Improvisación política


Vivimos en una etapa de permanente improvisación política, con líderes que parecen incapaces de fijar una dirección o acordar unas soluciones duraderas. Hay algo que abona el panorama de incertidumbres y, en consecuencia, de temores. Se toman decisiones, sí, pero no se sabe muy bien por qué o para qué. Y casi nunca se nos explica adonde se quiere llegar con ellas, quizá porque no lo saben o porque temen no acertar. 

Si mirasen hacia atrás probablemente descubrirían muchas pistas para situarse en el buen camino. Con Shakespeare aprenderían que «las improvisaciones son mejores cuando se las prepara». Charles Darwin les enseñaría que «los que aprenden a colaborar y a improvisar son los que tendrán más probabilidades de prevalecer». Isaac Asimov les recordaría que «para tener éxito, la planificación sola es insuficiente; uno debe también improvisar». Y Winston Churchill les explicaría que «uno nunca debe dar la espalda a un peligro amenazante y tratar de escapar de él. Porque, si hace eso, duplicará el miedo. Pero si lo enfrenta de inmediato y sin titubear, reducirá ese miedo a la mitad».

¿Aplican algunas de estas enseñanzas nuestros políticos de hoy? No lo parece. Confinados en el rincón de sus disputas y muy atareados con sus regates en corto, pasan los días sin darse cuenta de que, la mayor parte de las veces, no hace falta ser un sabio para descubrir cuándo se está yendo por el buen camino, para acabar avistando ese futuro que huele a esperanza y que es capaz de ilusionarnos incluso en los momentos más difíciles. Pero esto requiere talento, generosidad y amor al prójimo.

Einstein aseguraba que no podemos pretender que las cosas cambien si hacemos siempre lo mismo. Pero me cuesta creerle cuando dice que «la crisis es la mejor bendición que puede sucederle a personas y países, porque ella trae progresos». Y es que, según Einstein, «la creatividad nace de la angustia, como el día nace de la noche oscura. Es en la crisis donde nace la inventiva, los descubrimientos y las grandes estrategias. Quien supera la crisis, se supera a sí mismo, sin quedar superado». Según él, «la verdadera crisis es la crisis de la incompetencia». La otra es solo un desafío, porque «sin crisis no hay méritos». ¡Qué pena que nuestros políticos no hablen este idioma!

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