No hay más ciego que el que no quiere ver. Y si Pedro Sánchez y Pablo Casado no entienden después del 12J que lo que quiere el votante socialdemócrata y de centroderecha no es radicalismo y griterío, sino moderación y eficacia, acabarán pagándolo muy caro. Las elecciones son el triunfo arrollador y personal de un líder solvente y sensato como Feijoo y el éxito de un nacionalista pragmático como Urkullu. Pero son también el fracaso de la izquierda extremista, del Gobierno de coalición del PSOE y Unidas Podemos y de la derecha más cerrada en sí misma. La estrategia de Pedro Sánchez de anteponer el mantenimiento del poder por encima de cualquier otra consideración le ha llevado a echarse en brazos del populismo de Podemos y a blanquear mediante pactos explícitos al independentismo golpista e incluso a los herederos de ETA de EH Bildu. Algo que solo ha servido para reforzar a nacionalistas e independentistas.
Lo alarmante para Sánchez de cara al futuro es que el PSOE no rentabiliza la entrada en barrena de Unidas Podemos, como él y sus asesores calculaban, sino que son EH Bildu, el BNG y, muy probablemente, ERC en las inminentes elecciones catalanas, quienes se llevan esos votos, debilitando así a la izquierda en su conjunto. El Gobierno de coalición sale herido de estos comicios. La expulsión de Podemos del mapa político gallego y su paso a la irrelevancia en el País Vasco enseñan la puerta de salida a un Iglesias que comprueba que una cosa es hacer demagogia desde Vallecas estando en la oposición y otra seguir haciéndola desde un chalé en Galapagar y sentado en el Consejo de Ministros. Hasta aquí hemos llegado, dice el votante, huyendo a otros nichos que al menos son más coherentes.
En la derecha, Pablo Casado leyó muy mal desde un primer momento las razones que llevaron a Rajoy a ser desalojado de la Moncloa. Pésimamente aconsejado por analistas y medios que son en buena parte responsables de lo ocurrido, Casado ha tomado decisiones equivocadas. Si aquello sucedió no fue desde luego porque el PP hubiera moderado su discurso o porque priorizara la gestión sobre el dogmatismo ideológico. La vía de agua por la que se hundió Rajoy fue su incapacidad para desligarse de la corrupción, arteramente aprovechada por sus rivales. En esa tarea de regeneración debía haber centrado Casado su esfuerzo, y no en recuperar el viejo aznarismo de Cayetana Álvarez de Toledo o Carlos Iturgaiz, que ya solo son referentes para una minoría nostálgica. La fórmula para frenar a Ciudadanos y a Vox no es ser un día Arrimadas y al siguiente Abascal, sino representar a un PP moderado, creíble, eficaz y con discurso propio que aglutine por sus méritos todo el espacio del centroderecha. Y ahí está el resultado de Feijoo para constatarlo.
No solo por su bien, sino por el de una España que se juega mucho en el futuro inmediato, Sánchez y Casado deberían tomar nota del último aviso que les han dado los votantes. El PSOE debe alejarse cuanto antes del radicalismo y la demagogia de Iglesias y el PP debe mirar a Galicia y a Feijoo.
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