Llama la atención que cuando contamos -dicen- con la juventud mejor formada de la historia, y cuando todos podemos ser gente informada, las sociedades más avanzadas registren numerosos comportamientos abiertamente antisociales, expresados en botellones, hinchadas, manadas y festivales rebozados en alcohol y droga; en pregones, representaciones y performances soeces y gratuitamente insultantes, y en una serie de transgresiones artísticas sin gusto ni esencia, que son asumidas sin crítica por los grandes rebaños del aprisco mediático. Estos días, como colofón de estos breves ejemplos, asistimos al espectáculo de masas juveniles que, en plena pandemia, exhiben su desafío a las normas establecidas contra el coronavirus, sin reconocer más límites u obligaciones que las que la compulsión policial pueda imponer.
Este problema, que tiene cíclicas repeticiones a lo largo de la historia, también preocupó a los científicos sociales de finales del XIX, de los que surgió una extensa literatura que alertaba de la crisis cultural de Occidente. El más destacado de aquellos pesimistas fue Spengler, que al final de la Gran Guerra -entre 1918 y 1923- publicó La decadencia de Occidente, cuyo éxito -aunque efímero- fue impresionante. Después, sin ser necesariamente seguidores de Spengler, otros influyentes autores, como Ferrero, Ortega y Gasset, Dawson, Toynbee, Hanna Arendt, Adorno, Stefan Zweig, Thomas Mann e incluso Orwell, visitaron este mismo problema. Y ya en la actualidad, la temática ha vuelto a surgir de la mano de, entre otros, Weiler, Judt, y Dalrymple, cuyo libro Nuestra cultura, ¿qué ha sido de ella? acaba de poner a la venta la ourensana editorial El Cercano.
La sociedad europea, cuyo poder ejercen las masas -en sentido orteguiano-, no reconoció este problema, y redujo su esencia a un saludable cambio del concepto de libertad. No nos dimos cuenta de que la visión individualista de la libertad, enemiga de la socialización y la integración, iba a complicar el devenir de las sociedades democráticas del bienestar. Y el principal problema que tenemos ahora es que la sociedad europea solo reconoce al individuo como sujeto de los derechos que garantizan su libertad, y solo reconoce las normas y obligaciones que el Estado sea capaz de imponer para garantizar la convivencia y la integración social.
De ese marco de socialización estamos excluyendo la cultura, los hábitos, las creencias, el comportamiento educado, las orientaciones familiares y escolares y los referentes sociales que sean susceptibles de contribuir a la socialización del ciudadano en sociedades integradas. Y lo que estamos comprobando es que, cuando el Estado actúa solo, no es suficiente para conformar un orden social reconocido y eficiente. Pero no me echaré a llorar por eso. Porque soy lo suficientemente viejo y pesimista para resignarme a esperar el cambio de ciclo. Aunque mucho me temo que lo que nos resta de vida a las generaciones actuales será un tiempo perdido para la civilización occidental.
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