La UE, como Eurovisión


Para ciertas cosas la Unión Europea es una especie de Eurovisión, pero sin Rusia (que era lo que faltaba, por otra parte). A los países grandes, como si estuvieran hundidos por su propio peso, les cuesta ganar mientras que los pequeños forman grupitos de amigos que aúpan a los suyos hacia las primeras posiciones. Ahí están los triunfos de Suecia e Irlanda. En el festival, los países nórdicos se ríen las gracias y juegan en corro. Los del este hacen frente común para apoyarse entre sí y, sobre todo, lanzar hacia la gloria a la gran madre rusa, por eso todo cambió con la ampliación. España deposita gran parte de sus esperanzas en Portugal. Y casi siempre da la sensación de que su canción en manos de cualquier otro concursante con una bandera distinta hubiera tenido mucha mejor suerte. Ahí está Italia, que llegó a abandonar el concurso y fue recompensada cuando regresó (necesitó un pataleo para recuperar fuelle). Todo como si fuera un espejo de Bruselas. Como la vida misma. En la UE los ministros pueden tener una opinión geoestratégica propia sobre la cuestión europea, pero a la hora de mojarse siempre estará condicionada por cuestiones internas, por lo que piensan aquellos que los quitan y ponen en cada país cuando llega la cita electoral. En Eurovisión están los jurados que aporta cada participante, a los que se les suponen más conocimientos para seleccionar a los mejores, pero todo cambia con el televoto. En cierto sentido Nadia Calviño fue la nueva Rosa de España. Hizo que surgiera interés por desentrañar los misterios de ese órgano llamado Eurogrupo. Pero, como en el festival, los votos de Malta valen igual que los de Alemania.

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