Hablar hoy de racismo nos parece algo lejano. La mayoría no nos consideramos racistas o, al menos, no tenemos conciencia de serlo o lo somos de forma involuntaria. Sin embargo, la realidad nos muestra que sigue, más sutil, camuflado entre nosotros. Quizá la forma de racismo tradicional ha cambiado o, al menos, se percibe de una manera menos violenta que en EE.UU., pero lo cierto es que forma parte de lo cotidiano, de lo simbólico, lo cual es igual o más peligroso, porque es difícil de detectar.
Los acontecimientos en EE.UU. nos demuestran que el racismo está en constante transformación. Lo que parecía hace apenas unos años imposible de decir en la palestra pública, hoy es utilizado en discursos políticos y charlas de terraza, convirtiendo la discriminación y el racismo en una normalidad que hiere, deshumaniza y menoscaba la propia identidad individual. Es curioso que esa adaptación del racismo se haya logrado a través de expresiones legítimas, correctas y socialmente aceptadas, mientras se encubren prejuicios raciales y discriminatorios.
En España hoy no existen expresiones racistas violentas de forma generalizada, pero sí un racismo estructural en todas las esferas de la sociedad. Lo vemos en las políticas de control migratorio discriminatorio, expresiones y discursos de odio explícito en redes sociales y estigmatización racista en algunos medios de comunicación.
Galicia no es uno de los sitios donde exista más racismo explícito y/o violento, pero en el imaginario social sigue muy presente el «otro» y el «nosotros», bien por desconocimiento o con intencionalidad. Lo que sí que es evidente y real son las consecuencias a nivel psicológico del racismo en la persona discriminada, que van dejando dolorosas huellas en el cuadro vivencial interno de la persona.
La inacción, pasividad e impotencia son con frecuencia las reacciones de las personas racializadas ante prácticas racistas. Una de las más comunes: la vergüenza. La persona víctima del acto racista siente que es su culpa, lo que trae vergüenza, la empequeñece, le hace guardar silencio ante el insulto o la agresión, impidiendo cualquier reacción por su parte.
Sin duda, una de las peores consecuencias psicológicas que puede sufrir una persona víctima de racismo o discriminación es el miedo: a pertenecer, a no ser parte de algo, a relacionarse, al otro por hacerle sentir miedo; pero sobre todo es el profundo sufrimiento que conlleva ser discriminado, la aceptación de la inferioridad y la negación en algunos casos extremos de la propia identidad.
Estoy convencido de que, para eliminar los prejuicios, la estigmatización de las minorías y el racismo, la educación y las políticas públicas deben implicarse conscientemente, sin presuponer que esto sea, per se, un antídoto suficiente, aunque es una píldora imprescindible.
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