Sangre, sudor y lágrimas


Dicen que gobernar el barco en plena tormenta tiene premio cuando el tiempo amaina. En la campaña gallega diferentes bandos buscan el efecto bandera, ese que impulsa al líder político reconvertido en comandante en jefe durante una guerra o una gran crisis. Lo único que parece garantizado es el vencedor, pero no se distinguen los hilos del tapiz: a quién movilizará y a quién dejará en casa esta «nueva normalidad». Salvador Illa, que venía a cubrir la cuota del PSC en un ministerio de perfil bajo, es un gancho en los mítines socialistas. Saltó al campo como Iker Casillas, que salió en la final de Glasgow cuando se lesionó César y aguantó un bombardeo. Illa pasó de suplente a portero titular. Y goles le marcaron, pero se recordarán sus paradas bajo los palos (la educación y el respeto ya no vienen de serie en política). Pedro Sánchez, que ya usaba un lenguaje bélico en sus homilías dominicales, acude a los actos electorales como el presidente que confinó a los españoles para salvar vidas (el dilema reside en cuándo). Feijoo fue su oposición, apoyando medidas duras, dando réplica a Sánchez sin perder el norte institucional y gustándose también en los discursos de «sangre sudor y lágrimas». Casado fue el instagramer de la epidemia. Ayuso y Torra se convirtieron en Bonnie y Clyde con sus aportaciones antisistema. Todos naufragando en los datos. Si los presidentes autonómicos pudieran escribir el número de fallecidos en un papelito y meterlo en un bote común sin que se los adjudicaran, la contabilidad hubiera sido distinta. Si el Gobierno central no tuviera que cargar con la enorme cifra global, hubiera sumado con más premura. En fin. El efecto bandera. Pero que a nadie se le olvide que Churchill perdió las elecciones tras la Segunda Guerra Mundial.

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