Esos halcones tan delicados

OPINIÓN

11 jul 2020 . Actualizado a las 05:00 h.

De pequeño me gustaba estar enfermo. No por el dolor de garganta, la fiebre y la sequedad de la boca. Era por aquella sobreprotección, los zumos, la tortilla francesa y la vuelta a la escuela con aquel protagonismo cuando todos te pedían el relato. La mayoría crecimos y perdimos aquellos alicientes de algodón. Porque la mayoría no somos ricos. Una de las tareas de cualquier gobierno es cuidar la «confianza» del dinero. La banca y la gran empresa tienen anginas crónicas y hay que darles mimos y zumos, «generar confianza», para que un infortunado berrinche suyo no nos deje a todos en la indigencia o, aún peor, en la ingratitud. Y es que las clases altas, según nos cuentan sus enviados en la Tierra, se están haciendo muy sensibles y asustadizas. A nada que se ocupe un gobierno de atender a los necesitados o a reforzar los servicios públicos, se alborotan como si las pirañas les estuvieran mordisqueando los pies. La sola mención a un esfuerzo fiscal puntual de la grandes fortunas en las actuales circunstancias hizo que Bono perorara sobre la maldad del comunismo, González irrumpiera a grandes zancadas en el Consejo de Administración de PRISA y la derecha empezara a tartamudear el nombre de Venezuela. Tienen la piel tan fina que los derechos constitucionales les hacen bubas y excoriaciones.

Por si alguien cree que estas líneas son salpicaduras del manifiesto comunista de Marx, mencionaré un artículo que el billonario Warren Buffett  publicó en el New York Times en 2011 con el sugerente título de «Stop Coddling the Super-Rich», «Dejad de mimar a los súper ricos». Explica que, al hacer sus cuentas, vio que a él no le tocaba nada del sacrificio compartido que había anunciado el Gobierno Federal por la crisis. Habló con otros mega-ricos (la expresión es suya) y le confirmaron que a ellos tampoco les llegaba nada del sacrificio. Detalla cómo el tipo impositivo a sus millonarios ingresos era un diecisiete por ciento, la mitad del que pagaban quienes trabajaban para él, porque la mayoría se consideraba como rendimiento de inversiones. Explicaba que el dinero que se gana con dinero paga mucho menos que el dinero que se gana con trabajo. Decía que los legisladores dan tantos mimos a los ricos porque temen que de no ser así dejen de invertir. Pero él replica cosas curiosas. Dice conocer a muchos súper-ricos y que la inversión la mueve la expectativa de negocio, y no el montante de impuestos que se obtenga del dinero ganado con dinero. Recuerda que en los 80 y 90 los muy ricos pagaban impuestos mucho más altos y se crearon decenas de millones de puestos de trabajo, mientras que la caída de impuestos a esas grandes fortunas en la década siguiente vino acompañada de precariedad, paro y pobreza. Él habla bien de su clase social (por qué iba a hacer otra cosa) y por eso dice que dejen de mimarlos tanto, que no lo necesitan y quieren colaborar con el país. Fin de la cita.

A pesar de lo que diga Buffett, los ricos están irritables. Ningún gobierno parece sensato si no se preocupa debidamente del qué dirán (los ricos). No importa el buen oficio de Yolanda Díaz, se necesitan también los oficios de Nadia Calviño, no solo por buenos, sino sobre todo por el qué dirán. Una parte del PSOE, las organizaciones empresariales y la banca tienen una sonora perreta con que el PSOE se entienda con C’s. Poco importa que C’s esté gobernando en comunidades de peso con la ultraderecha con medidas de ultraderecha. Poco importa que la oferta electoral de C’s fuera la de echar a Sánchez como enemigo de España y que Arrimadas implorase en la investidura el transfuguismo de algún Tamayo. Tampoco importa que hubiera pocos españoles que los votaran. Lo que importa no es lo que se ofrece a españoles y españolas ni si te votan muchos o pocos. Lo que importa es el qué dirán. Un pacto de Sánchez con C’s es como un zumo y una tortilla francesa con anginas, es el mimo que hay que dar a las clases altas para que tengan «confianza» y no se agiten con pesadillas venezolanas. Hay que restablecer la confianza cuando asoma la izquierda, pero no cuando asoma la ultraderecha montaraz; hay que manejar los impuestos con pinzas para no inquietar a halcones tan palomas y a patriotas tan ajenos al país; pero no para decir sin ambages que hay que eliminar las pensiones públicas a los compatriotas.