Parásitos


«Que muera un pobre es importante para los familiares pero que muera un rico es trágico para España. Lo fundamental en un país son sus ricos y la turba es intercambiable. Lo que da identidad, elegancia y distinción a un Estado son sus millonarios.» No es así como lo oiremos. Las clases altas están en lucha de clases a brazo partido. La propaganda contra la justicia social y el bienestar es intensa, diaria y bien financiada. Pero no consistirá en bravuconadas como las de Salvador Sostres, que no alcanza agudeza y se queda en zafiedad. El estilo de Sostres no sirve, porque muestra la trinchera. No es eso lo que oiremos. Hay dos razones para no predicar la desigualdad de esa manera. Una es que solo se puede convencer a la mayoría desde una ética admitida por la mayoría y para eso no valen palabras que la mayoría cree injustas y hasta despreciables. Y la otra es que no se puede engañar a quien espera que se le mienta, es más fácil convencer a quien no sabe que se le está intentando convencer y se vence mejor a quien no sabe que se le está atacando.

La propaganda de lo que va contra la mayoría requiere una ética aceptada por la mayoría. A la ética le pasa como a la historia: es un baúl donde solo hay que buscar lo que se necesita. No se puede dejar en el desamparo a quienes no tienen lo mínimo con una impiedad que violente la ética común. Hay que buscar en el baúl. La moralidad común repudia a los parásitos, a la gente que no hace nada y solo vive del cuento mientras otros trabajan duro para comer y tener dónde vivir. Se predicará la desprotección social denigrando como parásitos a quienes la necesitan, de manera que el desamparo se pueda disfrazar de respeto para con los humildes que madrugan y trabajan. Se intensificará con los inmigrantes, porque vendrán de fuera a aprovecharse de nuestros costosos servicios. La propaganda siempre pretenderá que el problema de los pobres sean otros pobres y pretenderá que los derechos que protegen a los humildes sean privilegios con los que otros humildes los agravian o los perjudican. Es más fácil de lo que parece. Por un lado, reaccionamos más a las cualidades morales de la gente que a principios generales. Y por otro lado, nos movilizan las cosas que nos conciernen, y nos sentimos más concernidos por lo próximo que por lo importante. Nos irrita más el compañero jeta que se escaquea siempre, que el poderoso lejano que nos hace más daño evadiendo impuestos y deslocalizando empresas. Por eso Rajoy estimulaba el empleo quitando dinero del paro, porque así la gente se esforzaría en buscar trabajo, implicando la actitud parásita de los parados. En esa época se quitaban becas y la prensa lacaya aireaba supuestos casos de alumnas que gastaban la beca para operarse los pechos. Por eso ahora el ingreso de mínimos para los que no tienen nada es una «paguita» que se consigue sin dar un palo al agua. Se asocia la protección social con abusos de humildes parásitos que agravian a humildes honestos.

La cosa es entre humildes. Pero en realidad estamos acostumbrados al parasitismo desde siempre. La expresión «vivir de rentas» es bien antigua. Un personaje de La gran belleza contesta a la pregunta de en qué trabaja diciendo: soy rica. Y todos lo entendemos. Los fondos buitre, la especulación bursátil, las rentas de capital, la evasión fiscal masiva, los chanchullos empresariales y políticos (saqueos como las radiales de Madrid y el rescate bancario fueron legales) son ejemplos de parasitismo más contundentes que las paguitas con las que algunos apenas podrán alimentarse. La Iglesia siempre quiso sacudirse su reputación parásita repitiendo que con sus servicios el Estado ahorra dinero. Pero no se divulgan las cuentas para que lo veamos todos, el Tribunal de Cuentas a duras penas fiscaliza sus dineros y ya sabemos que parte del IRPF (nuestro IRPF; el individuo no es dueño de sus impuestos) acaba en su canal privado de televisión. La Monarquía está también en muy mal lugar del parasitismo. La presunción de culpabilidad de Juan Carlos I más rotunda fue la renuncia de Felipe VI a su herencia, no importa que sea simbólica. Felipe VI no puede hablar de política más que para decir obviedades. Su intervención sobre el conflicto catalán fue funesta en las formas, pero el mensaje que podía dar la Corona solo podía ser uno: legalidad y unidad territorial; qué iba a decir el Rey más que lo obvio, no iba a pedir que se quiebre la ley y haya secesión de territorios. En un momento de derrumbe económico el Jefe del Estado debe hablar también y, con respecto a quienes nos parasitan y se llevan enormes cantidades de dinero fuera de España y trampean gigantescas cantidades al fisco, la Monarquía también debería decir lo obvio. Pero solo les pidió leche y aceite.

Y había otra razón para que la propaganda de la desigualdad no siguiera el estilo de Sostres. La propaganda más eficaz es la que no lo parece. Decía un personaje anarquista catalán de La verdad sobre el caso Savolta que las ideas son como las semillas. Siempre mueren. O son estériles y mueren sin más, o son fértiles y mueren floreciendo en hechos. Los derechos, la protección social, la igualdad de oportunidades y redistribución justa de la riqueza son semillas que están en la Constitución y en las leyes. Cuando son fértiles, florecen en instituciones y organismos que actúan y convierten esos derechos en hechos. Es normal que la extrema derecha ataque esos organismos como chiringuitos y a sus profesionales como «subvencionados»: son la materialidad de los derechos que ellos combaten. La propaganda se centrará por ello muchas veces en instituciones y organismos. Esta semana un titular prominente anunciaba la mayor eficacia de las universidades privadas para la empleabilidad de los titulados. El artículo abundaba en gráficos y estadísticas que marcaban sesudas correlaciones de parámetros con competencias y con empleo. Solo se decía de pasada que las privadas estaban en zonas ricas, tenían alumnos ricos y bien relacionados y que las relaciones familiares y personales influían mucho en la empleabilidad. También se decía solo de pasada que los datos se referían a los tres años siguientes a terminar la carrera; a la larga el empleo de unos y otros no presentaba esas diferencias. Y el artículo no entraba en la infraestructura de investigación incomparablemente superior en las públicas, ni en la exigencia y cualificación media del profesorado. Y era un buen momento para ello, porque la debilidad de esa infraestructura marcó muchas diferencias en el efecto de la pandemia en unos países y otros. Cada vez hay más informes, think tanks y foros de todo tipo sobre educación que tienen detrás a fundaciones de grandes bancos. En realidad, lo único sensato que se deduce del informe del artículo es que los ricos se colocan mejor y eso ya lo sabíamos. Esos informes son propaganda disfrazada de estudios, en este caso para minar a las universidades públicas. Los habrá sobre educación y universidades, sobre sanidad (de momento esperarán por la pandemia, pero volverán), sobre la maternidad (ya salió en el ABC un «estudio» que «analizaba» cuánto menor hubiera sido el impacto de la pandemia con el modelo de familia hasta el 76, la fecha nos suena), sobre formación y empleo, sobre el valor de las oposiciones o las disfunciones del sector público. Los berrinches de la extrema derecha, pero también la propaganda invisible, irá hacia organismos e instituciones públicas porque ahí están los derechos, la igualdad de oportunidades y la protección. Que estén en la ley es gratis, pero que la semilla de la ley florezca en organismos y las ideas se hagan hechos cuesta dinero, requiere impuestos y, lo que es peor, no deja al lucro privado el ejercicio de los derechos básicos (atención sanitaria, formación y jubilación, por ejemplo).

Las sociedades donde solo hay millonarios y «turba intercambiable» son injustas, pero también son ineficaces antes las emergencias colectivas (acabamos de hacer un viaje de estudios sobre esto). Y, en ausencia de emergencias, además  de no ser justas no son tampoco armónicas. Y es justo que no lo sean. Es justo que la injusticia aboque al conflicto.

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