuviera generalizado. Solo uno de ellos ha logrado independizarse.

El padre murió víctima de la bebida, algo de lo que no puedo culparle. Cargaba con una existencia que solo se puede soportar con drogas. Ella empezó así su lento y progresivo deterioro. Comenzaron los problemas de salud. Nunca salía de casa. Sus hijos solo lo necesario. Eran conscientes del lugar que les otorgó este mundo, como los freaks de la película de Tod Browning. Resignados, acompañaban a su madre a revisiones médicas. Un pequeño cortejo fúnebre en ciernes de inofensivos monstruos, los guardaespaldas de una muerta en vida.

Y así pasaron los años, y no hace mucho supe que ella había fallecido. Es una víctima de la pandemia. Me cuesta pensar que quizá no muriera entre terribles dolores. Quiero pensar que simplemente un día no despertó. Imagino a sus seis hijos sin poder apoyar a la mujer mientras agonizaba, sin poder velar su poco lustroso cadáver, con sus poco lustrosos rostros llenos de miedo y angustia mirándose unos a otros, preguntándose, quizá, quien sería el siguiente.

La fallecida es vecina de mi padre. El lugar es el Corredor del Henares, una de las zonas de Madrid más castigadas por la pandemia que estamos viviendo. El hospital de la ciudad ha sido pionero en denunciar a la presidenta de la Comunidad. Un compañero de trabajo me contaba en los peores días de la pandemia que su mujer, que trabaja en el hospital, estaba viviendo una guerra allí dentro. Sí, una guerra. Muchos de sus compañeros acabaron destrozados psicológicamente.

Al menos en Asturias no han dejado morir a sus ancianos como a perros abandonados y tampoco se les ha discriminado por pobres. Con lo que vamos sabiendo día a día, realmente sí hay alguien a quien podemos tachar de madrileñófoba, y preside la Comunidad de marras, aunque en su descargo hay que decir que esa fobia es solo hacia unos madrileños en concreto, los pobres. El que algunos crean que a todo el mundo en Madrid le caen los billetazos del bolsillo es una fantasía.

La vecina de mi padre no tenía un seguro médico privado. Probablemente no salió de la Comunidad de Madrid en toda su vida. No hay que preocuparse por si se toma unas vacaciones en la playa. Nunca tuvo dinero, nunca tuvo vacaciones, era madrileña y además está muerta. Todo ventajas.

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Madrileñofobia