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Mientras Feijóo se dedicaba a hacer oposición al Gobierno de Madrid, y marcaba diferencias con Casado, y Caballero salía a cada paso en defensa del Gobierno de coalición, en Galicia se cocinaban los resultados electorales del 12 de julio: la crisis industrial se extendía, las mareas ahogaban su sopa de siglas en un sinfín de peleas internas, de todos contra todos, y Ana Pontón era la única que parecía hacer oposición al PP en Galicia.

En Euskadi, el gobierno de coalición entre el PNV y el PSOE sorteaba su situación de minoría, se convertía en el aliado solvente de Sánchez y tropezaba en el último momento con las consecuencias trágicas de la mala gestión del vertedero de Zaldibar. Euskal Herria Bildu lideraba la oposición y se permitía hacer política en Madrid, mientras Elkarrekin Podemos se dividia de nuevo en los últimos momentos. La derecha se unía bajo el manto radical de Casado para hacer frente a la extrema derecha pero no lograba su objetivo.

El resultado, aderezado por el clima creado por los brotes en la pandemia, avalaba la continuidad de los partidos de gobierno como garantía de seguridad frente a la incertidumbre, al tiempo que convertía a las fuerzas tradicionales del nacionalismo e independentismo de izquierda, como alternativas frente a la transversalidad y la crisis permanente, y quizá final, de la nueva política. 

Entre las derechas sale claramente vencedora la moderación y el regionalismo de Feijóo y fracasa la estrategia radical de Casado para frenar el empuje de Vox, que se queda con una plaza pírrica en Álava.

Ahora, lo que hace falta también, es saber si este BNG renovado con Ana Pontón se puede convertir en alternativa para el cambio que, a buen seguro, mucha gente va a reclamar dentro de cuatro años. Para ello tendrá que demostrar que cuenta con la base social plural que la acaba de aupar a encabezar la oposición y que está dispuesta a trabajar para ampliarla, más allá del espectro nacionalista.

Asimismo en qué medida el excelente resultado de Euskal Herria Bildu influirá sobre el nacionalismo moderado y la estabilidad de su coalición con el partido socialista, y sobre todo si finalmente Bildu será capaz de dar el paso definitivo de madurez ética y política en relación a la condena explícita del terrorismo.

En el ámbito de las izquierdas queda por conocer si el mea culpa de la dirección de Unidas Podemos, lejos de la clásica búsqueda de culpables territoriales o del enemigo interno, se transforma en autocrítica sincera y en los cambios necesarios en el proyecto político y en el modelo cesarista de partido, para pasar del antagonismo y el populismo a una izquierda plural y seria de gobierno.

En definitiva, estas elecciones han sido especiales porque han contado con la pandemia, que ha condicionado el voto de una manera muy importante, y ha favorecido el continuismo y a Feijóo y Urkullu en su perfil de gestores. También porque han reverdecido la cuestión territorial a las puertas de las próximas elecciones catalanas.

Los resultados de Podemos, en esta vuelta vasca y gallega de la vieja política y sus tradicionales protagonistas, pueden indicar el principio del fin del ciclo de la nueva política (desde su fundación han dejado ya a tantos en el camino y se han debilitado tanto que resultan ya casi más reconocibles por los que se han ido quedando fuera que por los que todavía siguen dentro).

Sin embargo, estos resultados no son totalmente extrapolables a la política general y habrá que esperar a las elecciones catalanas y a otras como las de Andalucía, por ejemplo, para evaluar el daño que le están haciendo sus divisiones internas.

Si algo se puede constatar tras las elecciones gallegas y vascas es que el Gobierno de coalición no ha parado la sangría de Unidas Podemos, así como tampoco se puede decir que al PSOE le haya aportado nada adicional el presidir el Gobierno. Hasta ahora.

*Artículo firmado por Gaspar Llamazares y Miguel Souto Bayarri.

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13J: El retorno de la vieja política