Esos halcones tan delicados


De pequeño me gustaba estar enfermo. No por el dolor de garganta, la fiebre y la sequedad de la boca. Era por aquella sobreprotección, los zumos, la tortilla francesa y la vuelta a la escuela con aquel protagonismo cuando todos te pedían el relato. La mayoría crecimos y perdimos aquellos alicientes de algodón. Porque la mayoría no somos ricos. Una de las tareas de cualquier gobierno es cuidar la «confianza» del dinero. La banca y la gran empresa tienen anginas crónicas y hay que darles mimos y zumos, «generar confianza», para que un infortunado berrinche suyo no nos deje a todos en la indigencia o, aún peor, en la ingratitud. Y es que las clases altas, según nos cuentan sus enviados en la Tierra, se están haciendo muy sensibles y asustadizas. A nada que se ocupe un gobierno de atender a los necesitados o a reforzar los servicios públicos, se alborotan como si las pirañas les estuvieran mordisqueando los pies. La sola mención a un esfuerzo fiscal puntual de la grandes fortunas en las actuales circunstancias hizo que Bono perorara sobre la maldad del comunismo, González irrumpiera a grandes zancadas en el Consejo de Administración de PRISA y la derecha empezara a tartamudear el nombre de Venezuela. Tienen la piel tan fina que los derechos constitucionales les hacen bubas y excoriaciones.

Por si alguien cree que estas líneas son salpicaduras del manifiesto comunista de Marx, mencionaré un artículo que el billonario Warren Buffett  publicó en el New York Times en 2011 con el sugerente título de «Stop Coddling the Super-Rich», «Dejad de mimar a los súper ricos». Explica que, al hacer sus cuentas, vio que a él no le tocaba nada del sacrificio compartido que había anunciado el Gobierno Federal por la crisis. Habló con otros mega-ricos (la expresión es suya) y le confirmaron que a ellos tampoco les llegaba nada del sacrificio. Detalla cómo el tipo impositivo a sus millonarios ingresos era un diecisiete por ciento, la mitad del que pagaban quienes trabajaban para él, porque la mayoría se consideraba como rendimiento de inversiones. Explicaba que el dinero que se gana con dinero paga mucho menos que el dinero que se gana con trabajo. Decía que los legisladores dan tantos mimos a los ricos porque temen que de no ser así dejen de invertir. Pero él replica cosas curiosas. Dice conocer a muchos súper-ricos y que la inversión la mueve la expectativa de negocio, y no el montante de impuestos que se obtenga del dinero ganado con dinero. Recuerda que en los 80 y 90 los muy ricos pagaban impuestos mucho más altos y se crearon decenas de millones de puestos de trabajo, mientras que la caída de impuestos a esas grandes fortunas en la década siguiente vino acompañada de precariedad, paro y pobreza. Él habla bien de su clase social (por qué iba a hacer otra cosa) y por eso dice que dejen de mimarlos tanto, que no lo necesitan y quieren colaborar con el país. Fin de la cita.

A pesar de lo que diga Buffett, los ricos están irritables. Ningún gobierno parece sensato si no se preocupa debidamente del qué dirán (los ricos). No importa el buen oficio de Yolanda Díaz, se necesitan también los oficios de Nadia Calviño, no solo por buenos, sino sobre todo por el qué dirán. Una parte del PSOE, las organizaciones empresariales y la banca tienen una sonora perreta con que el PSOE se entienda con C’s. Poco importa que C’s esté gobernando en comunidades de peso con la ultraderecha con medidas de ultraderecha. Poco importa que la oferta electoral de C’s fuera la de echar a Sánchez como enemigo de España y que Arrimadas implorase en la investidura el transfuguismo de algún Tamayo. Tampoco importa que hubiera pocos españoles que los votaran. Lo que importa no es lo que se ofrece a españoles y españolas ni si te votan muchos o pocos. Lo que importa es el qué dirán. Un pacto de Sánchez con C’s es como un zumo y una tortilla francesa con anginas, es el mimo que hay que dar a las clases altas para que tengan «confianza» y no se agiten con pesadillas venezolanas. Hay que restablecer la confianza cuando asoma la izquierda, pero no cuando asoma la ultraderecha montaraz; hay que manejar los impuestos con pinzas para no inquietar a halcones tan palomas y a patriotas tan ajenos al país; pero no para decir sin ambages que hay que eliminar las pensiones públicas a los compatriotas.

También la Iglesia fue un halcón con piel de paloma. No se les vio ni se les oyó en los momentos más duros de la epidemia. El Gobierno anuncia un homenaje institucional para los fallecidos y entonces los obispos se apresuran a ponerse ellos delante con una misa que quieren colar como Funeral de Estado. Había representado algo parecido Chaplin en Tiempos modernos, cuando Charlot recoge una bandera roja caída de un camión y, al agitarla para devolverla a sus dueños, una manifestación que pasaba por allí le sigue convirtiéndolo en cabecilla involuntario. Solo hay dos diferencias: que Charlot lo hizo sin querer y que la escena de Charlot tiene gracia. A pesar de estar los Reyes, poca presencia tuvo la misa en los periódicos, salvo los conservadores más militantes. Luego vino el lloriqueo, porque la Iglesia lo quiere todo y le hiere todo. Siempre quiso mando sobre todos con el dinero de todos y cualquier límite provocaba la performance de persecución anticatólica liberticida.

Y para que no falte ninguna piel delicada tuvimos también ese roce entre Pablo Iglesias y Vicente Vallés. Todo lo que se dice de Pablo Iglesias y la prensa es verdad, cada cosa y su contraria: es víctima de tramas delictivas con participación de algún periodista y del aparato del Estado; hay desinformación y falta de profesionalidad sistemática sobre él en algunos medios; y es uno de tantos políticos que soporta mal a periodistas críticos y mezcla a los críticos, a los malos profesionales y a los delincuentes en un barullo confuso e interesado. Este episodio no destaca por el volumen de insultos, después de lo que hubo que oír desde las bancadas de la derecha en el coronavirus. Y puede que este choque no sea malo. Nos recuerda que los políticos en el poder se hacen mimosos y delicados. Pero también nos muestra qué gruesa y qué fina es la piel de algunas asociaciones de periodistas. El episodio de las cloacas, verdadero como un puño por muchas Dinas que haya, no tuvo nunca la respuesta mediática que requiere tal escándalo. Ahí la piel fue gruesa. En 2016 Pablo Iglesias critica por su nombre a un periodista de El Mundo. La piel de las asociaciones se adelgazó y se escoció, llovieron clamores por la libertad de prensa. La misma semana PRISA lleva a los tribunales a dos periodistas que publicaron la noticia cierta y de interés público que vinculaba a Cebrián con los papeles de Panamá y rompe los contratos con los medios que se hicieron eco de la noticia. La misma semana. La piel de las mismas asociaciones había engordado y no hubo esas reacciones por ese acoso a periodistas. Y tampoco por los vaivenes en la dirección de El País y otros medios en 2014 por presiones para cambiar la línea editorial y algunos despidos sonoros en la SER, entre otros. Por eso el episodio de esta semana recuerda lo delicados que se vuelven los gobernantes, pero también cómo se adelgaza y endurece la piel corporativa de la prensa según de qué lado venga el roce.

Mostrarse delicado y con heridas aumenta el tamaño del enemigo y el tamaño del enemigo engrandece la figura propia. Qué podría hacerme más importante que ser perseguido por la CIA. Los mimos son buenos para la propaganda. No se trata de estar en desacuerdo con una subida de impuestos por si perjudica al consumo. Tiene que ser el comunismo y Venezuela lo que asome en la subida fiscal para dar quilates épicos y éticos a quitar impuestos a los ricos. Qué triste gracia es ver a los ricos, a la Iglesia, a los poderosos y a quienes están en el poder mostrarse delicados y víctimas sin dejar de ser halcones, como el Real Madrid y el Barça quejándose todos los días de los árbitros. El Gobierno es fuerte porque es Gobierno, no debe hacerse el delicado y debe hacer caso a Buffett. Que dejen de dar tantos mimos a los ricos. Tienen un país maltrecho al que reservar zumos y remilgos.

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