Redacción

Hay virtudes para las que el currículum caduca todos los días. Podemos suponer que llevo toda la vida lavándome como es debido. Si dejara de hacerlo y empezara a ofender con mi mal olor, la gente me llamaría cochino sin la menor consideración por mi dilatado currículum higiénico. Y haría bien. Dejar de ser aseado te convierte en cochino, no importa lo limpio que hayas sido antes. Algunas cosas hay que serlas todos los días. Pedro Sánchez se escabulle del pasado de Felipe González escudándose en su legado de modernización de España. Sánchez sabe que su partido se quiebra si le afea a González que haya dejado de lavarse hace tiempo.

El caso de Felipe González no es único. Igual que un coche avanza dejando humos, España quema etapas dejando caciques. Los caciques son personas que por su posición influyen demasiado y sin provecho en las cosas comunes. La Transición se hizo entre miedos, esperanzas y amenazas. La pauta que la hizo avanzar fue la cautela, es decir, la actitud de no enredar. Nos acostumbramos a una curiosa manera de mirar al futuro que fue la de ponernos ojeras. La cautela y el no enredar consistía unas veces en impunidad y otras en evasivas, en relatos ecuménicos en los que había que respetar todas las etapas para que los momentos se sucedieran sin cuentas que ajustar. La Transición fue un período complejo con grandezas que no avalan los vicios que se siguen arrastrando. El espíritu de la Transición al que podamos apelar no puede consistir en contemplación papanatas de un pasado fabulado. Lo cierto es que quedó ese tic doble de no ajustar cuentas con responsables, para no remover heridas, y de respetar a los protagonistas de cada momento, para no renegar del «legado» de ese momento. Antonio Maestre, y es solo un ejemplo, muestra de manera muy amena en su Franquismo S.A. cuánto hubo de lampedusiano en nuestra Transición. Como no hay que ajustar cuentas, la misma oligarquía promocionada en el franquismo se hace cacique y nos condiciona los servicios básicos y buena parte de la información que recibimos desde las empresas clave. Cada personaje adhiere a su persona lo más significativo de cada período y así, según se suceden los períodos, se van haciendo caciques porque rozar con ellos (Adolfo Suárez, Felipe González, Juan Carlos I, …) es renegar de su período de influencia y atacar parte de lo que somos. La derecha acentúa esta tendencia hasta ceñir los símbolos nacionales a su estrecho relato y dejar a España reducida a una serpentina en la que no cabe casi nadie.

Según parece, cada personaje estuvo siempre por encima de la institución que representaba y hasta por encima del país. Por eso es tan difícil exigir una contribución justa a los ricos en un momento que amenaza derrumbe. Para hacer algo así hay enfrentar tres anatemas. Uno es común a otros países y es el neoliberalismo dominante, por el que las oligarquías se oponen a cualquier mecanismo de redistribución, ni siquiera por la excepción de un momento excepcional. Y dos anatemas específicos nuestros. Uno es el de no remover el fango de las grandes fortunas por si acabamos removiendo el pasado. Y otro es el de no renegar del «legado» de quienes, como Felipe González, dicen que a los ricos ni tocarlos y conspiran para ese propósito. Como él puso al día a España en los ochenta, hay que dejarlo conspirar para no renegar de tanta modernización como nos dio. Pero, decíamos, hay cosas que hay que serlas siempre y él hace tiempo que dejó de lavarse. Y hay que cosas que no hay que serlas nunca y González fue varias de esas cosas. Estos caciques que vamos dejando en nuestro avance son caciques porque influyen para su beneficio o su capricho. González no orienta un rumbo común para España, hace más de dinamitero. Juan Carlos I, y la Monarquía, no es un símbolo de unión, sino un factor de enfrentamiento. Aznar solo manipula a Casado para adiestrarlo en el oficio de petrificarse en la mentira y el encono irracional. Y las grandes fortunas no tienen país, sino intereses y privilegios, y cuando algo amenaza que puedan hacer lo que les dé la gana tocan cacerolas y se envuelven en banderas.

Estos caciques necesitan mequetrefes aduladores, en tribunas, en partidos y en prensa lacaya, que nos digan con prosa alcanforada cuánta armonía y riqueza nos dio la Transición, cuánta modernidad llegó con González, con qué campechanía rompían el protocolo los Borbones, cómo paró el golpe de Estado Juan Carlos I y qué bueno es con todos nosotros Amancio Ortega. No se trata de desdeñar ningún legado, que evidentemente tenemos, ni de no respetar lo respetable. Se trata de poder conducir nuestra vida pública sin tener que ir de puntillas para no despertar a momias que, o nunca merecieron la consideración que les dimos, o si la merecieron dejaron en algún momento de ser alguna de esas cosas que hay que ser todos los días. Y tampoco es cosa de tener manía justo a Amancio Ortega. Es que hay una corriente neoliberal, vehiculada en susurro por partidos conservadores y socialdemócratas que no lo son, y con estridencia por la extrema derecha, que quiere convencernos de que cada uno tiene la suerte que merece. La única forma de que parezca justa la desigualdad extrema es denigrar al pobre, como si una protección justa fuera la prebenda de un caradura. Esto se oyó con claridad con el ingreso mínimo vital, que fue llamado por los fachas «paguita». Y, en el mismo movimiento, se adula al rico, se le rodea de talentos y bondades, de manera que ese cuadro de colas de hambre con ricos de más de cincuenta mil millones no sea el retrato de la infamia, sino una lección provechosa.

La cuestión es que por todas estas corrientes presentes y pasadas, afrontar lo que nada metafóricamente llamamos una reconstrucción del país tiene entre sus condiciones previas que no se pida nada excepcional a los ricos. No hablamos de las empresas, hablamos de los ricos. Se aceptó en su día sacrificar a pensionistas, quitar salario a los funcionarios, quitar protección a los parados (para incentivar la búsqueda de empleo, decía Rajoy), recortar servicios, poner tasa al uso de la Justicia, pagar parte de la asistencia sanitaria (no va a ser todito gratis, decía la difunta Isabel Carrasco desde sus no sé cuántos cargos). Pero parte de los apoyos del Gobierno (Podemos y una parte del PSOE) dicen que los ricos también tienen responsabilidad con el conjunto. Y saltan los caciques, los que vienen de la oligarquía franquista, los que siguen mangoneando porque habían modernizado a España y los recientes que surfean la ola neoliberal, y saltan todos los mequetrefes poniendo el grito en el cielo y zarandeando el país a ver si con el tembleque cae Podemos y, si puede ser, el Gobierno entero. Quizá se vayan de rositas, pero está en la agenda lo que no estaba: grandes empresas y ricos tienen obligaciones en una sociedad civilizada moderna. Que esté en la agenda es un paso que no llega ni a consuelo, pero hará más visible la injusticia de los sacrificios que quieran infligir a los pensionistas, los funcionarios o los parados.

Y falta agenda. En España y en Europa: las aspiradoras fiscales europeas, la aspiradora fiscal interna, Madrid, por donde los más ricos desaguan sus obligaciones con España y las fugas fiscales gestionadas a plena luz del día. Tiene que haber propuestas, movilizaciones y tensiones que pongan estos desmanes en la agenda nacional e internacional.

España sufrió sus debilidades en el huracán de la pandemia; debilidades de infraestructura científica, de servicios sociales, de sistema sanitario y de estructura económica. En los ochenta se hizo mucho, pero también se apuntaló el diseño de país que en muchos aspectos acaba de fracasar. La reducción al ladrillo y turismo y la creciente desigualdad educativa, sanitaria y social son debilidades, no un legado de modernidad. A los caciques y sus mequetrefes hay que darles la consideración de lo que son: caciques y mequetrefes.

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Caciques, mequetrefes y la agenda que me importa