Redacción

«Una gigantesca estatua hecha por diversos elementos: la cabeza era de oro, el torso de plata, las caderas de bronce, las piernas de hierro y los pies eran de barro cocido. Una piedra cayó rodando hacia la escultura, chocando contra los pies y haciéndola desmoronarse». El sueño de Nabucodonosor.

La crisis de la forma partido es tan vieja como la democracia. Una crisis casi crónica que ha sufrido reagudizaciones con diversos motivos, bien sea por los cambios en la democracia, por los avances tecnológicos, por el malestar provocado por las recesiones económicas o por las propias crisis de credibilidad de la política.

En este tiempo de pandemia, mientras con el confinamiento ha incrementado el aprecio a colectivos sanitarios y laborales imprescindibles, sin embargo, ha continuado el deterioro de la imagen pública de la política, los partidos y por extensión las instituciones democráticas. Una pérdida de credibilidad que no nos podemos permitir.

Sin embargo, se podría continuar diciendo, no sin cierto cinismo, aquello de que, a pesar de los achaques y del cuestionamiento de los distintos modelos de partido, éstos gozan todavía de una buena salud precaria. Y sobre todo de su conocida como ley de hierro, que lejos de debilitarse se fortalece. Pero nos engañaríamos.

En Europa, después de sufrir la enésima crisis con motivo de la reestructuración neoliberal de los años setenta y del posterior reverdecer de la representación partidista en los llamados países del Este con la caída del socialismo real, han vuelto de nuevo primero el escepticismo y luego la impugnación, tanto hacia el partido de clase como frente al partido gestor o al atrápalo todo, y todo ello con motivo de la revolución digital y de la recesión económica de finales de la primera década del siglo XX.

En definitiva, fue el desprestigio de la llamada clase política, debido a su impotencia ante los recortes sociales, así como de su pérdida de credibilidad como consecuencia de la corrupción, que se generalizó, más allá de los sectores críticos tradicionales, la exigencia de renovación o más bien de refundación total de la política, de los políticos y de sus organizaciones.

Ese proceso ha dado lugar a distintas experiencias en las diferentes culturas democráticas, que han oscilado entre la vía tecnocrática a la populista, con la incorporación de vía autoritaria. Como resultado, han supuesto con carácter general la incorporación de nuevas generaciones a la política, la eclosión de nuevas formaciones políticas y la aparición de otras culturas y prácticas políticas en las instituciones parlamentarias y en la agenda de los gobiernos.

Su última expresión, y la más alarmante, se ha producido con la llegada a los parlamentos y los gobiernos de los populismos y nacionalismos de corte autoritario, primero en la periferia y ahora incluso en el mismo corazón del imperio.

Se trataba pues de sustituir a los partidos a los que se los caracterizaba como pilares del anquilosado bipartidismo imperfecto, a sus políticos profesionales como casta extractiva, a la política acomodada y opaca y a la representación parlamentaria y el parlamentarismo como anticuados.

A lomos de la indignación popular provocada por la crisis social y la crisis de confianza por la corrupción, declararon el fin de la mediación de los partidos clásicos y su sustitución por los movimientos y en particular por la interlocución en las redes sociales.

Como consecuencia, se generalizó el procedimiento de elección de las primarias como paradigma del contacto directo y sin intermediarios entre militantes, simpatizantes con la dirección y los cargos públicos como reflejo de la del pueblo y las instituciones. Aunque la forma partido, si bien con nuevos términos, seguía siendo imprescindible.

Con ello se sustituyó a la generación de la casta política acomodada y entraron las nuevas generaciones de los puritanos, con la juventud y la transparencia como enseñas. Y llegaron a las instituciones sin mochila anterior, para lo bueno y lo malo, y con el cursus honorum del conocimiento público desde los medios de comunicación, el relato claro y la frescura en los gestos.

El problema es que como consecuencia de su incorporación electoral y de la influencia de sus críticas y también de sus propuestas en los partidos clásicos, los ciudadanos esperaban entonces cosas contradictorias, incluso opuestas, de modo que al final se han neutralizado hasta ahora las posibilidades de renovación y corremos el riesgo de asistir a una nueva frustración sobre el papel vital de los partidos en democracia.

Porque se pretendía un relato político claro y radical que diera cuenta de la dura realidad del desempleo y la precariedad, pero al mismo tiempo la nueva pluralidad política exigía una amplia capacidad de diálogo y negociación que hiciera posibles los necesarios acuerdos para la recuperación. Se demandaban organizaciones políticas más transparentes, participativas y horizontales, pero al mismo tiempo con una mayor capacidad ejecutiva en sus decisiones, con objeto de dar respuesta a los graves problemas de la crisis en tiempo real. En consecuencia, se depositaba la confianza en los políticos carismáticos y buenos comunicadores, vinculados directamente y sin mediaciones al electorado, pero al mismo tiempo se les requería una cualificación técnica acreditada para enfrentarse a la complejidad. Y se esperaba también que la digitalización garantizase la transparencia de las instituciones y la superación de los intrincados y opacos mecanismos de decisión.

Lo cierto es que el nuevo paradigma populista entre nueva y vieja política ha durado muy poco, y rápidamente hemos vuelto al antes denostado paradigma derecha izquierda, en el que se han alineado junto a los viejos los nuevos partidos, y como resultado se ha reproducido la lógica dicotómica, en este caso sustituyendo el bipartidismo por algo parecido a un bibloquismo. Una nueva lógica bipolar que sumada al relato y la agitación populista hacen muy difícil también el diálogo, las alianzas y la gobernabilidad.

Lo que ha prevalecido, en lo interno, ha sido la radicalidad, el cesarismo y el monopolio del proyecto político. Con ello el discurso inclusivo, los matices y la pluralidad, imprescindibles en un contexto como el actual de complejidad e incertidumbre, han quedado marginados.

También en los nuevos partidos, las grandes expectativas se han visto rápidamente frustradas, de modo que las nuevas oligarquías de partido, en términos de Michel, han sustituido a las viejas, cuyos privilegios y pasividad había sido objeto de denuncia, sin que se haya roto la ley de hierro ni producidos avances significativos en el cambio de modelo anunciado. Luego llegó la realidad de la institución y de la institucionalización como partidos.

Con ello, el rey sol, tanto en el gobierno como en la oposición, ha sido incapaz de cumplir con sus compromisos, desbordado por el cada vez mayor fraccionamiento político, la contestación interna y el malestar ciudadano.

Así en Francia Macron ha fracasado en la segunda vuelta de las municipales y con ello la implantación orgánica y territorial de la formación política presidencial. Mientras tanto, los partidos tradicionales del llamado 'viejo mundo' en sustitución del viejo régimen, mantienen su presencia local y mantendrán probablemente la regional. Es la causa de los verdes la que logra expresar la nueva sensibilidad frente a la amenaza del cambio climático en alianza con los socialistas franceses.

Algo parecido ocurre con las elecciones autonómicas en Euskadi y Galicia, en cuyas encuestas se muestra también el debilitamiento de expectativas electorales y el fraccionamiento de los nuevos partidos frente a los clásicos del bipartidismo y el nacionalismo. También esta vez la realidad en el territorio es cada vez más débil.

Previamente, los recientes congresos y asambleas de los nuevos partidos han confirmado el retroceso en la participación de la militancia y en las redes sociales, que corre en paralelo al monopolio de la mayoría en las direcciones. Así, tanto en el Congreso de ciudadanos como en la Asamblea de Podemos, realizados significativamente en plena pandemia, la norma común ha sido un desplome de la participación telemática y digital y la imposición aplastante de las direcciones a las respectivas minorías.

La pandemia solo ha hecho que acelerar los procesos que ya se encontraban en marcha con anterioridad, con la frustración de las expectativas, profundizando aún más el descrédito de la política. Pero también mostrando la necesidad de un nuevo contrato social y de regeneración democrática, así como los límites de la globalización y la necesidad de articular el espacio político y de gobierno estatal con los planos y los organismos internacionales.

Por eso, nada está fatalmente predeterminado. Ni siquiera la famosa ley de hierro de las oligarquías de los partidos políticos de Robert Michels. Al igual que se ha abandonado el relato populista y se ha vuelto al paradigma derecha_iquierda y su política de alianzas, al denostado parlamentarismo y la gobernabilidad estatal y Europea, también es posible y urgente la renovación de una forma partido con los pies en la tierra, participativa, abierta, amable, y al tiempo territorial, sólida, representativa, ejecutiva y eficaz.

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Partidos de hierro con los pies de barro