Calviño y su hora de la verdad

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Nadia Calviño es la vicepresidenta y ministra más sólida y fiable del actual Gobierno, no solo en la perspectiva económica, sino también en la política, donde mantiene una posición tan institucional y equilibrada que la convierte -así lo escribí no hace mucho- en la única persona que podría liderar un Gobierno de amplia base si la gravedad de la situación económica obliga a corregir las contradicciones y distorsiones de la coalición actual.

Lo curioso es que esta magnífica opinión -que comparto con mucha gente-, no está basada en hechos o decisiones que Calviño haya tomado, sino en los graves desvíos que ha evitado, en la capacidad que tiene para plantarse y arriesgar cuando es necesario, en el realismo y la profundidad que demuestra cada vez que describe los escenarios a los que nos enfrentamos, y en ese europeísmo profesional que le hace entender la complejidad de la UE sin necesidad de contraponer los intereses de España con los de todos los demás.

Pero ninguno de estos elogios puede ocultar que la hora de Calviño aún no ha llegado, y que el momento de su verdad se va a presentar cuando empecemos a pedirla muchas más cosas de las que en realidad nos puede dar. Porque la súbita irrupción de la pandemia, que relevó al Gobierno de su original ensoñación populista, determinó un escenario simplificado de prioridades y objetivos que está justificando la parte más fácil de la política -el gasto y sus mieles clientelares-, mientras retrasa -por desgracia- las grandes decisiones y prioridades en las que vamos a jugarnos nuestro próximo futuro, que, si ya oscuro antes de la pandemia, es ahora impenetrable.

El momento Calviño va a llegar cuando la coincidencia inevitable de dos objetivos contradictorios -combatir la pandemia y reactivar la economía- nos obligue a echar cuentas sobre la sostenibilidad de lo que estamos haciendo, y sobre la profundidad y duración de la recesión económica y social, y cuando los equilibrios y eficiencias de la política de reconstrucción tengan que expresarse en forma de presupuestos, consolidación fiscal, control de la deuda, coste de los servicios públicos, sostenibilidad de las políticas sociales, mantenimiento del poder adquisitivo de los trabajadores y clases pasivas, y en el encuadre de nuestras cuentas en la economía de la UE.

En ese momento, que no está lejos, tanto los ciudadanos, como el Gobierno y la UE, le vamos a pedir peras al olmo Calviño, milagros que necesitamos y no son posibles, o ilusiones que nos han creado -«nadie quedará atrás»- y que solo pueden materializarse en un retroceso compartido de nuestro bienestar. De mí, como es obvio, no tiene que protegerse Nadia Calviño, porque sé sus limitaciones y comparto sus recetas y metodologías. Pero es posible que en los próximos años le suceda lo que es tan frecuente en la política española: que, tras haber realizado la mejor gestión de las posibles, la hagamos responsable de nuestras frustraciones y desgracias, y acabemos rezando otra vez a los dioses del populismo.

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