Historia de la oligarquía antipatriota

Eduardo Madroñal
eduardo madroñal REDACCIÓN

OPINIÓN

Carga de los mamelucos, Goya
Carga de los mamelucos, Goya

24 jun 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

Frente a la visión errónea y distorsionada de España como potencia imperialista la realidad que muestran los tres últimos siglos de nuestra historia es la de una España dominada, sometida y entregada por la clase dominante española a una intervención y control cada vez mayor de las grandes potencias mundiales.

Los rasgos de raquitismo, especulación y parasitismo que acompañan al capitalismo español desde sus orígenes hasta nuestros días son inseparables del grado de dependencia exterior, de la subordinación y el sometimiento a las grandes potencias extranjeras en el que ha vivido nuestro país en los últimos tres siglos.

Frente a las ideas dominantes que atribuyen el débil desarrollo económico español al «atraso secular» o al «peso de un fanatismo que nos hizo perder el tren de la modernidad», un repaso al siglo XIX nos ofrece dos guerras de invasión extranjeras, tres guerras civiles que reaparecieron a lo largo de casi 50 años, decenas de golpes y pronunciamientos que derribaron gobiernos, etc. Es decir, una intervención exterior permanente que devastó el país y lo mantuvo postrado para que las potencias extranjeras se adueñaran de la riqueza nacional.

Todo esto justo en el momento donde el capitalismo se estaba desarrollando a marchas forzadas en todo el planeta, no solo en Inglaterra y Francia. Por ello, reclamar progreso a España en estas condiciones de dependencia es como culpar a Vietnam de su atraso tras la invasión norteamericana. El desarrollo capitalista en España hasta nuestros días ha estado sometido a la intervención y el control de los países imperialistas más potentes en cada momento.

Un desarrollo capitalista cuyo rasgo esencial hasta nuestros días es el sometimiento a la intervención y el control de los países imperialistas más potentes en cada momento: Inglaterra y Francia a lo largo de todo el siglo XIX y el primer tercio del XX, la Alemania nazi durante el breve período de 1936 a 1945; EEUU a partir de la instalación de las bases militares yanquis en 1953, a los que se suma el eje franco-alemán (cada vez más alemán y menos francés) tras la entrada en el Mercado Común y la integración en el euro.

Esta idea directriz de ruptura -y a contracorriente- nos permite entender la dictadura de Primo de Rivera -denostada por toda la izquierda- como el único intento serio de la clase dominante española por romper sus vínculos de dependencia con Londres y París y desarrollar un capitalismo nacional y autónomo de las injerencias imperialistas. O nos permite conectar el mitificado golpe de Riego que restableció la Constitución de 1812 y abrió el trienio liberal con los intereses supremos del imperialismo inglés por desmembrar el mundo hispano y apoderarse de la América española.

Uno de los más reconocidos escritores e intelectuales progresistas de nuestro tiempo, Manuel Vázquez Montalbán acertó al situar lo que consideraba una de las mayores deudas pendientes de la izquierda: «me obsesiona la poca importancia que se le da al imperialismo en los análisis actuales de la política y sobre todo aplicados a la política española, en donde tiene una importancia decisiva y parece como si no existiera».

Desde los primeros intentos de acabar con el Antiguo Régimen, la Guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz, es decir, desde hace más de 200 años, la izquierda ha sido incapaz de asumir que España había pasado desde el siglo XVII a ser un país dependiente, sometido al dominio y la intervención de los poderes imperialistas de turno.