Libros obscenos


Redacción

En 1960 la editorial Penguin decidió publicar íntegra la novela de D. H. Lawrence «El amante de Lady Chatterley» en edición de bolsillo al alcance de la mayoría. La novela nunca se había publicado en Reino Unido a pesar de haber sido escrita más de treinta años antes y a pesar de haber sido publicada en Italia en 1928. La historia de la mujer adinerada casada con un hombre impotente que termina liada con el jardinero no solo estuvo prohibida por el sexo descrito. También el lenguaje utilizado era obsceno, y no digamos ya eso de la mujer poniéndole los cuernos al marido nada menos que con un hombre socialmente inferior. Pura perversión.

Penguin hizo una edición de 200.000 ejemplares y el editor envío doce de ellos al fiscal general. Recientemente se había aprobado una ley para salvaguardar a la literatura de la pornografía, nada menos, así que la polémica estaba servida. Existía la posibilidad de que los editores acabaran entre rejas. Fueron llevados a juicio. El asunto olía a naftalina, y el fiscal Mervyn Griffith-Jones pasó a la Historia de lo rancio dirigiéndose al jurado en estos términos: «¿Es este el libro que querrían que leyesen su esposa o sus criados»

En «Pornografía y obscenidad», ensayo escrito por Lawrence poco antes de su muerte en 1930, el autor intenta establecer dónde está el límite, arremetiendo contra la censura que tantos problemas le causó a su obra, en base a la subjetividad de lo que es pornográfico o no. Como no podía ser de otra manera, la obscenidad o inmoralidad de un libro está las más de las veces en los ojos del público. Lo que en otros tiempos escandalizó a la gente hoy está superado, y el censor es un tipo terrible no solo por querer censurar, sino también por quedarse para sí con el objeto de la censura, lo que le convierte en un ser egoísta y, dios no lo quiera, perturbado por el onanismo.

El escritor cae en varias contradicciones en su escrito, si eliminamos la peculiar visión ultraconservadora sobre la masturbación que al parecer otros libertinos como él compartían. Lawrence asegura que él censuraría las imágenes pornográficas como las de unas postales obscenas que había visto recientemente en las que asegura se denigra la belleza del acto sexual, ya saben, unas de aquellas «postales francesas» que esgrime Burt Lancaster en una de sus prédicas en «El fuego y la palabra». Tal vez hoy no nos escandalizaría algo tan bobo, lo que en cierto modo le da la razón al escritor inglés cuando asegura que lo obsceno de ayer es plenamente tolerado hoy. Pero esto en realidad no es tan sencillo.

Con todo, la jugada le salió bien a Penguin. Ganaron el juicio y el libro fue un éxito de ventas brutal treinta años después de la muerte de Lawrence.

En su día leí «El amante de Lady Chatterley» con ojos libidinosos. Yo era joven e impresionable, pero ni así logró escandalizarme lo más mínimo, aunque reconozco su audacia. A aquellas alturas, no digamos ya las de hoy, había leído un buen número de libros que para mucha gente son inmorales. Al lado del marqués de Sade, Lawrence es un principiante, y también un tipo conservador. No digamos ya «Las once mil vergas» de Apollinaire, auténtico catálogo de perversiones, quizá una por verga, y muchas vergas son. Tanto el marqués como Apollinaire escribieron antes que Lawrence, así que quizá no sea del todo cierto eso de que lo obsceno de hoy estará tolerado el día de mañana.

Quizá por eso, en nuestros días extraños, parte de una generación joven encuentra escandalosa la orgía entre los protagonistas de «It», el libro de Stephen King, o la descripción que hace el mismo autor de su personaje «Carrie», en plena transformación. No puedo evitar pensar en estas personas como seres torturados de pensamientos perturbadores. He leído ambas novelas y jamás se me pasó por la cabeza que su autor fuera un pervertido. Ni tan siquiera se puede encontrar erotismo alguno en el famoso pasaje de «It», pues no es el fin que persigue, pero en cualquier caso, aunque lo hubiera, solo es un libro.

Esta ola neopuritana que nos asola tiene como protagonista a gente que se queja de que en Instagram no se puedan exhibir pezones femeninos y al mismo tiempo encuentra perturbador el contenido de una novela escrita hace más de treinta años, como el fiscal general del juicio contra Penguin. Gente muy preparada para todo pero incapaz de asimilar e interpretar lo que está leyendo. Quiero pensar que no constituyen una mayoría que obligará a esconderse en el cuarto de baño a observar postales francesas, convirtiendo algo tan banal en un asunto de todos sujeto a la moralidad reinante. Como deseo pensar que son una minoría, creo que lo mejor que podemos hacer es ignorarles y dejar vagar la mente por donde nos plazca, leer sin ataduras y, llegado el caso, leer con una sola mano.

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